Dos vidas separadas por un océano de mentiras, secretos y clase social están a punto de cruzarse otra vez. Lo que empezó como una noche que ninguno de los dos podía recordar se convertirá en la verdad que ninguno de los dos está preparado para enfrentar.
Una historia de amor, sacrificio y segundas oportunidades, donde un pequeño rosario de oro guarda el poder de reescribir el destino de dos familias.
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El reencuentro con Bruno
CAPÍTULO 11 — Renata:
El evento era uno de esos actos benéficos del mundo del deporte a los que mi padre me insistía siempre que asistiera, "para hacer relaciones públicas", según él, aunque yo sabía que en realidad lo que quería era que dejara de encerrarme en el club ayudando a Camila con Thiago y volviera a moverme en los círculos donde él consideraba que debía estar.
Fue en la barra, esperando una copa de vino que tardaba demasiado en llegar, cuando sentí una mirada fija sobre mí que no pude ignorar. Me giré y ahí estaba él: alto, con el pelo un poco más corto que como lo recordaba, pero con esa misma sonrisa fácil que cuatro años atrás me había hecho olvidar, por una noche entera, todos mis principios sobre no mezclarme con futbolistas.
—Te conozco —me dijo, acercándose con una copa en la mano, estudiándome con una curiosidad que no intentaba disimular—. Perdón que sea tan directo, pero estoy seguro de que nos conocemos de algo.
No lo reconocí al principio. Han pasado tantas noches, tantas fiestas, tantos hombres desde entonces, que honestamente esa noche en particular se había mezclado hace tiempo con todas las demás en mi memoria.
—No sabría decirte —le respondí, con una sonrisa educada, sin comprometerme a nada—. ¿De algún evento anterior, quizás?
—De una discoteca, hace unos cuatro años. Un viaje de fin de curso. —Sonrió, con una mezcla de nostalgia y algo que no supe descifrar del todo—. Soy Bruno.
El nombre me cayó encima como un baldazo de agua fría, no porque lo recordara con claridad, sino porque de pronto até cabos con una velocidad que me dejó sin aire: Bruno era el amigo de Hugo. El mismo Hugo que llevaba meses en boca de todo el país por la tragedia que había vivido. El mismo Hugo cuyo nombre yo llevaba cuatro años evitando pronunciar frente a Camila por miedo a las conclusiones que ella pudiera sacar.
—Bruno —repetí, tratando de sonar más calmada de lo que en realidad estaba—. Sí, ahora te ubico.
Hablamos durante casi una hora, apoyados en la barra, de todo un poco: de su carrera, de la mía, de la vida que habíamos llevado cada uno en estos años. Era agradable hablar con él, mucho más maduro que el chico que recordaba vagamente de aquella noche, y en algún momento, entre copa y copa, no pude evitar sentir curiosidad por hacer la pregunta que llevaba rondándome la cabeza desde que até cabos con su nombre.
—Esa noche estabas con una amiga mía —le dije, eligiendo las palabras con cuidado, sin revelar demasiado todavía—. Nos separamos en algún momento, cada una con... bueno, ya sabés. ¿Qué fue de la chica con la que se quedó tu amigo, el que hoy juega en la Selección?
Vi cómo el rostro de Bruno cambiaba, cómo la ligereza de la conversación se transformaba, de golpe, en algo mucho más serio.
—¿Por qué preguntás eso? —me dijo, con una cautela que confirmaba que yo no era la única con sospechas guardadas desde hacía años.
—Porque esa amiga tuvo un hijo nueve meses después, Bruno. Un niño hermoso, con unos ojos verdes que no se parecen a nada de su familia. Un niño que, casualmente, tiene un talento para el fútbol que ya está llamando la atención de ojeadores importantes.
Saqué el teléfono del bolso, sin pensarlo demasiado, y le mostré una foto de Thiago con el uniforme de su equipo, sonriendo con ese rosario de oro asomando por el cuello de la camiseta. Bruno se quedó mirando la pantalla durante un tiempo que se sintió eterno, con una expresión que pasó de la curiosidad al asombro y, finalmente, a algo que se parecía mucho al miedo.
—Dios mío —murmuró, casi sin voz.
—¿Qué pasa, Bruno?
Levantó la vista del teléfono, mirándome con una intensidad que no esperaba, como si estuviera calculando exactamente cuánto podía decirme sin arriesgar algo que todavía no comprendía del todo.
—Ese rosario —dijo lentamente— es idéntico al que Hugo perdió esa misma noche. El que buscó durante años. El que era de su abuela.
Sentí que el corazón se me aceleraba, entendiendo de golpe la magnitud de lo que estábamos por descubrir los dos.
—¿Estás seguro?
—No puedo estar completamente seguro de nada todavía —dijo, guardándose el teléfono imaginario en un gesto nervioso, aunque el mío seguía en mi mano—. Hay demasiadas cosas en juego, Renata. Hugo está destrozado, apenas sobreviviendo día a día desde el accidente. No puedo llegar y tirarle encima una sospecha sin estar completamente seguro. Necesito tiempo para pensar cómo manejar esto.
Entendí su cautela, aunque por dentro sentía que la verdad ya no podía esperar mucho más tiempo. Nos despedimos esa noche con la promesa de volver a hablar pronto, con su número guardado en mi teléfono y una sensación extraña, mitad esperanza mitad vértigo, de que el destino, después de cuatro años de silencio, finalmente había decidido empezar a moverse.