Durante diecisiete años, Woo-jin ha vivido sin salir casi nunca de su propiedad, cumpliendo cada enseñanza y promesa que le dejó su padre antes de fallecer: cuida los huertos, prepara remedios con hierbas de la zona, mantiene las defensas y nunca revela que puede transformarse. Cree que el mundo sigue igual hasta que empieza a ver humo en el horizonte, encuentra animales muertos con marcas extrañas y descubre visitantes que no deberían estar ahí. Al abrir por fin la zona sellada del sótano, lee los informes completos: el virus de la Niebla Gris se extendió hace meses, la corporación Hanbiotech busca apoderarse de su investigación y él lleva todo este tiempo completamente aislado sin saberlo. Ahora deberá poner a prueba todo lo que aprendió, usar su secreto por primera vez y proteger su hogar con sus propias manos.
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Capítulo 5: El visitante herido
Los días siguientes a lo que vio desde la cima transcurrieron con una tensión silenciosa que se le instaló en el pecho y no lo abandonaba ni un solo instante. Choi Woo-jin no se alejaba demasiado de los límites de su propiedad, pero recorría sus senderos una y otra vez, revisaba cada cerca, cada trampa, cada señal que pudiera indicar que algo o alguien se acercaba. Por mucho que su padre le hubiera enseñado a estar preparado para cualquier cosa, nada lo había preparado para sentir que su propio mundo, aquel que habían construido juntos con tanto esfuerzo y secreto, comenzaba a desmoronarse por los bordes.
Esa mañana el cielo estaba encapotado y el viento traía un frío que calaba los huesos. Decidió salir a comprobar si las trampas que había colocado más abajo habían funcionado; necesitaba reunir más provisiones, secar carne y guardarla antes de que llegaran las nieves más duras, y esa sensación de inquietud le decía que debía hacerlo cuanto antes.
Como siempre que está completamente solo y requiere moverse con total sigilo, decidió transformarse en su otra apariencia. Jamás dejaría que nadie lo viera así; esa forma era su secreto más profundo, su refugio, solo para él, para la soledad del bosque, para cazar y para pasar desapercibido cuando fuera necesario. Sintió cómo su cuerpo cambiaba suavemente: sus rasgos se suavizaron, su largo cabello se alargó aún más cayendo libremente por su espalda, pero su fuerza, su mirada y su temple siguieron siendo exactamente los mismos. Vestía su ropa tradicional, confeccionada por sus propias manos siguiendo las enseñanzas de su padre: tejidos gruesos, resistentes, del color de la tierra y la corteza, que no delataban su presencia entre los árboles. Tomó su arco de tejo, comprobó que las flechas estuvieran bien afiladas y comenzó a descender.
Cada paso lo daba con el corazón encogido. Al llegar al lugar donde había puesto los lazos, no encontró ninguna presa esperando, sino algo mucho más inquietante: huellas de pisadas humanas, torpes, arrastradas, marcadas con peso y dificultad sobre la tierra húmeda. Y entre ellas, gotas oscuras de sangre que iban perdiéndose entre la maleza. Nadie había subido hasta aquí en toda su vida. Nadie debía saber que existía este camino, ni esta casa, ni él. El miedo le recorrió la espalda, pero siguió avanzando, ocultándose tras los tronos, sin hacer el menor ruido posible.
Lo encontró apoyado contra el grueso tronco de un viejo pino. Era un hombre joven, vestido con ropas extrañas, modernas, nada parecidas a lo que él conocía, y tenía una herida terrible abierta en la pierna. Al oír su movimiento, el hombre intentó levantarse, pero su cuerpo no le respondía como debía. Temblaba de una forma violenta, descontrolada, sus ojos eran de un rojo intenso y vidrioso, y de sus labios caía constantemente esa sustancia espesa y grisácea que ya había visto salir del ciervo días atrás. No suplicaba, no hablaba, no pedía agua ni auxilio: solo soltaba gruñidos bajos, desgarrados, y lo miraba con un hambre y una rabia que no pertenecían a una persona en su sano juicio.
Woo-jin sintió que el aire se le escapaba. Recordó las reglas: no acercarse a nadie, no dejar entrar a nadie, proteger el secreto a toda costa. Pero también recordó a su padre diciéndole que el conocimiento de medicina servía para aliviar el dolor, que nunca debía perder su humanidad por mucho peligro que hubiera. Intentó hablarle con voz suave, retrocediendo un poco para no asustarlo más:
—No te haré daño... déjame ver tu herida...
Pero el hombre no entendió, o ya no podía entender. Con un grito ronco y desgarrador, se lanzó hacia él sin importarle el dolor, sin importarle nada más que alcanzarlo. Woo-jin tuvo que tensar el arco con manos que le temblaban, apuntó sabiendo que no había otra opción, y disparó. La flecha dio en el sitio exacto y el hombre cayó al suelo, quedando inmóvil al instante.
Se quedó allí mucho tiempo, paralizado, esperando que vinieran más personas, esperando despertar de lo que parecía una pesadilla. Cuando por fin se atrevió a acercarse, buscó algo que le diera una explicación. Encontró en su bolsillo interno un documento arrugado y manchado, con sellos que no conocía, y leyó con lágrimas en los ojos: *“Alerta sanitaria nacional. Cuarentena total. El Virus de la Niebla Gris se propaga con rapidez. Todo contacto está prohibido. La contaminación altera la razón y el comportamiento...”*.
Todo encajó de golpe: el agua sucia, los animales muertos, el silencio absoluto, el humo en el horizonte... el mundo no seguía igual allá abajo. Se había roto, y él, en su inocente aislamiento, no se había enterado de nada. Se sintió pequeño, traicionado por la distancia, y con una inmensa tristeza por ese hombre que había terminado así, tan cerca de su puerta.
Cubrió el cuerpo con ramas y tierra suelta, rezando en silencio tal como su padre le había enseñado, y caminó de regreso hasta encontrar un lugar totalmente oculto. Allí, lentamente, volvió a su apariencia masculina: esa era la única cara que mostraría al mundo, la única que quedaría a la vista si alguien lograba llegar hasta aquí. Al entrar en su hogar, cerró y atrancó todas las puertas, puso barras de madera extra en cada cerrojo y se dejó caer sentado al suelo junto a la mesa, con el papel aún entre sus dedos.
Extrañó a su padre con una fuerza que le dolía físicamente. Quería que él estuviera ahí para decirle qué hacer, para confirmarle si todo eso era verdad, para protegerlo como siempre lo había hecho. Pero ya no estaba. Ahora todo dependía de él solo. Levantó la mirada hacia la puerta sellada del sótano, aquella que tenía la marca de cera intacta desde hacía dos años. Su padre le dijo que solo la abriera si el mundo dejaba de ser lo que era. ¿Había llegado ese momento? ¿Estaba preparado para saber la verdad completa?
Esa noche no durmió. Se quedó sentado junto a la ventana con el arco entre las manos, escuchando cualquier ruido, sintiendo que su soledad ya no era un refugio, sino un abismo en el que estaba cayendo sin saber cómo detenerse.
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