Durante siglos, los clanes de los vampiros y de los hombres lobo han vivido consumidos por el odio.
Todos creen que el antiguo rey de los vampiros @s3s1nø a la esposa del Alfa durante una Noche de Luna Roja. Como venganza, el Alfa m@tø a la reina vampira un día después del nacimiento de su hija, Aylin.
Lo que nadie sabe es que aquella mu3rt3 fue una mentira.
La esposa del Alfa fingió su fallecimiento para escapar con el lobo del que realmente estaba enamorada, dejando atrás a un cachorro recién nacido
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UN DESTINO SIN RESPUESTA
Habían transcurrido varias semanas desde que el clan comenzó a notar algo imposible de ignorar.
Cada nueva camada traía únicamente cachorros destinados a convertirse en Alfas.
Ni una sola omega.
Ni una sola futura Luna.
Al principio pensaron que era una coincidencia.
Después...
Comenzaron a llamarlo una maldición.
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La primera nieve del invierno cubría las montañas.
Kael permanecía de pie frente al monumento dedicado a Selene.
La estatua de piedra la mostraba con una expresión serena, sosteniendo entre sus brazos a un pequeño cachorro.
El Alfa dejó un ramo de lirios blancos a sus pies.
—Si realmente puedes escucharme...
Ayúdame.
El viento fue la única respuesta.
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Esa misma mañana, Kael reunió al consejo.
Los ancianos ocuparon sus lugares alrededor de la gran mesa de roble.
El ambiente era tenso.
—Necesito respuestas —dijo el Alfa con firmeza—. No rumores... respuestas.
La anciana curandera inclinó la cabeza.
—Majestad... hemos revisado todos los registros de nacimientos de los últimos cuatrocientos años.
Un escriba colocó varios pergaminos sobre la mesa.
—Jamás ocurrió algo parecido.
Kael comenzó a revisar uno por uno.
Cada generación mostraba el mismo equilibrio.
Alfas.
Betas.
Omegas.
Siempre había nacido al menos una futura Luna cada cierto tiempo.
Hasta ahora.
El último pergamino estaba completamente actualizado.
Doce nacimientos.
Doce futuros Alfas.
Cero omegas.
Kael cerró lentamente el documento.
Su mandíbula se tensó.
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—¿Y los antiguos archivos? —preguntó.
Un anciano negó con tristeza.
—También los consultamos.
No encontramos ninguna explicación.
Otro consejero habló con voz insegura.
—Algunos creen que la Diosa Luna retiró su bendición cuando perdimos a Selene.
El salón quedó completamente en silencio.
Kael levantó la mirada.
—¿Creen...?
El anciano bajó la cabeza.
—Es lo que el pueblo comienza a decir.
—Que la Luna del clan era el equilibrio.
—Y que al perderla...
...la fertilidad cambió.
Nadie se atrevió a continuar.
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Kael se levantó de golpe.
—No aceptaré una respuesta basada únicamente en el miedo.
Los consejeros guardaron silencio.
—Quiero que revisen cada biblioteca.
Cada templo.
Cada pergamino.
Cada historia contada por nuestros antepasados.
Tiene que existir una explicación.
La curandera respiró profundamente.
—Ya enviamos mensajeros a los clanes vecinos.
Incluso ellos dicen no haber visto algo semejante.
El corazón de Kael comenzó a llenarse de inquietud.
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Esa tarde...
El Alfa descendió hasta la enorme biblioteca del clan.
Era un lugar que pocos visitaban.
Altos estantes de madera guardaban cientos de pergaminos.
Algunos tenían siglos de antigüedad.
Durante horas...
Kael leyó uno tras otro.
Historias de antiguas guerras.
Profecías.
Crónicas de los primeros Alfas.
Relatos sobre la Diosa Luna.
Pero no encontró nada.
Absolutamente nada.
Solo silencio.
Y polvo.
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Cuando ya pensaba marcharse...
Un viejo lobo apareció apoyado en un bastón.
Era el historiador más anciano del clan.
Su pelaje completamente blanco revelaba su avanzada edad.
—Majestad...
Kael levantó la vista.
—¿Encontraste algo?
El anciano negó lentamente.
—Encontré algo peor.
Sacó un pequeño libro muy deteriorado.
Lo abrió con extremo cuidado.
—Aquí se menciona que, cuando un clan pierde a su Luna, el dolor puede extenderse durante generaciones.
Kael sintió un pequeño destello de esperanza.
—¿Habla de esta maldición?
El anciano negó otra vez.
—No.
Solo habla del dolor.
No menciona que dejen de nacer omegas.
El brillo en los ojos del Alfa desapareció.
Otra vez...
No había respuestas.
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Al caer la noche...
Kael regresó a la habitación de Lev.
El pequeño jugaba sentado sobre una alfombra de piel.
Al ver entrar a su padre, sonrió inmediatamente.
—¡Papá!
Kael correspondió con una sonrisa cansada.
Lo levantó entre sus brazos.
—¿Te portaste bien?
Lev asintió con entusiasmo.
Después señaló una pequeña figura de madera.
Era una loba.
La misma con la que jugaba todos los días.
El Alfa la tomó.
Sabía perfectamente por qué aquel era el juguete favorito de su hijo.
Representaba a una madre.
Lev abrazó la figura de madera.
Después volvió a mirar la puerta.
Como hacía todos los días.
Esperando verla entrar.
Kael sintió que el pecho le dolía.
—Todavía la esperas...
¿Verdad?
El pequeño respondió con una inocente sonrisa.
No entendía las palabras.
Pero seguía esperando.
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Aquella noche...
Kael salió al balcón de la fortaleza.
La luna iluminaba el valle.
Decenas de fogatas brillaban entre las casas del clan.
Era un pueblo fuerte.
Valiente.
Pero también asustado.
Los rumores seguían creciendo.
—Ya no nacerán omegas.
—Nuestro clan desaparecerá.
—La Diosa Luna nos abandonó.
El Alfa cerró los ojos.
Por primera vez desde que se convirtió en líder...
Sintió miedo.
No miedo por sí mismo.
Sino por el futuro de todos.
Si realmente dejaban de nacer omegas...
Con el paso de las generaciones el clan perdería el equilibrio.
Las familias comenzarían a desaparecer.
Y algún día...
Los aullidos dejarían de escucharse en aquellas montañas.
Kael apretó los puños.
—No...
No permitiré que ocurra.
Aunque tenga que recorrer cada rincón de este mundo...
Encontraré la verdad.
Encontraré la forma de salvar a mi pueblo.
Sin saberlo...
Muy lejos de allí...
En una pequeña cabaña oculta entre montañas, Selene seguía con su nueva vida, completamente ajena al dolor que había dejado atrás.
Y mientras Kael buscaba respuestas en antiguos pergaminos...
La única persona que podía acabar con el sufrimiento del clan seguía guardando silencio.
Una mentira había sido suficiente para sembrar el odio.
Pero sus consecuencias apenas comenzaban a extenderse sobre el destino de los hombres lobo.