Valentina Reyes tiene diecisiete anos, un promedio perfecto y un padre que camina con muletas. En Colonia Lomas del Paraiso, Guadalajara, la vida huele a paredes humedas y a los tamales que Don Tomas prepara antes del amanecer para vender en el tianguis. Valentina no se queja. Valentina sobrevive.
Santiago Montero Del Valle tiene diecisiete anos, un Porsche que no le importa y un padre que no sabe como hablarle. En la mansion de Puerta de Hierro, la vida huele a silencio. Santiago no pide ayuda. Santiago rompe cosas.
Una tarde en el Parque Metropolitano, un nino cae al lago. Los dos se lanzan al agua sin pensarlo. Cuando despiertan... estan en el cuerpo del otro.
Ella abre los ojos en una cama king size, rodeada de lujo y frialdad. El despierta en un cuarto diminuto donde un hombre cojo le dice "mija, ya esta el desayuno" con una sonrisa que nunca ha visto en su propia casa.
Valentina, atrapada en el cuerpo de Santiago, descubre que el dinero no compra lo que ella siempre tuvo: una familia que te abraza. Santiago, en el cuerpo de Valentina, descubre que en una casa donde gotea el techo puede existir mas amor del que jamas imagino.
Pero el intercambio tiene reglas que nadie les explico. Y mientras ella enfrenta a los enemigos corporativos de Grupo Montero y el descubre que las manos callosas de Don Tomas esconden un imperio en construccion, algo mucho mas peligroso que la magia empieza a crecer entre ellos.
Porque cuando vives la vida del otro... es imposible no enamorarte.
Una historia de risas, lagrimas, venganza dulce y un padre que le enseno al mundo que caminar distinto no significa caminar menos.
Yo se lo que es ser tu. Y aun asi, te elijo.
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Capítulo 20
Cap 20: Penales y corazones
La culpa fue de la defensa central de la Prepa 12.
Instituto Británico organizaba un torneo intersexos cada año —equipos mixtos, reglas adaptadas, más espectáculo que competencia. Santiago —en el cuerpo de Valentina— no tenía intención de participar. Pero cuando la titular del equipo femenino se torció el tobillo en el calentamiento y el entrenador miró a "la chica que ganó la carrera de montaña", Santiago supo que no tenía salida.
—Reyes, tú entras —dijo el entrenador, un hombre bajo con barba de tres días y un suéter del Manchester United que usaba todo el año.
—¿Yo?
—Tú. Delantera. Tienes la velocidad.
Santiago se puso los tenis viejos de Valentina —con las plantillas nuevas que había comprado en el tianguis— y entró a la cancha.
El equipo mixto del Instituto Británico era razonablemente bueno. Héctor jugaba de mediocampista y movía el balón con una inteligencia que Santiago, a regañadientes, tuvo que admitir que era impresionante. Los otros jugadores eran competentes. Pero la Prepa 12 había traído a su equipo completo, incluida una defensa central que medía un metro ochenta y cinco y que miraba a "Valentina" como si fuera un aperitivo.
El primer tiempo fue equilibrado. Santiago tocó poco el balón —estaba leyendo el juego, estudiando los patrones, buscando los huecos. Héctor le lanzó un pase largo en el minuto veinte que Santiago atrapó con el pecho —instinto del cuerpo de Valentina, que reaccionaba a los estímulos físicos con una coordinación que seguía sorprendiéndolo. Encaró a la defensa. La defensa lo empujó con el hombro. Santiago resbaló y cayó sobre el pasto artificial.
El árbitro no marcó nada.
Santiago se levantó. Se limpió las rodillas de Valentina. Miró a la defensa.
En su propio cuerpo, habría respondido con un codazo. Con el cuerpo de Valentina, respondió con paciencia.
Al medio tiempo, el marcador era uno a uno. Héctor se acercó durante la pausa.
—Valentina, estás jugando increíble. ¿Dónde aprendiste?
—Viendo a mis primos —mintió Santiago.
—¿Tus primos? ¿Juegan en algún lado?
