Valentina Reyes lleva dos años tragándose el infierno en silencio.
Cada mañana se sube al Metrobús en Coyoacán, cruza media ciudad y llega a las oficinas de Grupo Lucía en Santa Fe — el imperio empresarial del hombre que la destruyó. Cada mañana se para frente a Sebastián Montero, el CEO más despiadado de Ciudad de México, y finge que no le tiemblan las manos. Cada noche vuelve a su departamento vacío, abre el frasco de paroxetina y cuenta las pastillas que le quedan.
Sebastián la odia. O eso dice.
Porque Valentina era la mejor amiga de Lucía — su hermana menor, la que murió una noche hace cinco años en circunstancias que nadie ha podido explicar del todo. Y Sebastián está convencido de que Valentina pudo haberla salvado.
Lo que él no sabe es que Valentina también lo cree. Que la culpa la está matando por dentro mucho antes de que él pudiera hacerlo.
Un día, Sebastián le propone algo absurdo: un acuerdo de cien días. Cien días juntos — viviendo bajo el mismo techo, siguiendo sus reglas, fingiendo una relación que a ella le quema y a él le obsesiona. Cuando los cien días terminen, ella será libre. Él la dejará ir.
Pero en esos cien días pasan cosas que ninguno de los dos planeó.
Él descubre que detrás de su odio hay algo mucho peor: que nunca dejó de amarla. Ella descubre que el caso de Lucía esconde una verdad que podría cambiarlo todo — una verdad que alguien está dispuesto a matar para mantener enterrada. Y Doña Carmen, la madre de Sebastián, enferma terminal y rota por la pérdida de su hija, le exige a su hijo que elija: su familia o esa mujer.
Los cien días se acaban en Nochevieja.
Y Valentina ya decidió cómo va a terminar esta historia.
**¿Será Sebastián capaz de encontrarla antes de que sea demasiado tarde?**
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Capítulo 20
Capítulo 20
El secreto de Carmen
Valentina no pudo dejar de pensar en el sobre.
Al día siguiente, sábado, se despertó con la imagen del folder del Hospital Ángeles grabada en la retina como una fotografía sobreexpuesta. No le había preguntado detalles a Sebastián. No era su lugar. Pero la preocupación estaba ahí, instalada, y lo peor era que no sabía si se preocupaba por Carmen o por lo que la enfermedad de Carmen significaba para Sebastián.
O las dos cosas.
A las once de la mañana, Sebastián la llamó.
—¿Estás libre?
—Sí.
—Paso por ti en veinte minutos. Necesito hablar.
Llegó en quince. No fueron a ningún restaurante ni parque. Se quedaron en el auto, estacionados en una calle lateral de Coyoacán, con el motor apagado y las ventanas entreabiertas.
Sebastián no habló de inmediato. Se quedó mirando el volante con las manos en las rodillas, como si estuviera organizando las palabras antes de soltarlas.
—¿Viste el sobre en mi escritorio?
—Sí.
—Es el reporte más reciente de mi madre. —Hizo una pausa—. El cáncer gástrico no está respondiendo como esperaban. Quieren cambiar el esquema de tratamiento, pero las opciones se están reduciendo.
Valentina lo escuchó sin interrumpir.
—El doctor me habló ayer. Me dijo que necesitamos prepararnos para todos los escenarios. —La voz de Sebastián era plana, controlada, pero Valentina podía escuchar las grietas debajo, como el sonido de un hielo que está a punto de romperse—. "Todos los escenarios" es la forma elegante que tienen los doctores de decir que tal vez no va a funcionar.
—¿Carmen lo sabe?
—Mi madre sabe todo. Siempre lo ha sabido. No porque le contemos, sino porque nos lee como si fuéramos libros abiertos. —Se pasó la mano por la cara—. El otro día, en el hospital, me preguntó si estaba durmiendo bien. Le dije que sí. Me miró y dijo: "Mientes igual que tu padre. Con la boca dice una cosa y los ojos dicen otra." Mi madre lleva cincuenta y pico de años leyendo a los Montero. No le puedes ocultar nada.
—¿Sabe lo nuestro?
—Sospecha. No sabe exactamente qué, pero sabe que algo cambió. Por eso está acelerando todo.
Sebastián giró la cabeza y la miró.
—Es por eso que necesito tomar decisiones que tal vez no entiendes.
—¿Qué decisiones?
—Mi madre quiere que me case con Regina Villanueva. Quiere verme casado antes de... —No terminó la frase—. Quiere saber que alguien va a cuidar de la familia cuando ella no esté.
