NovelToon NovelToon
Cuando Todo Parecía Perdido

Cuando Todo Parecía Perdido

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Completas
Popularitas:273
Nilai: 5
nombre de autor: Eliany Justo

Sinopsis

Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.

NovelToon tiene autorización de Eliany Justo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El peso de cuidar Cap 20

Justo cuando creía que las cosas empezaban a estabilizarse —la beca asegurada, el promedio recuperado, la computadora rugiendo sin novedades—, la vida decidió golpear de nuevo. Y esta vez, el golpe no vino del sol, ni de la falta de recursos, ni de un padre ausente. Vino de la memoria de mi abuela.

La llamada fue un martes. Mi tía Elena, la misma que me había prestado su computador tantas veces, la misma que me daba un vaso de agua cuando llegaba muerta de calor, lloraba del otro lado del teléfono.

—Sofía, tu abuela… no está bien. La llevé al médico. Tiene Alzheimer.

Alzheimer. La palabra me sonó a condena. Había oído hablar de esa enfermedad. Sabía que borraba la memoria, que confundía a las personas, que las convertía en sombras de sí mismas. Pero nunca imaginé que tocaría nuestra puerta.

—¿Qué vamos a hacer? —pregunté.

—No sé —respondió mi tía, con la voz quebrada—. Yo no puedo cuidarla. Tengo mis propios problemas, mi salud, el médico… Ustedes tienen que hacerse cargo.

—¿Nosotras? Tía, no tenemos donde caernos muertas. Vendemos tortas para comer.

—No es mi problema.

Y colgó.

Mi madre, que había escuchado todo desde la cocina, se secó las manos en el delantal. No lloró. No gritó. Solo dijo:

—Vamos a buscarla.

Mi abuela vivía en un pueblo a dos horas de distancia. No la veíamos seguido porque el viaje costaba plata que no teníamos. Pero ese día, mi madre pidió prestado para el pasaje, dejó la canasta de tortas con la señora de la farmacia y nos fuimos las dos.

Cuando llegamos, la encontré sentada en la puerta de su casa, con una mirada perdida, las manos huesudas sobre el regazo. Me reconoció, pero demoró.

—¿Eres la hija de Elena? —preguntó.

—No, abuela. Soy Sofía. La hija de tu otra hija. La que vive en el barrio.

—Ah, sí —dijo, pero sus ojos decían que no.

Mi madre la abrazó. Lloró en silencio, como siempre. Mi abuela no lloró. Ya no lloraba.

Esa noche la trajimos a casa. La casa que no era nuestra, la casa que nos había prestado doña Amparo, la casa que cualquier día podían quitarnos. Ahora éramos tres en dos habitaciones minúsculas.

Los primeros días fueron confusos. Mi abuela se levantaba en la madrugada creyendo que tenía que ordeñar vacas que no existían. Otras veces no reconocía el baño y hacía sus necesidades en el pasillo. Mi madre limpiaba sin quejarse, pero yo veía cómo se le apagaban los ojos.

—Mamá, no podemos solas —le dije una noche.

—No tenemos opción, hija. Tu tía no va a cuidar. Y yo no voy a abandonar a mi madre como ella nos abandonó a nosotras.

Esa fue la primera vez que entendí el abandono desde el otro lado. Mi tía nos había abandonado a nosotras, a su madre, a su propia sangre. Y mi madre, en lugar de seguir ese ejemplo, eligió quedarse.

Pero quedarse tenía un costo.

Mi rutina, que ya era agotadora, se volvió infernal. Me levantaba a las cuatro de la mañana para ayudar a mi madre a preparar las tortas. A las seis salíamos a vender. A las ocho volvía a casa para cambiar a mi abuela, darle el desayuno, sentarla frente a la ventana para que viera el sol. A las nueve corría a la universidad. Volvía a las tres de la tarde, ayudaba con las tortas de la tarde, estudiaba hasta la medianoche mientras mi madre cuidaba a la abuela. Dormía cuatro horas. Y otra vez.

El cansancio no se mide en horas. Se mide en el temblor de las manos cuando no puedes más. Se mide en las ganas de llorar en el colectivo y no hacerlo porque la gente mira. Se mide en las ojeras que ya no se van ni con maquillaje.

