Valentina fue comprada a los seis anos por el hombre que la crio. A los dieciocho, un magnate mafioso la reclama como suya. Atrapada entre su tutor obsesivo y un multimillonario que le compra islas y le destroza enemigos, descubre que su propio cuerpo esconde un secreto por el que matarian. ?Escapara... o elegira al hombre equivocado?
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Capítulo 24
Capítulo 24 — Detrás del biombo
El mundo se había reducido a la respiración de Damián contra su cuello.
Valentina cerró los ojos. Los dedos de él trazaban una línea lenta desde su clavícula hasta el borde de su mandíbula, con la precisión de alguien que está memorizando un mapa que no quiere olvidar jamás. Ella se aferró a las solapas de su saco, temblando, no de frío.
—Mírame —murmuró él.
Valentina abrió los ojos. La luz ambarina del candelabro tallaba sombras sobre el rostro de Damián, y en esas sombras ella vio algo que la asustó más que cualquier amenaza: ternura. Ternura real. Sin cálculo. Sin armadura.
—¿Qué? —susurró ella, buscando aire.
—Nada. —Le acarició el labio inferior con el pulgar—. Solo quiero recordar cómo te ves cuando no tienes miedo.
El corazón de Valentina se contrajo. Quiso decirle que no tenía miedo, pero hubiera sido mentira. Tenía miedo de todo. De Nicolás, del mundo afuera de ese salón, de lo que estaban haciendo, de lo que estaban a punto de hacer. Pero sobre todo tenía miedo de lo que sentía cuando él la tocaba así, con esa lentitud devastadora que le quitaba las ganas de pensar.
Damián inclinó la frente contra la suya.
—Mariposa.
Una sola palabra. Le bastaba una sola palabra para desarmarla.
Valentina lo besó. Lo besó con la boca abierta y los ojos cerrados y las manos subiendo por su pecho hasta enredarse en su cabello. Él la pegó contra su cuerpo con una mano firme en la parte baja de su espalda, y ella sintió el calor de su piel a través de la tela, sintió cómo su respiración se aceleraba contra la suya, y por un instante glorioso dejó de existir todo lo demás.
No había pasillo. No había fiesta. No había Nicolás.
Solo la boca de Damián moviéndose contra la suya. Sus manos subiendo por su cintura. El sonido de su propia respiración entrecortada llenando el silencio del salón privado.
Él la levantó con una facilidad que la hizo jadear y la sentó sobre el borde de la mesa de madera oscura. Los papeles y copas tintinearon al correrse. Valentina le rodeó las caderas con las piernas, atrayéndolo, y Damián gruñó contra su cuello, bajo, gutural, un sonido que le recorrió la columna como una descarga.
—Dime que pare —dijo él, con la voz ronca, los labios contra su oído—. Dime que pare y paro.
—No —susurró ella.
Él se detuvo un segundo. La miró.
—¿No qué?
—No pares.
Damián la besó con una urgencia que ya no era ternura sino hambre. Las manos de ella desabotonaron los primeros botones de su camisa. Él le bajó un tirante del vestido con los dientes. La piel de Valentina ardía donde él la tocaba, donde él la besaba, donde él respiraba.
"Esto es lo que quiero", pensó ella con una claridad que dolía. "Esto. Él. Solo él."
Damián le acarició el muslo, subiendo la tela del vestido. Sus labios bajaron por su cuello, por su clavícula, por la línea del escote. Valentina echó la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados, la boca entreabierta, y sintió que el aire del salón se llenaba de un calor que no venía de ninguna lámpara.
Un aplauso.
Uno solo. Lento. Seco. Como una bofetada en el silencio.
Valentina se congeló.
Damián levantó la cabeza. Su cuerpo se tensó como un cable de acero. Sus ojos se clavaron en un punto detrás de ella, y Valentina vio cómo su expresión cambiaba en un instante: de la vulnerabilidad más desnuda a algo pétreo, letal, inhumano.
Ella se giró.
El biombo decorativo —el que había estado apoyado contra la pared desde que entraron, parte del mobiliario, tan inofensivo como un cuadro— estaba corrido hacia un lado. Y detrás de él, de pie, con los brazos cruzados y una sonrisa que no le llegaba a los ojos, estaba Nicolás.
El estómago de Valentina cayó al vacío.
—Qué espectáculo —dijo Nicolás. No gritó. No alzó la voz ni un solo decibel. Habló con la cadencia de quien comenta el clima en una sobremesa—. De verdad. Qué espectáculo tan... educativo.
Valentina se bajó de la mesa de un salto. Las piernas le temblaban. Se acomodó el tirante del vestido con dedos torpes, el corazón martilleándole en las sienes. La vergüenza le subió por el pecho como ácido, quemándole la garganta.
"No. No, no, no."
Damián se colocó delante de ella. Un paso. Un solo movimiento, y su espalda se convirtió en un muro entre Valentina y Nicolás.
—¿Cuánto tiempo? —La voz de Damián no sonó furiosa. Sonó como el chasquido de un arma al amartillarse.
—¿Cuánto tiempo qué? —Nicolás ladeó la cabeza—. ¿Cuánto llevo observando? ¿Esa es tu pregunta?
Silencio.
Nicolás dio un paso hacia adelante. Después otro. Su zapato resonó contra el piso de piedra con la precisión de un metrónomo.
—Lo suficiente —dijo—. Más de lo que creen. Lo suficiente para saber que esto no empezó esta noche, Montero. Lo suficiente para saber exactamente qué clase de animal eres cuando crees que nadie te ve.
Valentina sintió que las piernas le fallaban. "Nos vio. Nos vio todo." La humillación era un peso físico aplastándole el pecho, robándole el aire.
