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El Renacer De Beaumont

El Renacer De Beaumont

Status: Terminada
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Fantasía épica / Mundo mágico / Completas
Popularitas:3.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Astrid Osorio

​"El Renacer de Beaumont" no es simplemente una historia de fantasía y romance; es una deconstrucción profunda del tropo de la "villana de novela" que desafía la idea del destino prefijado. La trama sigue a Elena Vega, una estratega brillante de nuestro mundo moderno que despierta en el cuerpo de Elaria de Beaumont, la antagonista destinada a morir en una serie de eventos trágicos dentro de un universo ficticio. En la narrativa original, Elaria estaba condenada a ser una marioneta sacrificable en un juego de poder, destinada a caer ante la "heroína", una chica llamada Aria que, obsesionada con los tropos de las novelas de romance, intentaba forzar un guion que no existía en la realidad.

​La historia comienza con la transición de Elaria. A diferencia de otras protagonistas que aceptan su destino con resignación, Elaria de Beaumont utiliza su mente analítica, propia de una experta en teoría de juegos y estrategia, para diseccionar el imperio de Heliodor. Se da cuenta rápidamente

NovelToon tiene autorización de Astrid Osorio para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 2: Pequeñas manos, grandes secretos

Elena, ahora Elaria, se quedó petrificada en medio de la inmensa cama. El chico frente a ella la miraba con unos ojos oscuros cargados de una devoción y una preocupación tan genuinas que le oprimieron el pecho; nadie en su vida pasada en Colombia la había mirado jamás con tanto amor. Intentó retroceder por puro instinto, pero sus sábanas de seda y sus propias piernas torpes de cinco años se lo impidieron.

—¿C-quién...? —intentó articular Elena, pero de sus nuevos labios solo salió un balbuceo agudo, tierno y frustrante. Su propia voz infantil la sobresaltó tanto que se llevó una mano a la boca.

Cedric se sentó con cuidado en el borde del colchón y, sin previo aviso, la envolvió en un abrazo cálido y protector. Olía a pino, a cuero y a un perfume costoso que Elena no supo identificar.

—Estás a salvo, Elaria. La fiebre por fin ha bajado —susurró el muchacho, apoyando la barbilla en el cabello de la niña mientras soltaba un suspiro tembloroso—. El médico de la corte decía que tu núcleo de magia era demasiado inestable para tu corta edad y que tu cuerpo no lo soportaría. Pensé que te perdería... igual que perdimos a mamá.

¿Magia? ¿Núcleo? Las palabras resonaron en la mente de Elena con la fuerza de un rayo. Aquello no era una alucinación pre-muerte en el hospital. Realmente había dejado de existir bajo las ruedas de aquel camión y, por alguna razón absurda del destino, había despertado en uno de esos mundos de aristócratas y hechicería que tanto le gustaba leer para escapar de su realidad.

Miró de reojo a las tres doncellas, quienes contenían las lágrimas de emoción al fondo de la habitación. Luego volvió a clavar la vista en Cedric, su ahora hermano mayor. Elena sabía muy bien, por todos los libros que había devorado, lo que pasaba en estas historias: si confesaba la verdad, si decía que en realidad era una mujer de veinte años de otro universo, la tomarían por loca, por una impostora o, peor aún, por un demonio que había poseído el cuerpo de la pequeña heredera.

Tenía que sobrevivir. Tenía que aprender a ser Elaria de Beaumont.

Forzando a sus pequeños músculos a obedecer, Elena levantó sus bracitos cortos y devolvió el abrazo a Cedric, escondiendo su rostro en el elegante jubón de terciopelo azul del joven para ocultar su mirada de pánico.

—Me... me duele mucho la cabeza —susurró con voz infantil, usando la vieja pero confiable excusa de la confusión para ganar tiempo y justificar cualquier comportamiento extraño.

Cedric se separó un poco, mirándola con infinita dulzura mientras le apartaba un mechón de cabello de la frente.

