Mauricio y Celine no tuvieron el mejor comienzo, así que les tocará a ellos vencer los obstáculos que el destino les ha puesto para determinar que final quieren para su matrimonio. intrigas, secretos, envidias y más
NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 2: La novia
El silencio en el salón DoCampo no duró mucho, pero fue suficiente para cambiarlo todo.
Celina Montenegro avanzó despacio entre los invitados, sintiendo cómo cada paso le pesaba como si caminara sobre vidrio roto. El vestido blanco no le parecía suyo. Tampoco el lugar. Tampoco el destino que ya le estaban imponiendo sin preguntarle.
Sus manos temblaban ligeramente, escondidas bajo la tela delicada.
—Respira… solo respira… —se dijo en voz baja.
Pero respirar en aquella casa llena de desconocidos ricos era como intentar encontrar aire bajo el agua.
Mauricio seguía de pie, inmóvil.
La miraba.
Y por primera vez en la noche, algo dentro de él dejó de ser rabia pura… y se convirtió en curiosidad.
Celina levantó la vista apenas un segundo.
Sus ojos se encontraron.
Fue un choque silencioso.
Ni odio.
Ni amor.
Solo dos personas atrapadas en un mismo error.
—Acércate, Celina —ordenó su padre desde atrás, con una voz demasiado firme para ser cariño.
Ella obedeció.
Mauricio dio un paso adelante también.
—¿Esto es una broma? —preguntó él, esta vez más bajo, más peligroso—. ¿Me van a casar con una desconocida sin siquiera preguntar?
El abuelo tosió otra vez. Más fuerte.
Julián se inclinó hacia él con preocupación.
—Mauricio, no empieces.
—¡No empiece qué! —explotó él, girándose—. ¡Esto es una locura!
Celina sintió cómo todas las miradas caían sobre ella. Bajó la cabeza instintivamente.
Inés Montenegro, de pie a un lado, la observaba con una mezcla de desprecio y curiosidad.
—Bien merecido hermanita...tu boda ya es una vergüenza imagínate como será tu vida —susurró con una sonrisa torcida.
Verónica, la madrastra, le tocó el brazo.
—Silencio. Observa.
Celina se detuvo a pocos metros del altar.
El organizador del evento dio un paso al frente.
—Damas y caballeros, estamos reunidos para formalizar la unión entre dos de las familias más importantes de la ciudad…
Mauricio levantó la mano.
—Yo no he aceptado nada.
El hombre dudó.
El abuelo habló desde su silla, con voz quebrada pero firme:
—Aún no… pero lo harás.
El aire pareció congelarse.
Celina sintió un escalofrío.
Mauricio apretó la mandíbula.
—¿Y si digo que no?
El abuelo lo miró fijamente.
—Entonces mañana yo no estaré aquí.
Silencio.
Celina alzó la vista sin querer.
Esa frase no era solo presión. Era chantaje emocional puro.
Y funcionaba.
Mauricio bajó la mirada un segundo. Solo uno.
Y en ese segundo, algo en su interior cedió.
No era miedo.
Era algo peor: culpa.
Celina lo entendió sin que nadie lo explicara.
—No hagas esto… —susurró ella, pero nadie la escuchó.
Mauricio la miró de nuevo.
—¿Tú querías esto? —preguntó él, directo, sin suavizar nada.
Celina tardó en responder.
Porque la verdad era demasiado humillante.
—No.
Una sola palabra.
Pero suficiente.
Mauricio frunció el ceño.
—Entonces estamos atrapados los dos, pero así es mejor, ya sabemos que esperar uno del otro
El abuelo levantó una mano.
—Procedan.
El organizador tragó saliva.
—¿Acepta usted, Mauricio DoCampo, a Celina Montenegro como su esposa?
Mauricio no respondió.
El silencio volvió a estirarse.
Celina sintió que el corazón se le detenía.
Inés sonrió.
—Vamos… dile que no —susurró para sí misma.
Pero Mauricio miró a su abuelo.
Luego a su padre.
Luego a Celina.
Y algo en su expresión cambió.
—No puedo… —murmuró él.
Celina bajó la mirada, aliviada y dolida al mismo tiempo.
Pero entonces él añadió:
—No puedo negarme… no puedo cargar con más culpas
El abuelo cerró los ojos, satisfecho.
—Eso es un sí disfrazado.
El organizador se apresuró.
—Entonces… procedemos.
Celina sintió cómo el mundo se cerraba a su alrededor.
El anillo fue traído.
El sonido de las copas volvió.
Pero ella no escuchaba nada.
Solo su respiración.
Mauricio tomó el anillo con lentitud.
—No me mires así —le dijo a Celina en voz baja.
—¿Así cómo? —respondió ella, casi sin voz.
—Como si yo fuera tu enemigo.
Celina lo miró por primera vez sin miedo.
—No lo eres… —dijo—. Pero tampoco eres mi salvación.
Esa frase lo descolocó.
Por un instante, Mauricio no supo qué responder.
Le tomó la mano.
La piel de ella estaba fría.
Demasiado fría.
Y en el momento en que colocó el anillo en su dedo…
El abuelo volvió a toser, esta vez con más fuerza.
Dos asistentes corrieron hacia él.
—¡Don Augusto!
El caos se extendió en segundos.
Mauricio se giró.
—¿Qué pasa?
—¡Llamen a un médico! —gritó Julián.
Celina retrocedió instintivamente.
Pero antes de que pudiera moverse, Verónica le susurró al oído:
—Ahora eres parte de esto… no hay salida.
Celina sintió un nudo en la garganta.
Y entonces, mientras el salón se llenaba de gritos y confusión…
El abuelo abrió los ojos una última vez y miró directamente a Mauricio.
—No confíes en nadie… ni siquiera en ella.
Mauricio se quedó paralizado.
—¿Qué?
Pero el anciano ya no lo estaba mirando a él.
Estaba mirando a Celina.
Como si la conociera de antes.
Como si ella no fuera un accidente…
sino parte de algo mucho más antiguo.
Y mucho más peligroso.