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Azúcar Amargo

Azúcar Amargo

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Reencuentro
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Sarita King

Samantha Torres solo quería salvar su pastelería y cuidar de su hermana menor; jamás imaginó que una bandeja de crema pastelera la llevaría directamente a los brazos del hombre más peligroso, arrogante y fascinante de la ciudad: Viktor D'Angelo.

NovelToon tiene autorización de Sarita King para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El hombre más arrogante del mundo

Viktor D'Angelo

Mi día había comenzado mal.

Y cuando digo mal, me refiero al tipo de día que hace que uno considere seriamente vender una empresa, desaparecer del país y vivir en una isla sin teléfono.

Desgraciadamente, yo no era ese tipo de hombre.

No huía de los problemas.

Los destruía.

A las seis de la mañana ya había asistido a dos reuniones, firmado tres contratos multimillonarios y despedido a un ejecutivo que intentó mentirme en mi propia sala de juntas.

A las nueve, mi abuelo había decidido recordarme una vez más que seguía siendo el hijo ilegítimo de la familia.

A las once, un competidor intentó sabotear una negociación.

Y para el mediodía, mi nivel de paciencia estaba peligrosamente cerca de cero.

Por eso terminé entrando en aquella pequeña pastelería.

Necesitaba café.

Nada más.

Entrar.

Comprar café.

Salir.

Un plan sencillo.

Uno que habría funcionado perfectamente si Samantha Torres no existiera.

Apoyé los codos sobre mi escritorio y observé la enorme ventana de mi oficina.

Desde el último piso del edificio D'Angelo podía verse gran parte de la ciudad.

Todo parecía pequeño desde allí arriba.

Las personas.

Los autos.

Los problemas.

Sin embargo, por alguna razón absurda, no podía dejar de pensar en una mujer cubierta de harina que había discutido conmigo como si yo fuera un cliente cualquiera.

No.

Peor.

Como si yo fuera un idiota cualquiera.

Lo más irritante era que ni siquiera había parecido impresionada por mi apellido.

La mayoría de las personas reaccionaban de una de dos maneras cuando escuchaban el nombre D'Angelo.

Miedo.

O interés.

Ella no había mostrado ninguna de las dos.

Solo sarcasmo.

Muchísimo sarcasmo.

Y crema pastelera.

—Estás sonriendo.

La voz de Ian me sacó de mis pensamientos.

Levanté la vista.

Mi mejor amigo estaba sentado frente a mí con una expresión sospechosa.

—No estoy sonriendo.

—Claro que sí.

—No.

—Sí.

—No.

—Viktor, literalmente te conozco desde hace quince años.

Lo observé.

Él observó.

Finalmente suspiré.

—¿Qué quieres?

Ian sonrió.

Era una mala señal.

Cada vez que Ian sonreía así, alguien terminaba sufriendo.

Generalmente yo.

—La verdadera pregunta es qué quieres tú.

—No empieces.

—Ya empecé.

Me recosté en la silla.

—Tengo trabajo.

—Y una pastelera en la cabeza.

—No tengo una pastelera en la cabeza.

—Entonces dime por qué llevas diez minutos mirando la misma hoja sin leerla.

Bajé la vista.

El contrato seguía exactamente donde lo había dejado.

Maldita sea.

Ian soltó una carcajada.

—Increíble.

—No es increíble.

—Una mujer te arroja crema encima y pierdes la capacidad de concentración.

—No perdí la capacidad de concentración.

—Claro.

Tomó un documento al azar de mi escritorio.

—¿Quieres que lea lo que firmaste hace media hora?

—No.

—Porque firmaste dos veces donde decía "No firmar".

Cerré los ojos.

Perfecto.

Simplemente perfecto.

Ian parecía disfrutar demasiado aquella situación.

—¿Cómo se llama?

—¿Quién?

—La chica.

—No me interesa.

—Ajá.

—No.

—Entonces no tendrás problema en decirme su nombre.

Guardé silencio.

Ian sonrió aún más.

—Lo sabía.

—Cállate.

—Lo sabía.

—Ian.

—Lo sabía.

—Voy a despedirte.

—No puedes.

—¿Por qué?

—Porque soy el único amigo que tienes.

Desafortunadamente, tenía razón.

Lo odiaba cuando tenía razón.