—No. Solo en la calle.
Héctor sonrió con esa sonrisa de lado que Santiago detestaba.
—Pues tus primos son buenos profesores.
Santiago tomó agua de la botella y no respondió.
* * *
El segundo tiempo fue diferente.
Santiago dejó de esperar y empezó a atacar. Las piernas de Valentina —esas piernas que habían subido montañas, cargado bolsas y caminado kilómetros por calles empinadas— respondieron como si hubieran estado esperando permiso. Velocidad. Cambio de dirección. Equilibrio. El cuerpo de Valentina no era potente como el suyo, pero era preciso.
En el minuto sesenta y tres, Héctor filtró un pase entre dos defensas. Santiago recibió, giró y disparó con el empeine interior —exactamente como le había enseñado a Valentina por teléfono semanas atrás. La pelota se curvó, pasó por encima del portero y entró en el ángulo.
Dos a uno.
Las gradas —bancas de metal con cien estudiantes sentados bajo sombrillas— estallaron. Compañeras que nunca le habían hablado a "Valentina" gritaban su nombre. Un grupo de chicas del equipo de vóleibol golpeaba la reja con las palmas.
Héctor corrió hacia Santiago y lo abrazó. Santiago se quedó rígido. Los brazos de Héctor rodearon la cintura de Valentina con una familiaridad que le revolvió el estómago.
Se separó.
—Buen pase —dijo, y caminó de regreso a su posición.
La Prepa 12 empató en el minuto setenta y ocho. Un tiro libre que entró por debajo de la barrera. Dos a dos. Penales.
* * *
Santiago fue el quinto tirador del Instituto Británico.
Si metía, ganaban. Si fallaba, muerte súbita.
Caminó hacia el punto penal. Las gradas estaban en silencio. El portero de la Prepa 12 —un chico con guantes rojos que le quedaban grandes— se movía de lado a lado en la línea de gol.
Santiago puso el balón en el punto. Lo acomodó con las manos de Valentina. Se levantó. Tomó cuatro pasos de distancia.
Las gradas estaban calladas. Podía escuchar la respiración del portero, el crujido de sus guantes al apretar los puños, el murmullo lejano de alguien que decía "no va a fallar." Santiago no sabía si lo decían con confianza o con miedo.
Pensó en el gol contra la Prepa 12 en el partido con el equipo de Valentina en Prepa 7. Pensó en la curva del balón. Pensó en ángulos, velocidad, posición del portero. Hizo el cálculo. Valentina le había enseñado que todo era matemáticas. El futbol no era la excepción.
Corrió. Pateó.
El balón se fue al ángulo derecho. El portero saltó al izquierdo.
Instituto Británico ganó tres a dos en penales.
El ruido fue instantáneo. Compañeros corrieron hacia la cancha. Alguien le echó agua encima. Héctor lo levantó en hombros —los hombros de Valentina— y Santiago tuvo que agarrarse de su cabeza para no caer.
—¡Bájame! —gritó Santiago, pero su voz se perdió en el escándalo.
* * *
El problema, otra vez, fueron los vestidores.
Santiago se escabulló con la excusa de la rodilla lastimada. Se sentó en una banca del pasillo exterior, empapado de sudor y agua, con las piernas de Valentina temblando de agotamiento. Sacó el teléfono.
No llamó a Valentina de inmediato. Se quedó sentado, mirando la cancha vacía a través de la ventana. Las porterías. Las líneas de cal medio borradas. Los restos de confeti de papel que alguien había lanzado.
Había ganado otro partido con el cuerpo de Valentina. Había metido otro gol. Había sentido otra vez esa conexión imposible entre su mente y el cuerpo de ella —como si fueran un instrumento afinado por dos personas distintas.
Y Héctor la había abrazado. Y a Santiago le había molestado.
Le molestaba desde hacía semanas. Cada vez que Héctor se acercaba demasiado. Cada vez que sonreía con esa comisura izquierda. Cada vez que decía "Valentina" con una suavidad que no le correspondía.
