Segunda temporada de VEINTICUATRO (BL)
Han pasado Dos años.
Dylan Lara ya no es el novato impulsivo que corría en pistas ilegales. Ahora es uno de los corredores más temidos del circuito internacional. Fama, contratos millonarios y un lugar asegurado entre los mejores. A su lado sigue Nathaniel Liu, el hombre que lo secuestro, lo protege… y lo ama con una intensidad que roza lo posesivo.
Pero el éxito siempre atrae algo más que admiradores.
Un nuevo corredor irrumpe en sus vidas. Nadie sabe de dónde salió. Nadie conoce su pasado. Solo hay un detalle inquietante: parece saber demasiado.
Mientras la competencia se vuelve más violenta, los sabotajes más precisos y viejos secretos familiares comienzan a salir a la luz, Dylan descubre que el peligro no está solo en la pista. Alguien lo observa. Lo estudia. Lo desea.
Quiere poseerlo.
Cuando el amor se mezcla con obsesión, celos y poder… ¿quién cruzará primero la línea roja?
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Capítulo 19: Sombras en el circuito
La mañana llegó con una luz grisácea que se filtraba por las cortinas, anunciando un día nublado. Dylan despertó lentamente, sintiendo el peso del sueño aún pegado a sus párpados. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba, pero el olor familiar de la habitación y el calor de las sábanas lo anclaron rápidamente a la realidad. Estaba en casa. En su cama. Con Nathan.
O no.
Giró la cabeza y encontró el espacio vacío a su lado. La almohada aún conservaba la leve hendidura de la cabeza de Nathan, pero él ya no estaba allí. Dylan frunció el ceño, estirando el brazo para tocar la sábana fría.
—¿Nathan? —llamó, con la voz ronca por el sueño.
No hubo respuesta.
Se incorporó lentamente, pasándose una mano por el cabello desordenado. El reloj de la mesilla marcaba las nueve de la mañana. Había dormido más de lo que pensaba. El viaje, el cansancio acumulado, la visita al cementerio... todo se había juntado y su cuerpo había decidido apagar el interruptor sin avisar.
Bajó de la cama y caminó descalzo hacia el baño, sintiendo el frío del piso bajo sus pies. Se lavó la cara con agua fría, tratando de despejarse, y luego se vistió con ropa cómoda antes de bajar las escaleras.
En la cocina, el aroma a café recién hecho lo recibió junto con el sonido de una conversación en voz baja. Al asomarse, vio a Nathan sentado en la mesa de la cocina, con una taza en una mano y el teléfono en la otra. Frente a él, Doña Rosa movía una sartén, preparando algo que olía a huevos y tocino.
—Buenos días, dormilón —dijo Nathan, levantando la vista con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos—. ¿Dormiste bien?
Dylan se acercó, dejando un beso rápido en la mejilla de Nathan antes de sentarse a su lado.
—Como un tronco. ¿Por qué no me despertaste?
—Porque necesitabas descansar. —Nathan dejó el teléfono sobre la mesa y tomó su taza—. Además, tenía algunas cosas que hacer.
Dylan arqueó una ceja, notando algo en el tono de Nathan. No era enfado, pero sí una especie de reserva, como si estuviera midiendo sus palabras.
—¿Cosas? ¿A esta hora?
—Llamadas. Trabajo. Nada importante.
Dylan lo miró un momento, evaluando su expresión. Conocía a Nathan lo suficiente como para saber cuándo estaba ocultando algo. Pero antes de que pudiera preguntar, Doña Rosa apareció con un plato humeante y lo colocó frente a él.
—Desayuna, hijo. Tienes que recuperar fuerzas.
—Gracias, Rosa —dijo Dylan, sonriéndole.
Se sirvió café y comenzó a comer, sintiendo cómo el calor del desayuno lo reconfortaba. Nathan también comió, pero su mirada se desviaba de vez en cuando hacia el teléfono, como si esperara algo.
El silencio entre ellos no era incómodo, pero sí diferente. Había algo en el aire que Dylan no podía identificar, una tensión sutil que no terminaba de romperse.
—¿Pasó algo mientras dormía? —preguntó Dylan, sin levantar la vista del plato.
Nathan tardó un segundo en responder, y cuando lo hizo, su voz era tranquila, casi demasiado tranquila.
