Atenea Moretti siempre ha sido la joya más protegida de la familia Moretti. Su heterocromía la hace imposible de olvidar, y para su padre, uno de los hombres más poderosos de la mafia, ella es lo único que queda de la mujer que amó. Ocho años después de la muerte de su madre, una nueva familia entra en sus vidas. Una madrastra, dos hermanastros que cambiarán su mundo para siempre. Mientras Atenea intenta adaptarse a su nueva realidad, descubre que la muerte de su madre no fue un accidente. Entre secretos, traiciones y luchas de poder, deberá encontrar la verdad antes de que esta la destruya. Porque en la mafia, la sangre es poder. Y algunos secretos están dispuestos a matar para permanecer enterrados.
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Los Rossi
—Mamá, esto es una violación a mis derechos humanos.
—Cállate y cómete la manzana.
—La manzana no sabe a hamburguesa.
—Porque es una manzana.
—Exactamente mi punto.
Elena Rossi cerró los ojos.
Contó hasta tres.
Y resistió el impulso de arrojarle la fruta a la cabeza.
—Matteo.
—¿Sí?
—Si vuelvo a encontrarte escondiendo envoltorios de comida basura debajo de los asientos del auto, te dejaré sin tarjeta durante un mes.
Matteo palideció.
—Eso fue demasiado específico.
—Porque ya encontré los envoltorios.
—Traición.
—No creo que esa palabra signifique lo que tú crees.
Desde el asiento delantero, Adrián soltó una risa.
Pequeña.
Casi imperceptible.
Pero Elena la escuchó.
—¿Te parece gracioso?
—Un poco.
—No lo animes.
—No lo estoy haciendo.
—Lo acabas de hacer.
Matteo señaló a su hermano.
—¿Ves? Siempre es mi favorito.
—No tengo favoritos.
—Mentira.
—Tú eres el que me da más dolores de cabeza.
—Eso no responde la pregunta.
Elena suspiró.
Por vigésima vez en el viaje.
⸻
La familia Rossi llevaba horas en carretera.
Su hogar quedaba lejos.
Muy lejos.
Los Rossi eran una familia respetada.
Con dinero.
Influencia.
Y un apellido conocido en ciertos círculos.
Pero jamás habían vivido cerca de los Moretti.
Aquella unión implicaba mudarse.
Cambiar de ciudad.
Cambiar de vida.
Y conocer una familia que sería parte de la suya.
Elena observó el paisaje pasar por la ventana.
Pensativa.
Muy pensativa.
No era una mujer ingenua.
Nunca lo había sido.
La vida se había encargado de enseñarle demasiado pronto cómo funcionaba el mundo.
Las mentiras.
Las traiciones.
Los acuerdos ocultos.
Las sonrisas falsas.
Había visto personas vender a su propia familia por dinero.
Había visto amistades romperse por poder.
Y había aprendido a reconocer la ambición a kilómetros de distancia.
Por eso sabía algo que muchos ignoraban.
Alessandro Moretti era peligroso.
Pero no era malo.
Y eso era una diferencia enorme.
Lo había observado durante meses antes de aceptar casarse con él.
Meses.
Porque Elena jamás tomaba decisiones importantes a la ligera.
Mucho menos cuando sus hijos estaban involucrados.
⸻
—¿Estás nerviosa?
La voz de Adrián la sacó de sus pensamientos.
Ella giró la cabeza.
Su hijo mayor la observaba atentamente.
Como siempre.
Adrián heredó muchas cosas de ella.
La inteligencia.
La capacidad de leer a las personas.
La costumbre de analizar cada situación antes de actuar.
A veces era tan observador que resultaba inquietante.
—Un poco.
—Eso significa que sí.
—Eso significa que no seas insolente.
Matteo apareció entre los asientos.
—Yo sí estoy nervioso.
—¿Por qué?
—Porque vamos a vivir con mafiosos.
—Nosotros tampoco somos precisamente monjes.
—Sí, pero ellos tienen mansiones enormes y guardaespaldas.
—Nosotros también tenemos guardaespaldas.
—Pero los de ellos parecen sacados de una película.
Elena negó con la cabeza.
Imposible.
Simplemente imposible.
—Lo que me preocupa es conocer a las hijas.
—¿Las hijas? —preguntó Adrián.
—Sí.
Matteo se acomodó mejor.
—¿Cómo serán?
Elena sonrió.
—Por lo que Alessandro me contó, Bianca es muy protectora.
—Suena aterradora.
—Probablemente lo sea.
—¿Y la otra?
Elena apoyó la cabeza en el asiento.
—Atenea.
Por alguna razón, ese nombre le gustaba.
Era elegante.
Fuerte.
Diferente.
—¿Cómo es? —preguntó Matteo.
—Alessandro habla de ella como si fuera el centro de su universo.
—Eso no responde nada.
—Dice que es amable.
Inteligente.
Muy observadora.
Y extremadamente terca.
Matteo sonrió.
—Me agrada.
—Ni siquiera la conoces.
—Tengo buen presentimiento.
Adrián no dijo nada.
Simplemente observó por la ventana.
Pero Elena notó el brillo pensativo en sus ojos.
—También me contó algo curioso.
—¿Qué?
—Tiene heterocromía.
Matteo abrió los ojos.
—¿En serio?
—Sí.
Un ojo azul y otro dorado.
—Eso es increíble.
—No la mires como si fuera una atracción turística.
—No prometo nada.
Elena le dio un golpe suave en la cabeza.
Matteo protestó inmediatamente.
Mientras Adrián volvía a reír.
⸻
Horas después, la enorme mansión Moretti apareció a la distancia.
Imponente.
Elegante.
Casi intimidante.
Matteo se quedó mirando por la ventanilla.
—Madre mía…
—Compórtate.
—Estoy comportándome.
—Todavía no bajaste del auto.
—Buen punto.
Elena observó la entrada principal.
Los guardias.
Los vehículos.
La seguridad.
Y entonces respiró profundamente.
Porque aquel era el comienzo de algo nuevo.
Para ella.
Para sus hijos.
Y para una joven llamada Atenea Moretti.
Una muchacha que todavía no conocía.
Pero que, de alguna manera, ya ocupaba un lugar muy importante en el corazón del hombre con el que estaba a punto de casarse.