Santiago entendía qué significaba esa molestia. No era estúpido. Pero decirlo en voz alta era otra cosa.
Marcó.
—Valentina.
—¿Qué pasó? —La voz de ella —su propia voz, del otro lado de la ciudad.
—Ganamos. Tres a dos en penales. Yo metí el último.
—¿En serio?
—En serio.
—Santiago Montero metiendo penales con mi cuerpo. El universo tiene sentido del humor.
Santiago casi sonrió. Pero no había llamado para hablar del partido.
—Valentina, necesito decirte algo.
—Dime.
—Tu amigo Héctor.
Silencio.
—¿Qué pasa con Héctor?
—Creo que le gustas.
—Héctor es mi amigo. Nada más.
—Lo sé. Pero... eso me molesta.
La frase cayó como una piedra en un lago quieto. Santiago la escuchó rebotar en el silencio del otro lado de la línea.
—¿Te molesta? —repitió Valentina.
—Sí. Me molesta que te mire así. Me molesta que te abrace después de un gol. Me molesta que diga tu nombre como si tuviera derecho a decirlo de esa manera. Y sé que no tiene sentido, porque yo estoy en tu cuerpo y tú estás en el mío y nada de esto debería importarme. Pero me importa.
El silencio duró tanto que Santiago revisó la pantalla para asegurarse de que la llamada no se había cortado.
—Santiago —dijo Valentina.
—¿Qué?
—¿Estás diciendo lo que creo que estás diciendo?
Santiago cerró los ojos. Los de Valentina. Los que ya sentía como suyos y como de ella al mismo tiempo.
—Estoy diciendo que me molesta. No sé qué más decir.
Valentina no respondió durante varios segundos. Cuando habló, su voz era cuidadosa, como alguien caminando sobre hielo:
—Héctor es solo un amigo, Santiago. Pero... gracias por decirme.
—¿Gracias?
—Sí. Gracias por ser honesto.
Colgaron. Santiago se quedó en la banca, con el teléfono de Valentina apretado contra el pecho. El pasillo estaba vacío. La luz del atardecer entraba por las ventanas y pintaba rayas doradas en el piso de linóleo. Desde algún lugar llegaba el sonido de una escoba barriendo el confeti del festejo.
Acababa de decirle a una chica que le gustaba de la manera más torpe posible —no con flores ni con frases bonitas, sino con "me molesta que otro tipo te mire." Santiago Montero: maestro de la seducción. Su padre organizaba cenas de gala para impresionar a sus socios. Su hermano compraba regalos de diseñador sin parpadear. Y él le había dicho a la chica que le quitaba el sueño que otro tipo "le molestaba." Brillante.
* * *
Del otro lado de Guadalajara, Valentina dejó el teléfono de Santiago sobre la mesita de noche. Se quedó mirando la pantalla. En la galería del teléfono había una foto que Santiago —en el cuerpo de Valentina— le había mandado después del partido: una selfie de victoria, con la cara de Valentina sudada y sonriente, los ojos brillando con algo que no era exactamente alegría.
Valentina se miró a sí misma a través de los ojos de Santiago y vio algo que nunca había visto en el espejo: una persona que alguien miraba con ganas de proteger.
Su corazón —el corazón de Santiago— latía más rápido de lo normal. Valentina puso la mano sobre el pecho. Sintió cada latido contra la palma.
No sabía si el pulso acelerado era del cuerpo de Santiago o de ella misma. Sospechaba que eran ambos.
Se acostó. No durmió en mucho tiempo. Miraba el techo de la habitación de Puerta de Hierro y pensaba en una frase que Santiago había dicho sin pensarla demasiado y que ella no iba a olvidar:
"Me importa."
Dos palabras. Más valiosas que cualquier cosa que Héctor Jiang hubiera dicho en cinco meses de sonrisas calculadas.
Valentina cerró los ojos. Sonrió. La sonrisa de Santiago —amplia, involuntaria— se dibujó en la cara que no era suya pero que ya sentía como propia.