—¿Por qué preguntas?
—No sé. Tienes cara de estar pensando en algo.
—Siempre estoy pensando en algo. —Nathan sonrió, y esta vez la sonrisa llegó a sus ojos—. Es parte de mi encanto.
Dylan rodó los ojos, pero no pudo evitar reírse. —Claro, tu encanto. Eso y tu dinero.
—Y mi increíble personalidad.
—Eso es discutible.
Doña Rosa soltó una risa desde la cocina, y el ambiente se aligeró. Dylan terminó su desayuno y se recostó en la silla, sintiéndose más despierto.
—Bueno, hoy tengo que ir al equipo. Sebastian quiere verme para revisar los planes de la próxima temporada.
—Te llevo —dijo Nathan.
—No es necesario, puedo ir solo.
—Te llevo —repitió Nathan, con un tono que no admitía discusión—. Tengo que pasar por la oficina de todas formas.
Dylan lo miró, arqueando una ceja. —¿Estás seguro de que no estás intentando controlar mis movimientos?
Nathan se inclinó hacia él, con una sonrisa que mezclaba descaro y ternura. —Siempre estoy seguro de eso. Pero hoy también necesito salir. Así que vamos juntos.
Dylan negó con la cabeza, pero no discutió. Sabía que cuando Nathan se ponía así, era mejor dejar que las cosas fluyeran.
—Está bien. Voy a arreglarme y bajamos.
Subió las escaleras, dejando a Nathan solo en la cocina. En cuanto Dylan desapareció, Nathan volvió a tomar su teléfono. Un mensaje de Marcus brillaba en la pantalla.
"Tengo algo. No es mucho, pero es un comienzo. Te llamo más tarde."
Nathan apretó los dedos alrededor del teléfono, sintiendo la adrenalina mezclada con la preocupación. No iba a decirle nada a Dylan hasta tener más información. Pero sabía que alguien estaba jugando un juego, y ese alguien estaba muy cerca de tocar lo que más le importaba.
Guardó el teléfono y tomó su taza, bebiendo el café con una calma que no reflejaba lo que pasaba por su cabeza.
—Cuidado, gatito —murmuró para sí mismo—. Sea quien sea, no va a poder conmigo.
Doña Rosa lo miró desde la cocina, con esa mezcla de sabiduría y cariño que solo ella tenía.
—¿Todo bien, hijo?
Nathan levantó la vista y sonrió, suavizando la expresión.
—Todo bien, Rosa. Solo pensando.
—No pienses demasiado hijo.
—Ojalá fuera tan fácil.
—Nada es fácil, hijo. Nada.
Nathan asintió, agradeciendo sus palabras con un gesto, mientras escuchaba los pasos de Dylan bajando las escaleras.
—¿Listo? —preguntó Dylan al entrar a la cocina.
—Listo.
Nathan se levantó y, antes de salir, se acercó a Dylan y lo besó en la frente. Un gesto simple, pero cargado de un significado que ninguno de los dos necesitaba explicar.
—Vamos —dijo Nathan, tomándolo de la mano—. Tenemos un día largo por delante.
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El auto se detuvo frente a la entrada del circuito de entrenamiento. Dylan desabrochó el cinturón y se giró hacia Nathan, dándole un beso rápido pero cálido antes de abrir la puerta.
—Nos vemos más tarde —dijo, con una sonrisa.
—Te paso a recoger —respondió Nathan, observándolo mientras se alejaba con paso ligero hacia la entrada del recinto.
Esperó unos segundos, viendo cómo Dylan desaparecía entre las instalaciones, antes de poner el auto en marcha y dirigirse hacia la oficina. El tráfico era pesado, como siempre a esa hora, pero Nathan no tenía prisa. Su mente ya estaba en otra cosa.
Cuando llegó al edificio de Liu Motors, Alex ya lo esperaba en la entrada, con su expresión habitual de seriedad contenida y una carpeta bajo el brazo. Caminaron juntos hacia el ascensor sin intercambiar palabras, subieron al piso ejecutivo y entraron a la oficina de Nathan.
—Cierra la puerta —dijo Nathan, dejando su chaqueta sobre el respaldo de la silla.
Alex obedeció, colocando la carpeta sobre el escritorio antes de sentarse frente a él.
