In-Oh es una fotógrafa de veintidós años atrapada entre los fantasmas de su memoria y la comodidad de su rutina. Un viaje inesperado de regreso al pueblo costero de su infancia entrelaza violentamente su pasado y su presente. Tras diez años de dolorosa ausencia, reaparece Min-Woo, su primer amor platónico de la niñez, transformado ahora en un enigmático hombre. Al mismo tiempo, su incondicional mejor amigo de la secundaria, Seo-Jun, decide dar un paso al frente y confesarle un sentimiento guardado durante siete años. Atrapada entre el eco de una antigua promesa de verano y la calidez de un amor maduro que teme arruinar la amistad, In-Oh deberá enfrentar los traumas de su pasado para aprender a abrir su corazón al presente.
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Bajo el cielo de la feria
El auto se detuvo en las afueras de un pueblo vecino, donde el sonido de guitarras y el aroma a asado y sopaipillas impregnaban el aire. Min-Woo me llevó a una feria campestre que cobraba vida bajo guirnaldas de luces de colores. Había familias riendo, puestos de artesanía y una pista de baile improvisada sobre el pasto seco que parecía transportarme a otra época.
Al bajar del auto, Min-Woo no me soltó; entrelazó sus dedos con los míos, una declaración muda de que, esa noche, él no iba a dejarme sola. Entre la música y el bullicio, el peso que había cargado durante días comenzó a evaporarse. Me sacó a bailar un ritmo folclórico que aceleraba el pulso, y luego una melodía más lenta que nos obligó a cerrar el círculo.
Bailamos hasta que nuestras ropas se sintieron pesadas por el calor y nuestras respiraciones se mezclaron. En un momento, el resto de la gente desapareció para mí. Solo estaban sus ojos, fijos en los míos con una sonrisa radiante, esa que me hacía olvidar por instantes que mi mundo interior se había derrumbado. Él me miró con una intensidad que me hizo sentir desnuda emocionalmente, pero a salvo.
Cuando la música bajó de intensidad, caminamos hacia una pequeña plaza cercana, lejos del ruido, donde el silencio de la noche nos envolvió en un banco de madera.
—No puedo dejar de mirarte —dijo Min-Woo, rompiendo el silencio mientras sus manos se posaban suavemente sobre las mías—. Me gustas, In-Oh. Me gustas desde hace mucho más tiempo del que crees, y cada minuto que paso contigo aquí solo confirma que no quiero estar en ningún otro lugar.
Sentí un nudo en el estómago, una mezcla de esperanza y miedo.
—Min-Woo... —murmuré, mirando mis manos—. En unos días tengo que volver a la ciudad. Mi vida está allá, y todo esto es... un paréntesis. No quiero que esto se convierta en una ilusión que nos haga daño a los dos.
Él se acercó un poco más, reduciendo el espacio entre nosotros, y sus ojos se tornaron suplicantes.
—Entonces, dame esos días. No me pidas que piense en el futuro todavía. Dame el tiempo que te queda en este pueblo para demostrarte que lo que siento no es una ilusión, sino algo real que merece una oportunidad.
La vulnerabilidad en su voz me desarmó. Suspiré y, finalmente, decidí ser honesta con él sobre la causa de mi tristeza.
—Es difícil para mí, Min-Woo. No es solo el viaje. He perdido a Seo-Jun... mi mejor amigo.
Él se quedó inmóvil, escuchando.
—Tuvimos una pelea terrible la otra noche en la playa —continué, con la voz quebrándose—. Me reprochó tantas cosas que ni siquiera sabía que guardaba. Dijo que yo evitaba aceptar sus sentimientos, que estaba ciego de amor y que mi comportamiento lo hirió por años. Se fue, Min-Woo. Se subió al auto y regresó a la ciudad sin siquiera despedirse de mis abuelos. Siento que rompí algo que era eterno.
Min-Woo guardó silencio un momento, procesando la carga de mi confesión. Sus dedos acariciaron suavemente mi mejilla, retirando una lágrima solitaria que se me había escapado.
—Siento mucho que hayas tenido que pasar por eso —dijo con una madurez que me sorprendió—. A veces, los lazos más antiguos necesitan romperse para que las personas puedan ver la verdad. No puedes cargar con su dolor y el tuyo al mismo tiempo. Solo dame la oportunidad de hacer que, por lo menos estos días aquí, tu mundo vuelva a tener un poco de color.
Sus palabras no arreglaron la fractura con Seo-Jun, pero me dieron permiso para descansar de la culpa. Me recosté ligeramente en su hombro, sintiendo la brisa fresca de la noche, y por primera vez, el futuro dejó de parecer una amenaza inminente para convertirse en un misterio que, quizás, valía la pena descubrir a su lado.