—Se llama Samantha.

Ian dio una palmada.

—¡Lo sabía!

—No hagas eso.

—¿Samantha qué?

—Torres.

—¿Bonita?

—Molesta.

—Eso no responde la pregunta.

Volví a mirar la ventana.

Y entonces cometí el error de recordar sus ojos.

Marrones.

Expresivos.

Demasiado expresivos.

Cada emoción que sentía aparecía reflejada en ellos.

Irritación.

Preocupación.

Orgullo.

Diversión.

Era imposible no notar algo así.

—Sí —admití finalmente.

Ian me señaló como si acabara de confesar un crimen.

—¡Lo sabía!

—Necesito nuevos amigos.

—Necesitas una cita.

—Necesito silencio.

—Necesitas a Samantha.

Le lancé una carpeta.

La atrapó sin esfuerzo.

Idiota.

Mi teléfono sonó en ese momento.

Agradecí la interrupción.

Contesté inmediatamente.

—¿Qué ocurre?

La voz de mi asistente sonó al otro lado.

—Señor D'Angelo, tenemos un problema.

Nunca eran buenas noticias cuando una conversación comenzaba así.

—Habla.

—Hemos identificado movimientos extraños en varias empresas vinculadas al Grupo Romano.

Mi expresión cambió.

Ian también se puso serio.

Porque ambos conocíamos ese nombre.

Demasiado bien.

Los Romano eran uno de los pocos grupos capaces de desafiar a los D'Angelo.

No solo en los negocios.

También en asuntos mucho más oscuros.

Asuntos que los periódicos jamás mencionarían.

—¿Qué tipo de movimientos?

—Transferencias ocultas.

Adquisiciones.

Y reuniones privadas.

—Continúa vigilándolos.

—Sí, señor.

La llamada terminó.

Durante varios segundos reinó el silencio.

—¿Crees que van a moverse? —preguntó Ian.

—Sí.

—¿Tan pronto?

—Llevan meses preparándose.

Ian maldijo por lo bajo.

Yo también quería hacerlo.

Porque una guerra empresarial era complicada.

Una guerra entre familias era mucho peor.

Y una guerra relacionada con ciertas organizaciones...

Podía volverse mortal.

Sin embargo, incluso mientras hablábamos de eso, una parte absurda de mi mente seguía recordando otra cosa.

Una sonrisa.

Una discusión.

Y una mujer que no parecía tener miedo de mí.

—Estás pensando en ella otra vez.

Miré a Ian.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque acabamos de hablar de posibles enemigos y aun así pareces más preocupado por una pastelera.

—No estoy preocupado.

—Claro.

Me puse de pie.

La conversación había terminado.

O eso esperaba.

Tomé mi saco.

—¿Adónde vas?

—Tengo una reunión.

—Mentira.

—¿Perdón?

—Vas a volver a la pastelería.

—No voy a volver a la pastelería.

—Vas a volver.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Ian.

—Viktor.

Apreté la mandíbula.

Él comenzó a reír.

Yo salí de la oficina antes de estrangularlo.

Sin embargo, mientras el ascensor descendía, una idea comenzó a abrirse paso en mi cabeza.

Ridícula.

Innecesaria.

Completamente absurda.

La pastelería estaba relativamente cerca.

Solo a unas calles.

Y técnicamente aún debía resolver el asunto del traje.

Además...

Había olvidado pedir el recibo del café.

Sí.

Eso sonaba razonable.

Muy razonable.

Definitivamente era la única razón.

El ascensor llegó al estacionamiento.

Entré al automóvil.

El conductor me observó por el espejo.

—¿A dónde vamos, señor?

Miré por la ventana.

Pensé en los contratos.

Pensé en los Romano.

Pensé en las reuniones pendientes.

Y después pensé en Samantha Torres.

La única mujer que había tenido el descaro de insultarme en menos de diez minutos.

—A Crema Chantilly.

El conductor asintió.

Y por primera vez en mucho tiempo, tuve la sensación de que acababa de cometer un error enorme.

Uno que estaba a punto de cambiar mi vida para siempre.

Fin del capitulo 2...☕

Viktor D'Angelo

1
Dany 🇨🇱🥰
jajajaja 🤣🤣
Náyade
pobre Samantha 😅
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