—¿Quién te dejó entrar? —preguntó Damián. Su voz era hielo.
—Tu personal es muy... accesible cuando se ofrece la cantidad correcta —respondió Nicolás con una cortesía venenosa—. Pero no te preocupes, no vengo a armar un escándalo. Estamos en casa de los Carrasco. Sería de pésimo gusto.
Se detuvo a tres metros de ellos. Metió las manos en los bolsillos del pantalón, como si estuviera tomando el aire en un balcón.
—Lo que vengo a decirte, Montero, es algo muy sencillo. —Su mirada pasó de Damián a Valentina, y ella sintió esa mirada como un bisturí—. Todo lo que acabo de ver... todo... es mío ahora. Cada sonido. Cada palabra. Cada... gesto.
—No te atrevas —dijo Damián. Y entonces su voz cambió.
Valentina lo había escuchado dar órdenes. Lo había escuchado susurrar. Lo había escuchado hablar con la frialdad calculada de un hombre que controlaba un imperio. Pero nunca lo había escuchado sonar así: como si cada sílaba le estuviera costando una parte de sí mismo para no cruzar esa distancia y romper algo.
—¿No me atreva a qué? —Nicolás no retrocedió ni un centímetro—. ¿A ver? Ya vi. ¿A recordar? Ya recuerdo. ¿A usar lo que vi? —Dejó flotar la pregunta—. Eso depende enteramente de la cooperación de mi niña.
—No la llames así —dijo Damián, y su cuerpo se inclinó hacia adelante, como un depredador a punto de saltar.
Valentina le tocó la espalda. Fue un gesto instintivo, nacido del terror. Si Damián lo atacaba ahí, en la Hacienda Carrasco, en territorio ajeno, se desataría algo que no podría controlarse. Lo sabía. Nicolás también lo sabía. Por eso estaba tan tranquilo.
—Nicolás —dijo ella. Su propia voz le sonó ajena. Pequeña—. Esto no...
—¿Esto no qué, Valentina? —La interrumpió sin brusquedad, pero con una precisión que dolía—. ¿Esto no es lo que parece? Porque parece exactamente lo que es. Y las dos personas que están en esta habitación saben que yo tengo la paciencia para esperar... y la memoria para no olvidar.
Valentina cerró la boca. No tenía réplica. Él tenía razón y la vergüenza le ahogaba las palabras.
Nicolás la miró un segundo más. Después volvió los ojos a Damián.
—Tú y yo vamos a hablar, Montero. Pero no aquí. No esta noche. Esta noche voy a ser un caballero y voy a retirarme. —Sonrió—. Porque a diferencia tuya, yo sí sé lo que significa la prudencia.
—Ferrera. —La voz de Damián vibró—. Si usas una sola palabra de esto contra ella, no va a existir rincón en este país donde puedas esconderte.
Nicolás no reaccionó. Ni un parpadeo. Ni un músculo. Simplemente lo miró con esa serenidad espantosa de los hombres que han vivido demasiado tiempo con la violencia como para temerla.
—Qué encantador —dijo—. El Halcón protegiendo a su mariposa. —La última palabra la pronunció con un asco delicado, como si estuviera saboreando algo amargo y disfrutándolo—. Pero permíteme recordarte algo: ella no es tuya. Ella tiene un techo, una deuda y un nombre que yo le di. Y mientras eso no cambie, tú no eres más que un entretenimiento nocturno.
Valentina sintió el golpe de cada palabra como un puño cerrado. "Un entretenimiento nocturno." Quiso gritar que eso no era cierto. Quiso decirle a Nicolás que ella no era propiedad de nadie. Pero la voz no le salió, porque en algún rincón oscuro y condicionado de su mente, las palabras de él todavía tenían peso. Todavía sonaban como verdad.
Damián no respondió.
Y eso fue lo más aterrador de todo, porque Valentina había aprendido que cuando Damián dejaba de hablar, era porque ya había tomado una decisión. Y las decisiones de Damián no se negociaban.
Nicolás los miró a los dos por última vez. Después se abotonó el saco con un gesto pausado, se alisó las solapas y comenzó a caminar hacia la puerta.
Hacia atrás.
Sin darles la espalda.
Cada paso medido, deliberado, los ojos fijos en Damián como un hombre que sabe que no debe girar la espalda a un lobo.
Cuando llegó al umbral, se detuvo.
—Nos vemos en casa, Valentina.
No fue una despedida. Fue una sentencia.
La puerta se cerró detrás de él con un clic suave.
El silencio que quedó en el salón era de un tipo diferente al de antes. Antes había sido intimidad. Ahora era devastación.
Valentina se cubrió la cara con las manos. El temblor que le recorría el cuerpo no era de frío ni de deseo. Era puro terror. Terror animal, profundo, el tipo de miedo que se aprende de niña y no se olvida nunca.
"Nos vemos en casa."
Sabía exactamente lo que significaba.
Damián se giró hacia ella. Le tomó las manos, se las bajó de la cara con firmeza y con cuidado, como si estuviera desarmando algo frágil.
—Mírame —dijo. La misma palabra que antes, pero ahora cargada de algo completamente distinto—. Valentina, mírame.
Ella lo miró. Los ojos le ardían.
—No vas a volver a esa casa esta noche —dijo él—. ¿Me escuchaste?
—Damián, tú no entiendes...
—Te escuché. —Le apretó las manos—. Cada palabra que él dijo, la escuché. Y te juro, mariposa, que no va a cumplir ni una sola.
Valentina quiso creerle. Con cada fibra de su cuerpo, quiso creerle.
Pero la voz de Nicolás seguía resonando en su cabeza como un eco que no se apagaba.
"Nos vemos en casa."
El si la compro, para estar esos días con ella😑
Xq el banana de Damián no hace nada?