Kenji solo quería una vida tranquila, pero reencarnó como el profesor más temido del mundo... sin saber que también es el más fuerte.
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Una conversación entre desconocidos
El salón volvió a quedar en calma después de que los sastres, joyeros y alquimistas terminaran de presentar su trabajo. Varias sirvientas retiraban con delicadeza las cajas y los rollos de tela mientras otras servían té recién preparado.
Kenji tomó asiento frente al hombre de la capa gris sin la menor sospecha de quién era realmente. Para él solo era otro visitante que había esperado pacientemente durante horas y merecía el mismo trato que cualquier otra persona.
Tomó la tetera con ambas manos y llenó lentamente las dos tazas antes de empujar una hacia su invitado. —Debe estar cansado después de esperar tanto tiempo. Lo lamento mucho. No imaginé que dejarían a todos afuera durante tantas horas.
El hombre aceptó la taza con una sonrisa tranquila. —No fue una molestia. La espera valió la pena.
Durante unos minutos hablaron de asuntos completamente normales. El misterioso visitante preguntó cómo era la vida en la academia, si los alumnos aprendían con facilidad y si la mansión era de su agrado.
Kenji respondió con absoluta sinceridad, sin darse cuenta de que cada palabra estaba siendo analizada por el propio rey.
Explicó que todavía estaba adaptándose a su nuevo trabajo, que los estudiantes tenían mucho potencial y que esperaba convertirse en un profesor capaz de guiarlos correctamente. También comentó que la mansión era demasiado grande para una sola persona y que aún seguía perdiéndose por algunos pasillos. Aquella confesión hizo que el hombre de la capa gris soltara una pequeña carcajada.
—¿También se pierde?
Kenji sonrió con algo de vergüenza.
—Ayer tardé casi diez minutos buscando la biblioteca y terminé entrando en una bodega. Creo que el arquitecto disfrutaba haciendo laberintos.
El rey tuvo que contener otra risa. Los ministros jamás creerían que el hombre del que todos hablaban con miedo era capaz de perderse dentro de su propia casa.
En un extremo del salón, el mayordomo observaba discretamente la conversación. Era la primera vez que veía a un visitante hablar con tanta naturalidad delante de Kenji. Los demás nobles habían pasado toda la mañana temblando o midiendo cuidadosamente cada palabra.
En cambio, aquel desconocido parecía completamente relajado. El anciano comenzó a sospechar que no era una persona común, aunque decidió guardar silencio. Si su señor había aceptado conversar con él, no había motivo para intervenir.
El hombre de la capa gris dejó lentamente la taza sobre la mesa y apoyó los brazos en el respaldo de la silla.
—Profesor Kenji... permítame hacerle una pregunta algo personal.
—Adelante.
—Con el poder que posee, podría gobernar un reino entero o incluso conquistar el continente. ¿Nunca ha pensado en hacerlo?
Kenji parpadeó varias veces antes de soltar una risa tan espontánea que varias sirvientas se sobresaltaron.
—¿Gobernar? No, gracias. Ya tuve suficiente con intentar organizar una oficina llena de empleados. Aquello era un caos.
Había reuniones interminables, informes por todas partes y gente discutiendo desde primera hora de la mañana. Si dirigir un pequeño departamento ya era agotador, no quiero imaginar lo que debe ser gobernar un reino.
El hombre permaneció unos segundos en silencio.
Lo que Kenji quiso decir era muy simple.
«Administrar personas es demasiado trabajo.»
Sin embargo, el rey interpretó algo completamente distinto.
«Alguien capaz de conquistar el continente considera que gobernar un reino es un asunto tan pequeño que ni siquiera merece su interés.»
Sintió un escalofrío.
No por miedo.
Sino por la enorme diferencia entre aquella persona y cualquier otro gobernante que hubiera conocido.
Kenji continuó hablando sin darse cuenta del malentendido.
—Además, una vida tranquila vale mucho más que el poder. Si puedo enseñar, volver temprano a casa y dormir ocho horas, ya soy feliz.
El hombre de la capa gris sonrió sinceramente.
Aquellas palabras le parecieron mucho más valiosas que cualquier demostración de fuerza.
Después de un momento de silencio, se puso lentamente de pie.
—Profesor, ha sido un verdadero placer conversar con usted.
Kenji también se levantó.
—Lo mismo digo. Espero que podamos volver a hablar algún día.
El visitante hizo una ligera inclinación de cabeza y comenzó a caminar hacia la salida. Al cruzar las enormes puertas del salón, un carruaje negro lo esperaba discretamente a cierta distancia.
Solo entonces, cuando estuvo lo bastante lejos de la mansión, uno de los caballeros ocultos se acercó rápidamente e hizo una reverencia.
—Su Majestad.
El rey levantó una mano para indicarle que guardara silencio.
Miró una última vez la residencia de Kenji y sonrió.
—Ahora lo entiendo.
—Los rumores estaban equivocados.
El caballero lo observó confundido.
—¿Equivocados, Majestad?
El rey asintió lentamente mientras subía al carruaje.
—Sí... porque no describen lo más extraordinario de ese hombre.
—No es su poder.
—Es que, pudiendo tener el mundo entero a sus pies... lo único que desea es vivir en paz
Continuará...