—Bueno, ya tengo algo sobre tu corredor italiano —dijo Alex, sin preámbulos—. No es mucho, pero es un comienzo.
—Dime.
Alex abrió la carpeta y deslizó unas hojas impresas hacia Nathan.
—Alessandro Rossi. Italiano, veintiséis años. Nacido en Milán. Su historial como piloto es impecable: comenzó en categorías menores, fue escalando, y hace unos años apareció en el circuito europeo con un rendimiento que llamó la atención de varios equipos. Pero hay algo raro.
Nathan frunció el ceño, tomando los papeles y revisándolos rápidamente.
—¿Raro cómo?
—Su carrera profesional tiene un vacío de aproximadamente tres años. No hay registros de competencias, ni entrenamientos, ni contratos. Desapareció del mapa cuando tenía unos veinte años y luego volvió a los veintitrés como si nada.
—¿Tres años? —repitió Nathan, con la voz más baja—. ¿Y no hay explicación de qué hizo en ese tiempo?
—Nada oficial. Podría haber sido una lesión, un problema personal, o simplemente un descanso. Pero no hay registros médicos, ni declaraciones públicas, ni nada que lo justifique. Es como si hubiera existido, dejado de existir, y luego vuelto a existir.
Nathan dejó los papeles sobre el escritorio, sus dedos tamborileando sobre la superficie de madera. No le gustaba lo que escuchaba. Un corredor con un vacío en su historial, apareciendo de la nada justo cuando Dylan comenzaba a destacar en Europa. No era una coincidencia que le gustara.
—¿Y su vida personal? —preguntó—. ¿Familia, relaciones, contactos?
—Nada destacable. No hay registros de parejas, ni hijos. Su familia es discreta. Su hermano menor, Erick Rossi, también es corredor, pero en categorías menos importantes. —Alex hizo una pausa—. Parece un tipo normal, Nathan. Demasiado normal.
Nathan se recostó en su silla, procesando la información. No había nada que pudiera vincular a Alessandro con Dylan, nada que justificara la sensación incómoda que tenía desde que lo había visto en la pista. Pero su instinto le decía que algo no cuadraba.
—¿Algo más? —preguntó.
—Sí. Hay un detalle que me llamó la atención. —Alex tomó otra hoja de la carpeta—. Su nombre no aparece en ningún registro anterior a los veintitrés años. Antes de eso, no hay rastro de Alessandro Rossi en Italia. Ni certificado de nacimiento, ni registros escolares, ni nada. Es como si hubiera aparecido de la nada a esa edad.
Nathan apretó la mandíbula. Eso era más que una coincidencia. Era una anomalía.
—Entonces no sabemos quién es realmente —dijo, con voz fría.
—No —admitió Alex—. No sabemos.
El silencio se instaló entre ellos. Nathan miraba los papeles sin realmente verlos, su mente trabajando a toda velocidad.
—Quiero que sigas investigando —dijo finalmente—. Rastrea cualquier conexión, cualquier persona que pueda saber algo. Si ese tipo tiene un pasado que ocultar, quiero saberlo.
—Lo haré —respondió Alex, guardando los documentos de nuevo en la carpeta—. Pero advierto que esto puede llevar tiempo. Si alguien ha borrado su rastro, no va a ser fácil encontrarlo.
—Tienes todo el tiempo que necesites —dijo Nathan, levantándose y caminando hacia la ventana—. Pero no voy a detenerme hasta saber quién es y qué quiere.
—¿Crees que quiere algo? —preguntó Alex, con curiosidad genuina.
Nathan se giró hacia él, y por un instante, su mirada se endureció.
—Siempre quieren algo. La pregunta es qué.
Alex no dijo nada más. Sabía que cuando Nathan se ponía así, no había forma de hacerlo cambiar de opinión. Solo quedaba esperar y ver qué encontraba su investigación.
—Te mantendré informado —dijo Alex, levantándose—. Y Nathan... ten cuidado.
—Siempre lo tengo.
Alex salió de la oficina, dejando a Nathan solo frente a la ventana. La ciudad se extendía bajo él, ajena a los pensamientos que cruzaban su mente.
Alessandro Rossi. Veintiséis años. Un vacío de tres años en su carrera. Sin rastro antes de los veintitrés.
No era normal. Y Nathan iba a descubrir por qué.
morí olvidada reviví intocable 🤭