Valentina sintió algo frío instalarse en su estómago.
—¿Y tú qué quieres?
—Lo que yo quiero dejó de importar hace cinco años.
—Eso no es verdad.
—Valentina, mi madre tiene cáncer. Mi hermana está muerta. Mi padre es un hombre roto que finge no serlo. Mateo tiene veinte años y no debería cargar con nada de esto. Yo soy el que queda. El que tiene que sostener todo.
—Nadie te pidió que lo sostuvieras solo.
Sebastián la miró. Algo se movió en su expresión —una fractura momentánea que dejó ver lo que había debajo del CEO, debajo del hombre de hielo, debajo de cinco años de control: un chico de veinticinco años que estaba aterrorizado de perder a su madre.
—Tu mamá me odia —dijo Valentina—. Pero no quiero que muera.
La frase aterrizó en el silencio del auto como una piedra lanzada al centro de un lago quieto. Sebastián la miró con los ojos muy abiertos.
—¿Qué dijiste?
—Que no quiero que tu mamá muera. Aunque me odie. Aunque me diga que Lucía murió por mi culpa. Aunque cada vez que me mira sea como si me clavara un cuchillo. —Valentina se limpió una lágrima que no le pidió permiso para caer—. Es tu mamá. Es la mamá de Lucía. Y ninguna enfermedad debería llevarse a nadie más de esta familia.
Sebastián no respondió. Se quedó mirándola con una expresión que Valentina no supo clasificar: no era sorpresa ni gratitud ni amor. Era algo anterior a todo eso. Algo primitivo. Como el reconocimiento de que otra persona acaba de demostrar una bondad que no esperabas y que no mereces.
Arrancó el auto. Condujo en silencio por Insurgentes hacia Coyoacán. El tráfico de sábado era ligero, las calles medio vacías, con esa calma de fin de semana que hace que la ciudad parezca más amable de lo que es.
A la altura de Avenida México, Valentina hizo algo que no había hecho antes.
Estiró la mano y tomó la de Sebastián.
No sobre la palanca de cambios, como la noche anterior. Esta vez fue su mano directamente: los dedos de ella buscando los de él, entrelazándose con una decisión que no pasó por la cabeza sino por algún lugar más antiguo.
Sebastián no la soltó.
Condujo con una mano en el volante y la otra sosteniendo la de Valentina sobre el asiento, y los dos miraron la calle al frente sin hablar, como si el contacto fuera una conversación que las palabras no sabían tener.
No la soltó en el semáforo de División del Norte. No la soltó en la curva de Miguel Ángel de Quevedo. No la soltó cuando estacionó frente a su edificio y apagó el motor.
Se quedaron sentados en el auto con las manos juntas y el silencio alrededor como una manta.
—Valentina.
—¿Hmm?
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por no odiar a mi madre.
Valentina le apretó la mano.
—No tengo espacio para más odio. El que cargué estos cinco años ya fue suficiente.
Sebastián la miró. Por un segundo —uno solo— su pulgar le acarició el dorso de la mano. Un movimiento pequeño, involuntario, como el latido de un corazón que todavía no sabe que está vivo.
Después la soltó.
—Buenas noches.
—Buenas noches, Sebastián.
Valentina bajó del auto. Subió las escaleras. Encendió la luz.
El auto esperó. La luz se encendió. El auto se fue.
Valentina se sentó en la cama y se miró las manos. La derecha todavía estaba caliente donde él la había sostenido. Se la acercó a la mejilla, como si pudiera conservar el calor un poco más.
A las diez de la noche, el celular de Sebastián sonó. Era Lupita.
—Joven Sebastián, disculpe la hora. Su mamá está preguntando por la hija de los Villanueva. Dice que quiere organizar una cena.
Sebastián cerró los ojos. Se apretó el puente de la nariz con los dedos.
—Dile que estoy ocupado.
—Me dijo que le dijera, y cito textual, "dile a mi hijo que su madre moribunda quiere conocer a su futura nuera antes de morirse".
Sebastián soltó un suspiro que venía de algún lugar muy profundo.
—Dile que hablamos mañana.
—Sí, joven.
Colgó. Se quedó de pie en su departamento de Polanco, con las luces de la ciudad al otro lado del ventanal y la mano derecha todavía caliente donde Valentina la había sostenido.
En una mano, la mujer que le estaba devolviendo la vida.
En la otra, la madre que se la estaba quitando.
Y en medio, el fantasma de una hermana que ya no podía decirle qué hacer.