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La Otra Cara De La Moneda

La Otra Cara De La Moneda

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Celebridades
Popularitas:32
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

César sueña con escapar de la pobreza a través de la música. Tras años de sacrificios, consigue un contrato discográfico, creyendo que su vida cambiará para siempre. Pero el éxito tiene un precio que jamás imaginó: manipulación, traición y la pérdida gradual de su esencia. Mientras su familia se vuelve interesada y los falsos amigos abundan, César deberá decidir cuánto está dispuesto a ceder de su dignidad por la fama internacional. En su camino conocerá luces y sombras, aprenderá que no todo lo que brilla es oro, y descubrirá si el sueño por el que tanto luchó vale realmente el infierno que vive.

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Capítulo 20: Rostros conocidos, almas extrañas

La oficina de Lucía estaba en el piso doce de un edificio de vidrio en el centro financiero de la ciudad. Nada que ver con las oficinas oscuras y sin ventanas de Melodía Records. Aquí entraba la luz del sol por todos lados, y las paredes blancas estaban decoradas con posters de artistas independientes y fotografías de conciertos benéficos. César se sintió fuera de lugar con su chaqueta de cuero y sus botas de concierto. Pero también se sintió, por primera vez en meses, como si estuviera en un lugar donde no tenía que fingir.

Lucía lo recibió con un apretón de manos firme y una mirada directa. Era una mujer de unos cuarenta años, pelo corto y canoso, gafas de pasta negra y una blusa blanca impecable. No llevaba maquillaje, ni joyas, ni ningún adorno. Su belleza estaba en la seguridad de su mirada, en la calma de sus gestos, en la forma en que escuchaba sin interrumpir.

“Siéntate”, dijo, señalando una silla frente a su escritorio. “Cuéntame todo. Sin omitir nada. Lo bueno, lo malo y lo que te da vergüenza. Si voy a defenderte, necesito saber la verdad completa. Incluso las partes que te duelen.”

César sacó su cuaderno y la memoria USB. Sobre el escritorio fue vaciando su vida: copias del contrato, correos electrónicos impresos, capturas de pantalla de mensajes de texto, grabaciones de conversaciones con Esteban que había hecho a escondidas con su teléfono. Lucía revisó cada documento con paciencia de cirujano, haciendo anotaciones en una libreta amarilla.

“Esto es grave”, dijo al fin, levantando la vista. “Las cláusulas de este contrato son abusivas. En muchos países serían ilegales. Aquí, en el nuestro, están en un área gris. Pero lo que me preocupa más es esto”, dijo, señalando la grabación de la conversación sobre la declaración jurada falsa. “Esto es fraude. Y tú fuiste cómplice.”

César bajó la cabeza. “Lo sé. No hay un día que no me arrepienta.”

“El arrepentimiento no te va a salvar en un juicio. Pero la colaboración sí. Si tú declaras contra ellos, si reconoces tu error y ofreces reparar el daño, un juez puede ser indulgente. El otro artista, el que acusaron falsamente, podría retirar la demanda si tú reconoces públicamente que mentiste.”

“¿Eso significa que tendría que admitir que soy un mentiroso? ¿Delante de todo el mundo?”

Lucía lo miró con una mezcla de compasión y firmeza. “Significa que tendrías que elegir entre tu orgullo y tu libertad. ¿Qué prefieres, César? ¿Seguir siendo famoso a costa de tu dignidad, o recuperar tu nombre aunque pierdas la fama?”

La pregunta cayó como una losa. César se quedó en silencio, mirando sus propias manos. Las mismas manos que habían limpiado carros, que habían escrito canciones, que habían firmado contratos. Manos de artista, manos de mentiroso, manos de víctima y verdugo a la vez.

“No lo sé”, dijo al fin. “Dame tiempo para pensarlo.”

“Te doy una semana. Pero no más. La gira internacional empieza en dos semanas. Si te vas del país, se complica todo. Tienes que decidir antes de que cruces la frontera.”

César asintió, guardó sus papeles y salió de la oficina con el corazón más pesado que cuando había entrado. En el ascensor, de camino a la calle, se miró en el espejo. El reflejo le devolvió la imagen de un hombre cansado, con ojeras profundas y una barba de varios días que Valeria le habría prohibido. No reconoció a ese hombre. Pero tampoco quiso apartar la mirada.

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Los días siguientes fueron un torbellino de actividad. Los preparativos para la gira internacional consumían todas sus horas: ensayos, entrevistas, sesiones de fotos, reuniones con productores extranjeros. César se movía como un autómata, cumpliendo órdenes, sonriendo cuando debía, cantando cuando le pedían. Pero su mente estaba en otra parte. En la oficina de Lucía. En la decisión que tenía que tomar.

