Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.
Seis años después, todo se invirtió.
Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.
—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.
Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.
Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.
Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?
Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?
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Capítulo 20
Capítulo 20: La verdad de la caída
Identificar al hombre de la gabardina no fue difícil.
Renata le mandó el fragmento del video a Fernanda, que tenía contactos en todas partes, y para el martes ya tenía un nombre: Saúl Téllez. Un tipo sin oficio fijo que llevaba años merodeando alrededor de Imelda. Lo que Renata no esperaba era lo que ese nombre destaparía.
Lo citó en una cafetería de mala muerte, lejos de todo. Saúl llegó sudando, nervioso, mirando hacia la puerta.
—¿Qué quieres? —gruñó—. ¿Dinero?
—Quiero que veas algo. —Renata giró el teléfono. El video. Imelda y él, bajo el alero, inconfundibles—. Tengo más. Y una copia ya está programada para enviarse a don Rubén si a mí me pasa cualquier cosa. Así que vamos a platicar con calma.
Saúl se puso verde.
—Si Rubén ve eso, Imelda me mata. Tú no sabes de lo que es capaz esa mujer.
—Ilústrame.
—No. —Negó con la cabeza, temblando—. No, no, tú no entiendes. Yo le he hecho cosas. Cosas feas. Por ella. Si abro la boca, el que termina en la cárcel soy yo.
Algo en su pánico le erizó la piel a Renata. No era el miedo de un amante descubierto. Era otra cosa, más vieja, más honda.
—¿Qué cosas, Saúl?
Y entonces, acorralado entre el video y su propio miedo, el hombre se quebró y dijo más de lo que ella había ido a buscar.
—El señor ese. El de hace años. El que se cayó del edificio. —Le temblaba la voz—. No se cayó. Yo… yo lo empujé. Me lo mandó Imelda. Dijo que había un asunto, que un tal Salas andaba removiendo cosas que no convenían, que el viejo Montenegro sabía demasiado y había que callarlo. Yo solo hice lo que ella me dijo. Te lo juro, yo no quería, ella me obligó…
El mundo se le detuvo a Renata.
Seis años. Seis años cargando la culpa de que su padre, Rubén, había sido el que orilló a don Genaro al vacío. Seis años estudiando medicina para reparar lo que creía que su sangre había roto. Y resultaba que la mano que empujó no fue la de su padre. Fue la de este desgraciado tembloroso, dirigido por Imelda, su madrastra, mientras Rubén removía las cosas que lo hicieron necesario.
No la limpiaba. No limpiaba a su familia de nada. Solo cambiaba la forma del horror. Su padre había encendido la mecha; Imelda había puesto la mano. Genaro había caído por culpa de los dos, y ella, Renata, seguía siendo hija de uno y casi hija de la otra. La culpa no se aligeraba; solo se repartía. Pero era, por fin, un pedazo de verdad sólida después de seis años de tinieblas, y supo que algún día, cuando el momento llegara, esa confesión de Saúl iba a valer más que el oro.
—Lo vas a repetir —dijo Renata, con una calma que le costó toda su voluntad—. Cuando llegue el momento, ante quien haga falta. Y hasta entonces, mantén la boca cerrada y reza para que yo decida ser paciente.
Saúl asintió como un perro apaleado.
—
Esa noche, Renata le mandó el video a su padre. Sin texto. Solo el video.
La respuesta de Rubén llegó media hora después, por llamada. Renata contestó.
—¿Por qué me mandas esto? —La voz de su padre sonaba rota—. ¿Por qué me haces esto, Renata?
—Porque tienes derecho a saber con quién vives, papá. —Apretó el teléfono—. Imelda te engaña. Lleva años. ¿Vas a dejarla ahora?
Hubo un silencio largo. Y en ese silencio, Renata entendió la respuesta antes de que llegara.