Una noche, mi abuela tuvo una crisis. Gritaba que alguien le había robado su casa, que nosotros éramos extraños, que quería volver al pueblo. Mi madre intentó calmarla, pero mi abuela la empujó. Cayó al piso. Yo dejé los apuntes, corrí, ayudé a mi madre a levantarse.

—Estoy bien —dijo, pero tenía un moretón en el brazo.

—No estamos bien, mamá. Ninguna está bien.

Esa noche, mientras mi abuela dormía por fin, mi madre se sentó a mi lado en el comedor. La computadora rugía. El monitor de pasto verde parpadeaba.

—¿Te acordás cuando ella nos enseñó a hacer tortas? —preguntó mi madre.

—Sí. La receta de vainilla.

—Era su receta.

Lloramos juntas. Las dos. Por primera vez en mucho tiempo.

—No podemos rendirnos —dije, secándome las lágrimas—. Ella no se rindió con nosotras cuando mi padre se fue. Nosotras no nos rendimos con ella.

—Pero tu tienes que estudiar, hija. No puedes descuidar los estudios.

—Voy a hacer las dos cosas. Como siempre.

No fue fácil. Hubo días en que llegaba a clase con la ropa manchada de harina. Días en que me dormía en la biblioteca y Lucía me despertaba porque roncaba. Días en que el profesor Ricardo me preguntaba si estaba bien y yo mentía diciendo que sí.

Pero también hubo días buenos. Días en que mi abuela me miraba y decía "Sofía, mi nieta, la que estudia". Y aunque al rato se olvidara, ese momento me daba fuerzas para seguir.

Un mes después del diagnóstico, mi tía Elena llamó. No para preguntar por su madre. Para pedir dinero.

—No tengo —dijo mi madre, con una calma que me asustó.

—Pero algo tendrás. Las tortas venden bien, ¿no?

—Las tortas son para comer. Y para que tu sobrina vaya a la universidad. No sobra nada.

—Siempre fuiste una egoísta —dijo mi tía, y colgó.

Mi madre no lloró. Ya no le quedaban lágrimas para su hermana. Solo dijo:

—Al menos ahora sé quién es ella.

Pasaron los meses. Mi abuela empeoró. Ya no nos reconocía la mayoría de los días. Pero había una cosa que sí recordaba: la receta de la torta de vainilla. Un día, mientras mi madre amasaba, mi abuela se levantó de la silla, caminó hacia la cocina con pasos temblorosos y dijo:

—Echale más azúcar, hija. Así no queda.

Mi madre se dio vuelta. La miró. Y sonrió por primera vez en semanas.

—Sí, mamá. Como tu digas.

Esa tarde, la torta salió más dulce que nunca. La vendimos toda en la parada del colectivo. Doña Nelly dijo que era la mejor que había probado.

—Es un toque especial —dije—. Lo puso mi abuela.

No era cierto. Mi abuela solo había dicho la frase, no había tocado la masa. Pero sentí que ese pequeño gesto —recordar la receta— era un milagro. Los milagros, aprendí, a veces son pequeños.

Esa noche, mientras mi abuela dormía y mi madre contaba las monedas, me senté frente a la computadora y escribí. No era un trabajo de la facultad. Era una carta para mi abuela. Una carta que nunca leería porque ya no sabía leer. Pero yo la escribí igual.

Le dije que gracias a ella sabíamos hacer tortas. Que gracias a ella mi madre no se había rendido nunca. Que gracias a ella yo estaba estudiando una carrera. Que su receta de vainilla iba a vivir para siempre.

La guardé en el cajón, junto con la carta para Lucía y la tarjeta de mi padre.

Al otro día, mi abuela volvió a no reconocerme. Me llamó por el nombre de mi tía Elena, la que nos abandonó. No me dolió. Ya había aprendido que el Alzheimer no es maldad. Es un ladrón silencioso que se lleva todo, pero a veces deja algo: un recuerdo, una palabra, una receta.

Y con eso, nosotras seguíamos.

 

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play