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INERCIA

INERCIA

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Padre soltero / Autosuperación / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SherlyBlanco

INERCIA
(Dinastía Fontane — Libro II)
Por: Sherly Blanco
Un corazón roto por el luto y un alma blindada por el pasado están a punto de descubrir que hay fuerzas que ni el tiempo ni la culpa pueden detener.
A sus treinta años, Juliana ha logrado construir una vida perfecta sobre los cimientos del orden, la danza y la entrega absoluta a su hija Athenea. Tras las tormentas que sacudieron a la dinastía Fontane, su academia de ballet es su refugio y su escudo. Ella tiene una regla clara: su corazón no volverá a arriesgarse, y aunque la presencia de Andrés le acelera el pulso, se repite a sí misma que aún no es el momento.
Por su parte, Andrés ha caminado entre las sombras del dolor desde la trágica partida de Juliette. Convertido en un hombre maduro, disciplinado y protector, su único faro ha sido la crianza del pequeño Andreis Julián. Sin embargo, su devoción por Juliana no ha hecho más que crecer con los años. Ya no es el joven inmaduro de antes; ahora es un hombre dispuesto a luchar día

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Capítulo 17: Tinta, Cimientos y un Nuevo Amanecer

El anuncio del noviazgo formal entre Andrés y Juliana corrió como pólvora bendita en el seno de la familia. Los más dichosos eran los niños; la pequeña Athenea no tardó en presumir en su escuela de arte que sus papás por fin eran novios de verdad, mientras que el pequeño Andreis Julián parecía haber duplicado su alegría, sabiendo que su mami Juli ahora formaba parte oficial de cada uno de sus días, sin miedos ni fronteras artificiales.

Para Andrés, los treinta y cuatro años habían llegado con una madurez que se reflejaba en cada una de sus decisiones. Cumpliendo su promesa de ir despacio y con pies de plomo, el arquitecto pasaba por la academia cada tarde, ya no con la exigencia arrogante de un contrato legal, sino con la ilusión de un joven enamorado. La llevaba a cenar a lugares tranquilos, caminaban de la mano por los parques de Medellín y compartían largas charlas en el porche de la casa de Juli, bajo la mirada cómplice y profundamente aliviada de Julia y Joaquín, quienes por fin veían en los ojos de su hija la paz que tanto le habían deseado.

Un jueves por la tarde, casi tres semanas después de la fiesta de la niña de Emme, Juliana se encontraba en su oficina de la academia revisando los últimos detalles de los horarios de las clases de ballet. Llevaba una blusa de tirantes color hueso y el cabello recogido. Al levantar la vista, vio que Andrés entra con una carpeta de cuero negra bajo el brazo y una chispa de misterio en la mirada.

—Buenas tardes, directora —saludó Andrés, acercándose para depositar un beso tierno en sus labios, un gesto que a Juli todavía le encendía las mejillas.

—Buenas tardes, arquitecto. Te veo muy misterioso hoy, ¿qué traés ahí? —preguntó ella de lado, señalando la carpeta.

Andrés se sentó en la silla frente al escritorio, abrió la carpeta y sacó un pliego de papel opalina grueso. Al extenderlo sobre la madera, Juliana sintió que el corazón le daba un vuelco. Era el plano arquitectónico detallado de una residencia unifamiliar. En la esquina inferior derecha, el sello de la Constructora Fontane llevaba una inscripción manuscrita por el propio Andrés: «Proyecto: Nuestro Hogar. Diseñado para Juli, Athenea y Andreis».

—Estuve trabajando en esto las últimas dos noches, Juli —confesó Andrés, tomándole la mano sobre el escritorio—. Cumpliendo con nuestra palabra. Fui a ver unos terrenos en una zona campestre muy hermosa y tranquila, cerca de la naturaleza, donde los niños puedan correr. Diseñé este espacio desde cero. No hay planos reciclados, no hay recuerdos de otras vidas. Tiene un salón de danza privado para vos, un estudio de arte para Athenea y un jardín enorme para el niño. Son nuestros cimientos nuevos, Juli. Pero solo compraremos el lote y empezaremos a levantar el primer ladrillo cuando vos me digás que estás lista. Sin apuros.

Juliana observó el plano con los ojos cristalizados. Ver las líneas perfectas, el espacio pensado para cada uno de ellos y, sobre todo, el respeto absoluto de Andrés hacia sus tiempos, terminó de sanar el último rincón de duda que le quedaba en el alma.

—Es hermoso, Andrés... Es perfecto —susurró Juli, acariciando el papel—. Gracias por escucharme. Gracias por entender que necesitábamos esto.

—Gracias a vos por darme la oportunidad de ser el hombre que te merece —respondió él con infinita ternura.

Al día siguiente, viernes, Juliana decidió que era el momento de cumplir un deseo personal que venía postergando desde hacía meses, un regalo para sí misma para marcar este nuevo comienzo. Tras salir de la academia, manejó hacia el centro de la ciudad, donde tenía una cita en un reconocido estudio de arte corporal. Andrés la esperaba en la entrada del lugar, vistiendo una camiseta negra que dejaba al descubierto sus brazos fuertes. Al verla llegar, la tomó de la cintura y entraron juntos.

Juliana se sentó en la camilla del artista, extendiendo su muñeca izquierda. No buscaba ocultar marcas físicas, sino plasmar en su piel limpia el cierre definitivo de una etapa de rigidez y miedos, transformando el recuerdo de su antiguo dolor emocional en una declaración de libertad.

—¿Estás segura, Juli? —preguntó Andrés, sentándose a su lado y tomándole la mano derecha para infundirle seguridad.

—Completamente segura —respondió ella con una sonrisa radiante y decidida—. Es hora de empezar a escribir nuestra historia también en la piel.

El zumbido de la máquina de tatuar comenzó a llenar el espacio. Juliana cerró los ojos, apretando la mano de Andrés cada vez que la aguja tocaba su muñeca, pero no sentía sufrimiento; sentía una liberación profunda. El diseño elegido era un arte minimalista y profundamente simbólico: unas finas líneas negras que daban forma a una silueta abstracta de una bailarina en pleno vuelo, cuyas alas se transformaban en dos pequeñas palabras escritas con una caligrafía delicada y firme: «Just be» (Solo sé).

Andrés no le apartó la mirada en ningún momento. Verla allí, dejando atrás el búnker de hielo con el que se había protegido del mundo, lo llenó de una admiración incalculable. Entendió que Juliana estaba lista para vivir plenamente, aprendiendo a ser sin el peso del miedo al pasado.

Dos horas después, el tatuador limpió la zona y colocó el protector transparente. Juliana miró su muñeca. El diseño lucía impecable, delicado y fuerte a la vez, una prueba viva de que su alma estaba lista para el vuelo.

—Te quedó hermoso, mi amor —dijo Andrés, abrazándola por la espalda mientras salían del estudio hacia la luz de la tarde.

—Me siento ligera, Andrés. Como si por fin hubiera dejado caer un abrigo muy pesado —confesó Juli, apoyando la cabeza en su hombro.

Caminaron juntos hacia el auto bajo el sol de la ciudad, con los planos de su futura casa guardados en la mente y una certeza limpia en el corazón. Las casas seguían separadas por el momento, pero sus almas y sus destinos estaban más unidos que nunca, escribiendo con tinta indeleble los cimientos de su verdadera eternidad.

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