—Es normal, flojita. Has estado dormida tres días enteros. El duque, nuestro padre, ha estado insoportable de la preocupación, aunque intente ocultarlo tras sus papeles —Cedric esbozó una media sonrisa cansada y se giró hacia las sirvientas—. Lucía, avisa a mi padre que Elaria ha despertado. Marta, ve a las cocinas y pide que preparen el caldo más ligero y nutritivo que tengan. ¡Muévanse!

Las doncellas hicieron una rápida reverencia y salieron apresuradas, dejando la habitación en un silencio más calmado. Elena se recostó contra las almohadas, mirando de reojo el gran ventanal. A lo lejos, las agujas de piedra del imponente castillo de Beaumont se recortaban contra el cielo. Su nueva e increíble vida aristocrática acababa de comenzar, pero con ella venía la gran pregunta: ¿qué tipo de peligro corría la pequeña Elaria en este mundo de magia?

El sonido de unas botas pesadas y firmes resonó en el pasillo exterior, interrumpiendo el relativo alivio que se respiraba en la habitación. Las doncellas, que apenas regresaban con los encargos de Cedric, se arengaron a los lados de la puerta de inmediato, bajando la cabeza en una reverencia tan profunda que sus frentes casi tocaban el suelo.

Cedric se tensó al instante. Se puso de pie, enderezó la espalda y adoptó una postura impecable, perdiendo toda la calidez juvenil que había mostrado hace solo unos segundos.

Un hombre alto y de hombros anchos cruzó el umbral. El duque Alistair de Beaumont poseía una presencia que congelaba el aire a su alrededor. Tenía el mismo cabello oscuro que sus hijos, pero salpicado de algunas hebras plateadas en las sienes, y unos ojos grises tan afilados como témpanos de hielo. Vestía un abrigo largo de terciopelo negro con broches de oro que destellaban bajo la luz de las lámparas.

Elena sintió un escalofrío real recorrer su pequeño cuerpo de cinco años. La mirada del Duque se clavó en ella con una intensidad que casi le impide respirar.

—Padre —saludó Cedric, inclinando la cabeza con un respeto que rayaba en la rigidez militar—. La fiebre ha desaparecido por completo. Elaria está consciente.

Alistair no respondió de inmediato. Caminó lentamente hacia la cama; cada uno de sus pasos parecía retumbar en los oídos de Elena. Cuando llegó al borde del colchón, se limitó a mirarla desde las alturas, con las manos entrelazadas en la espalda. No hubo abrazos, no hubo lágrimas, ni un solo gesto de debilidad física. Su rostro parecía tallado en mármol.

—Has causado un gran alboroto, Elaria —dijo el Duque. Su voz era profunda, un barítono frío que llenaba cada rincón del salón—. Los sanadores de la corte pasaron tres días enteros tratando de sellar tu flujo mágico descontrolado. Un día más en ese estado y habrías destruido tus propios canales espirituales.

Elena, tragando saliva con dificultad, obligó a sus pequeños ojos a sostener la mirada de aquel hombre. Podía sentir la inmensa brecha de poder que los separaba, pero tras esa fachada de hielo y reproche, notó un levísimo temblor en los puños cerrados del Duque. Alistair de Beaumont no estaba enfadado por el problema; estaba aterrado de perder a su única hija.

—Lo siento... padre —susurró Elena con su voz infantil, bajando la mirada para simular timidez y sumisión, ganándose una mirada de sorpresa por parte de Cedric, ya que la verdadera Elaria solía berrinchear ante la frialdad de su progenitor.

El Duque guardó silencio un momento, sorprendido por la inusual docilidad de la niña. Finalmente, exhaló un suspiro casi imperceptible.

—Descansa —ordenó Alistair, dándole la espalda—. Mañana comenzará tu evaluación. Debemos asegurarnos de que ese poder no vuelva a despertar hasta que tengas la edad adecuada para contenerlo. Si la sangre de los Beaumont se desborda en ti de esa manera, el emperador no tardará en poner sus ojos sobre este castillo.

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Lorena Itriago
Felicidades, excelente Novela
Astrid Osorio: Hola gracias por tus palabras
total 1 replies
Lorena Itriago
y que pasó con su hermano y su padre?
Astrid Osorio: es que le di más importancia a la pareja dorada pero cedric y el duque terminaron bastante bien
total 2 replies
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