—Es complicado, mija. La familia… el qué dirán… Daniela necesita a su mamá. No puedo nada más…
—No puedes. —Renata cerró los ojos—. Te enseño que la mujer por la que me abofeteaste, por la que me quisiste vender, te ve la cara con otro hombre, ¿y tú te quedas? Por el qué dirán.
—No es tan fácil…
—Sí lo es, papá. Es facilísimo. Tú eliges. Siempre eliges. Y nunca me eliges a mí. —Le tembló la voz una sola vez, y la dominó—. No me vuelvas a llamar. No vengas a buscarme. Para mí, desde hoy, no tengo padre.
Colgó. Casi de inmediato empezaron a llegar los mensajes de Imelda, una catarata de insultos —malagradecida, intrigante, zorra— que Renata leyó con el estómago cerrándosele de a poco. Bloqueó el número a media andanada. Pero el daño ya estaba hecho; el viejo dolor de no ser elegida, nunca, le revolvió las tripas hasta que tuvo que doblarse sobre el lavabo.
—
Una semana después, Max tenía que viajar a Guadalajara por negocios, y su médica de cabecera tenía que acompañarlo. Contrato.
El viaje, contra todo pronóstico, descongeló algo.
No hablaron de la noche del antro. No hablaron de "amante" ni de rechazos. Pero estaban lejos de la ciudad, lejos de Rodrigo, lejos de los secretos, y el hielo entre ellos empezó a resquebrajarse por pura proximidad. Una tarde, terminadas las juntas, Max la llevó a un mercado nocturno, y entre los puestos de comida y las luces de colores volvieron a reírse, despacio, con culpa, como dos personas que saben que no deberían.
—Pruébalo. —Max le acercó un esquite—. No has comido en todo el día.
—Me vas a engordar.
—Estás en los huesos. —Lo de siempre. Pero lo dijo más suave que en semanas.
A la mañana siguiente, Renata despertó en su habitación del hotel con el olor de un desayuno que él había mandado preparar exactamente como a ella le gustaba, y un sahumerio de copal nuevo sobre la mesa, sin nota, sin explicación. Como hacía seis años. Como si la guerra fría no existiera.
—
La paz duró poco.
Esa noche, Rubén e Imelda volvieron a la carga por teléfono —llamadas, mensajes, insultos, súplicas, amenazas, todo revuelto— hasta que a Renata, ya frágil del estómago, le dio una crisis gástrica que la dobló en la cama del hotel, sudando, sin poder ni levantarse.
Max llegó tarde de una cena de negocios y la encontró así, hecha un ovillo, pálida.
—¿Qué tienes? —En dos zancadas estaba arrodillado junto a la cama, la dureza evaporada—. Rena. Mírame. ¿Qué te pasó?
—Es… el estómago. Nada. Ya pasa.
Pero él ya estaba pidiendo medicamento a recepción, ya le ponía una mano fresca en la frente, ya le acomodaba las almohadas. La cuidó como si las semanas de hielo no hubieran existido, con una ternura que no sabía esconder cuando ella estaba mal. Le dio la medicina cucharada a cucharada, le frotó la espalda hasta que el dolor cedió, y se quedó sentado en el borde de la cama, velándola, mientras afuera la ciudad desconocida dormía.
—No te despego de mí mañana —murmuró, creyéndola dormida—. Pase lo que pase entre nosotros. Mientras estés bajo mi techo, nadie te vuelve a hacer daño.
Renata, con los ojos cerrados, fingió no oírlo. Pero una lágrima se le escapó por la sien y cayó en la almohada.
Ninguno de los dos sabía que, a unas calles de ahí, en una bodega abandonada de las afueras de Guadalajara, alguien terminaba de afinar los últimos detalles de un plan. Que Rodrigo, humillado, mutilado, prófugo de la denuncia que Max había levantado, había seguido el rastro del viaje hasta esa ciudad. Y que la paz frágil de ese cuarto de hotel era la calma justo antes de lo peor.
Ojalá él consiga otra mujer y ella quede sola ! No
Merece un hombre como él !!😭