Elena, una joven de veinte años que ha crecido sola y enfrentando el rechazo constante, busca desesperadamente una oportunidad para sobrevivir tras abandonar la universidad. Su camino la lleva a una mansión solitaria como sirvienta, donde su única responsabilidad es Dante, un hombre de treinta y dos años devastado por un accidente que le arrebató su movilidad y su fe en el amor.
Abandonado por su esposa cuando más la necesitaba, Dante se oculta tras un antifaz y un profundo cinismo, decidido a hundirse en su propia miseria. Sin embargo, Elena no ha llegado a su vida para compadecerlo, sino para desafiar su oscuridad. En medio del silencio y el dolor, ambos descubrirán que, a veces, la única forma de sanar las cicatrices del pasado es permitiendo que alguien más, contra todo pronóstico, se atreva a mirar nuestras heridas sin miedo.
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20.
DANTE SPENSCER
El silencio en la mansión se había vuelto mi único y más cruel compañero. Tres días desde que ella se fue, y cada rincón parecía susurrar su nombre. Mi habitación, antes un refugio de paz, ahora me asfixiaba. La duda, ese veneno que Gerald vertió en mí, seguía ahí, corroyéndome las entrañas.
¿Y si me equivoqué? ¿Y si ella realmente decía la verdad?
La inquietud se volvió insoportable. Llamé a Gerald. No tardó ni un minuto en aparecer, con esa expresión servicial y esa mirada gacha que, por primera vez en mi vida, me pareció estudiada, casi una máscara.
—¿Me llamó, joven Dante? —preguntó, deteniéndose a una distancia prudente.
—Sí, Gerald —dije, sintiendo cómo el metal de mi silla chirriaba al girarme hacia él—. Necesito que repasemos lo que pasó. Esos comentarios, lo que dijiste que ella intentó hacer en la cocina. Necesito escucharlo otra vez.
Gerald no vaciló. Ni un músculo de su rostro se tensó.
—Como le dije, joven. Fue una situación penosa. Ella se acercó, insinuó cosas… y cuando vio que yo no cedía, cambió su actitud. Usted sabe que ella no es quien aparenta.
—¿Estás seguro de que no hubo ninguna mala interpretación? —insistí, aferrándome a la mínima posibilidad de estar equivocado—. ¿No pudo ella sentirse acorralada?
—¿Cómo voy a acorralar yo a alguien, joven? —respondió él, con un tono herido, casi indignado—. Usted me conoce desde que era un niño. Sabe que mi única lealtad es con usted.
Estaba a punto de volver a caer en su red cuando un golpe seco en el marco de la puerta nos interrumpió. Era Gabriela. Entró con paso firme, pero al vernos a los dos, su expresión se suavizó, revelando una preocupación genuina.
—Basta, por favor —dijo ella, acercándose con lentitud—. Esto ya se está convirtiendo en un desgaste insoportable para todos.
Gerald hizo una inclinación casi imperceptible de cabeza, manteniéndose en un segundo plano. Yo miré a mi hermana, buscando en ella una respuesta que no sabía si estaba lista para darme.
—¿Tú qué piensas, Gabriela? —pregunté, con la voz quebrada—. Tú siempre has tenido buen ojo para las personas. ¿Tú crees que ella pudo ser capaz de eso?
Ella caminó hacia la ventana, observando el jardín sin responder de inmediato. Suspiró, cruzándose de brazos, y finalmente se giró hacia nosotros. Su rostro reflejaba una confusión dolorosa; ella también le tenía cariño a Elena y le costaba procesar todo lo ocurrido.
—Dante, no me voy a poner de lado de nadie porque ninguno de los dos me ha dado razones para confiar plenamente en lo que está pasando —dijo con voz suave, pero seria—. Conozco a Gerald desde hace una eternidad, y me cuesta creer que sea capaz de inventar algo tan bajo. Pero, al mismo tiempo, Elena me parecía una persona llena de luz, alguien que realmente se preocupaba por ti.
—Entonces, ¿qué piensas? —insistí.
—Sinceramente, no sé qué pensar —admitió, y vi cómo sus ojos se humedecían ligeramente—. Me duele pensar que Elena nos haya decepcionado así, pero también me aterra pensar que hayamos cometido una injusticia imperdonable con ella. Lo único que veo es que la situación se nos escapó de las manos y que, en medio de esta tormenta, ninguno de los dos está siendo completamente claro.
Gerald bajó la mirada, manteniendo su papel de víctima, pero yo vi un destello de algo en sus ojos al notar que Gabriela no lo respaldaba ciegamente.
—No quiero volver a escuchar sobre ella en esta casa por ahora —concluyó mi hermana, pasando una mano por mi hombro—. Deja de torturarte intentando buscar respuestas en este momento. Si ella es quien pensábamos, el tiempo lo dirá. Pero por favor, deja de lado los impulsos. Ambos están heridos, y cuando uno está herido, la verdad es lo primero que se distorsiona.
Se marchó de la habitación, dejándonos en un silencio sepulcral. Sus palabras no me dieron la paz que buscaba; al contrario, sembraron una semilla de duda mucho más profunda. Si Gabriela, que también la quería, no podía defenderla pero tampoco podía condenarla por completo, significaba que la verdad seguía escondida en algún lugar oscuro, justo fuera de mi alcance.