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Por Mi Reina

Por Mi Reina

Status: Terminada
Genre:Yuri / Romance / Mujer poderosa / Completas
Popularitas:782
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

✅️🔞🦋👑En el imponente Imperio de Aethelgard, la luz y la piedra dictan las leyes. En la cima de las Torres de Marfil, la princesa Lysandra gobierna las cortes con una elegancia tan afilada como un puñal. Es hermosa, calculadora y letal en el juego de la política; una experta para asegurar la supervivencia de su dinastía.
En la base del reino, entre el barro, la lluvia y el eco del acero, se encuentra la general Kaelith. Marcada por las cicatrices de una guerra interminable contra las sombras de Umbralia, Kaelith es el escudo inquebrantable del imperio. Es una mujer de disciplina marcial y pocas palabras, pero esconde un secreto que podría costarle la cabeza: su lealtad no le pertenece a la corona, sino a la mujer que la lleva.👑🦋🔞✅️

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Humillación

En las historias de romance y drama, ver al rival o antagonista (Valkarn) abusar de su poder genera una rabia tremenda en el público. Eso hace que las lectoras simpaticen aún más con Kaelith y deseen con ansias el momento en que Lysandra lo destruya todo. Colocar a Kaelith a la vista de todos, forzada a servirle el vino al hombre que quiere casarse con su princesa, crea una tensión psicológica brutal donde un solo cruce de miradas puede arruinar el plan secreto que pactaron en el capítulo anterior.

Aquí tienen el Capítulo 13 listo para continuar la historia.

CAPÍTULO 13: El banquete de las apariencias

Las Torres de Marfil de Aethelgard resplandecían bajo el sol de la tarde, pero para Kaelith, esa blancura inmaculada resultaba cegadora y falsa. La caravana imperial cruzó las gigantescas puertas de oro de la capital. Los ciudadanos de las terrazas superiores vitoreaban la llegada del príncipe Valkarn, arrojando pétalos de flores blancas al paso de sus soldados del norte. El pueblo creía que la boda traería la paz, ignorando que el precio de esa paz era el corazón de su princesa.

Kaelith cabalgaba al final de la columna, con la armadura limpia pero abollada y la visera levantada. Su mirada oscura estaba fija en la espalda de Lysandra, que ya vestía sus ropas de corte y saludaba a la multitud desde la plataforma del carruaje con una sonrisa perfecta y distante. Nadie al mirarla podría adivinar que, apenas unas horas antes, esa misma mujer se había refugiado en los brazos de su general en una habitación oscura.

Al caer la noche, el palacio real se vistió de fiesta. El gran salón del trono estaba iluminado por cientos de lámparas que hacían brillar las paredes pulidas. Las mesas gachas de comida y vino fino se extendían por todo el lugar. Los nobles reían y brindaban por la futura unión entre Aethelgard y Zephyria.

En la mesa principal, el viejo emperador sonreía aliviado, sentado entre Lysandra y el príncipe Valkarn. La princesa vestía un traje de seda verde esmeralda que resaltaba el color de sus ojos, pero su postura era rígida. Cada vez que Valkarn le tocaba el dorso de la mano para hacer un comentario galante, Lysandra mantenía la calma, recordando el plan secreto que habían trazado en la fortaleza de piedra. Tenía que fingir sumisión un poco más.

Sin embargo, Valkarn no se conformaba con tener el tratado firmado; quería demostrar su dominio absoluto sobre el reino.

—Es una lástima que el ejército de infantería de Aethelgard sea tan rústico —comentó Valkarn en voz alta, asegurándose de que los ministros cercanos lo escucharan—. Mis hombres del norte están acostumbrados a la disciplina de hierro. Los soldados del sur parecen más campesinos con espada que verdaderos guerreros.

Lysandra apretó los dedos debajo de la mesa, pero mantuvo la voz suave.

—La infantería del sur salvó el cañón, príncipe Valkarn. Sin su resistencia, las sombras de Umbralia habrían marchado sobre estas torres antes de que su flota pudiera encender una sola antorcha de hielo.

Valkarn soltó una risa seca, llena de arrogancia.

—Por supuesto, princesa. Pero un buen soldado debe saber cuál es su lugar tanto en el campo de batalla como en la corte. De hecho... —el príncipe levantó la mano y buscó con la mirada entre la guardia de honor que permanecía de pie junto a las columnas del salón—. General Kaelith, acérquese.

Kaelith, que estaba inmóvil a unos diez metros del trono sosteniendo su espada ceremonial, se tensó. Sintió la mirada de Mael desde el otro lado del pasillo, advirtiéndole con los ojos que mantuviera el control. Con paso firme y pausado, Kaelith avanzó hasta quedar frente a la mesa real. Se inclinó levemente en el saludo militar.

—¿Pasa algo, príncipe Valkarn? —preguntó Kaelith, manteniendo la voz neutra, aunque el corte fresco de su ceja palpitaba por la rabia contenida.