Una noche, después de un ensayo agotador, se quedó solo en el estudio. Jonathan ya se había ido, Miguel también. Las luces estaban apagadas, solo el brillo azul de la consola iluminaba la sala. César se sentó en el suelo, apoyó la espalda contra la pared y cerró los ojos.

Escuchó pasos. Alguien se acercaba. Abrió los ojos y vio a una figura en la penumbra. Era Ramiro.

“¿Qué haces aquí?”, preguntó César, sobresaltado. “Si te ven…”

“No me va a ver nadie. Entré por la puerta de atrás, la que da al estacionamiento. Vengo a despedirme. Me voy del país.”

César se incorporó. “¿Te vas? ¿A dónde?”

“A España. Tengo una oferta de una disquera allá. Nada del otro mundo, pero es un trabajo honesto. Sin presiones, sin abusos. Algo que he necesitado desde hace años.”

César sintió una punzada en el pecho. Ramiro era de los pocos que le habían hablado con verdad. Verlo irse era como perder un ancla en medio de la tormenta.

“Antes de irme, quiero decirte algo”, continuó Ramiro, sentándose a su lado en el suelo. “Esa chica, Patricia, la que te presentó a Ricardo… la vi hace unos días. En un concierto de otro artista. Haciendo lo mismo: sonriendo, ofreciendo agua, haciéndose la amiga. Le hice una advertencia al artista, pero no sé si me creyó. La gente no cree en las advertencias cuando las hacen desconocidos.”

“¿Y Ricardo? ¿El falso abogado?”

“Sigue operando. Cambió de nombre, pero el modus operandi es el mismo. Se aprovecha de artistas jóvenes, desesperados, que no entienden de contratos. Como tú. Como yo fui una vez.”

César apretó los puños. “Deberíamos denunciarlos.”

“Deberíamos. Pero denunciar cuesta tiempo y dinero. Y la gente como nosotros no tiene ni lo uno ni lo otro. Por eso se salen con la suya.”

Se quedaron en silencio un rato, escuchando el zumbido de la consola. Luego Ramiro se puso de pie.

“Te deseo suerte, César. Con la gira, con la demanda, con lo que sea que decidas. Pero te voy a dar un consejo, el último: no dejes que te roben el alma. El dinero va y viene, la fama se apaga, pero el alma es para siempre. Si la pierdes, no la recuperas ni con todo el oro del mundo.”

Se dieron un abrazo breve, de esos que dicen más que mil palabras. Ramiro se fue por la puerta trasera, y César se quedó solo otra vez, con el zumbido de la consola y el eco de sus palabras.

No dejes que te roben el alma.

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Dos días después, César recibió una llamada de Laura. Su madre sonaba distinta. Más alegre, más liviana. Como si le hubieran quitado un peso de encima.

“Hijo, ¿sabes qué pasó? Llegó una carta de la disquera. Dicen que me van a dar una mensualidad. Para los gastos de la casa. Para que no tenga que coser más.”

César se quedó helado. “¿Cómo? ¿Quién la mandó?”

“No sé. Viene con el membrete de Melodía Records. Firmada por un tal Mauricio. Dice que es por tu trabajo, que es un adelanto de tus regalías. Pero no importa, hijo. Lo importante es que ya no voy a tener que matarme cosiendo. Voy a poder estar con las niñas. Voy a poder descansar.”

César sintió una mezcla de alegría y rabia. Alegría por su madre, rabia porque sabía de dónde venía esa “generosidad”. Era un chantaje disfrazado de regalo. La disquera lo estaba atando más fuerte, haciéndole sentir que si se iba, su familia perdería todo.

No le dijo nada a Laura. No quiso preocuparla. Pero esa noche, en el apartamento vacío, llamó a Lucía.

“Ya decidí”, dijo. “Voy a pelear. No importa lo que cueste. No importa lo que pierda. Voy a recuperar mi vida.”

“¿Estás seguro?”, preguntó Lucía. “Esto no es un juego. Vas a sufrir. Vas a llorar. Vas a desear no haber empezado. ¿Estás seguro?”

César miró por la ventana del apartamento. Abajo, la ciudad brillaba con sus luces de neón, sus autos apresurados, su vida superficial. En su casa de El Rincón, su madre dormía tranquila por primera vez en años, gracias a un dinero que no era suyo pero que le habían dado para callarlo. No podía seguir así. No podía seguir siendo un fantasma en su propia vida.

“Estoy seguro”, dijo.

“Entonces nos vemos mañana. Vamos a preparar la demanda.”

César colgó, guardó el teléfono y sacó su cuaderno. En la primera página en blanco, escribió una nueva canción. La llamó “Rostros conocidos”. La letra decía: “Conozco tus ojos, conozco tu voz / pero no conozco tu alma / me das la mano, me llamas amigo / pero tu otra mano me apuñala”.

Cuando terminó, cerró el cuaderno y lo puso sobre la mesa. Estaba listo. La guerra empezaba al amanecer.

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