—Mi copa está vacía, general —dijo Valkarn, señalando el cáliz de plata que tenía enfrente—. Los sirvientes de palacio están ocupados atendiendo a mis capitanes. Como usted es la encargada de la seguridad de este salón esta noche, demuéstreme que su infantería también sabe servir con presteza. Sírvame el vino.

Un silencio incómodo se extendió por las mesas más cercanas. Que un príncipe extranjero obligara a la general en jefe del ejército imperial a realizar el trabajo de un sirviente era una humillación pública directa. Era una forma de decirle a todo el imperio que, a partir de ese momento, el norte gobernaba sobre sus espadas.

Mael apretó el puño sobre el pomo de su arma. Los ministros contuvieron el aliento.

Kaelith miró la jarra de oro llena de vino tinto que estaba en el centro de la mesa. Luego miró a Lysandra. Los ojos verdes de la princesa estaban fijos en ella, brillando con una mezcla de furia contenida y una súplica desesperada: «No caigas en su trampa, aguanta por mí».

Kaelith respiró hondo, tragándose su orgullo marcial. Recordó las palabras de Lysandra en la penumbra de la fortaleza: «Necesito que seas mi escudo en las sombras». Si desobedecía la orden de Valkarn ahora, el príncipe la acusaría de insubordinación ante el emperador, la apartaría del mando del ejército y Lysandra se quedaría sola en el palacio. Su deber ya no era defender su propio honor; su deber era proteger el juego de su princesa.

—Como desee, príncipe —dijo Kaelith con voz firme.

Avanzó un paso, tomó la pesada jarra de oro con la mano derecha y se inclinó sobre la mesa para verter el vino en la copa de plata de Valkarn. El líquido rojo cayó con un flujo constante, sin que la mano de la militar temblara un solo milímetro, demostrando una disciplina que el príncipe del norte no esperaba.

Valkarn la observó con una sonrisa burlona, disfrutando de la escena. Sin embargo, no se detuvo ahí. Justo cuando Kaelith terminaba de llenar el cáliz, el príncipe movió el brazo de forma intencionada, golpeando levemente la jarra de oro.

Unas gotas de vino tinto saltaron de la copa, manchando directamente la pechera de lino blanco de la túnica de gala de Kaelith, justo encima de su corazón.

—Vaya, qué torpeza la mía —dijo Valkarn con una falsedad evidente, mirándola desde arriba—. Parece que las manos de la infantería son mejores para sostener el hierro tosco que para la finura de la corte. Puede retirarse, general. Intente limpiar esa mancha antes de que deje marca.

Kaelith permaneció inmóvil durante dos segundos eternos. La mancha roja sobre su pecho parecía una herida de sangre fresca, un recordatorio visual de la humillación. Miró fijamente a Valkarn, y por un instante, la chispa de la guerrera que había destrozado a los chamanes de Umbralia brilló en sus ojos oscuros, haciendo que el príncipe borrara su sonrisa por un breve momento.

Antes de que la situación estallara, Lysandra intervino. Su voz cortó el aire del salón como un bloque de hielo.

—Es suficiente, príncipe Valkarn —dijo la princesa, levantándose de su asiento con una elegancia imponente que atrajo la atención de todo el salón—. La general Kaelith debe revisar los turnos de la guardia nocturna en las murallas exteriores. Su tiempo es demasiado valioso para gastarlo en accidentes de mesa. General, queda liberada de sus funciones en el banquete. Retirese.

Kaelith colocó la jarra de oro sobre la mesa con cuidado. Dio un paso atrás, golpeó su pecho con el puño en el saludo militar mirando directamente a Lysandra, y dio la vuelta. Caminó por el pasillo central del salón con la espalda recta y la cabeza en alto, ignorando los murmullos de los nobles cortesanos. La mancha roja en su túnica brillaba bajo las lámparas mágicas, pero Kaelith caminaba con el paso de una vencedora, no de una derrotada.

Lysandra volvió a sentarse, clavando sus ojos verdes en Valkarn con una frialdad que hizo que el príncipe aclarara su garganta y desviara la mirada hacia su copa de vino.

La princesa apretó los puños debajo de la mesa. Valkarn creía que había ganado una pequeña batalla de egos en el salón del trono, pero lo único que había logrado era acelerar su propia caída. Lysandra miró hacia las grandes puertas por donde Kaelith acababa de salir. El dolor de ver a su general sufrir de esa manera se transformó en el combustible para su plan. Esa misma noche, en cuanto el banquete terminara y Valkarn se retirara a sus aposentos ebrio de vino y arrogancia, ella rompería el sello de la carta mágica para los señores feudales.

La resistencia de las Torres de Marfil había comenzado oficial y secretamente, y Lysandra estaba dispuesta a quemar el mundo entero con tal de limpiar la mancha de orgullo que Valkarn había osado poner sobre el pecho de su general.

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