Tras un accidente todos creen que Clara ha perdido la memoria. Ella permite que así sea luego de darse cuenta de que su reciente esposo y la supuesta amiga de él parecen haber estado engañandola desde antes del matrimonio.
Pero lo peor no es eso, lo peor viene cuando se da cuenta de que han tramado una red de mentiras entre las cuales existe un "esposo" del que ella no tiene idea.
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Momentos cómodos
El despertar del siguiente día trajo consigo el regreso de los muros. Matías se había levantado antes del amanecer, dejando la suite sumida en un silencio sepulcral, y Clara no lo vio en todo el día. Cuando regresó por la noche, su actitud era la de un guardia de prisión de élite: ultra profesional, distante, respondiendo con monosílabos y evitando mirarla directamente a los ojos. El amago de intimidad de la noche anterior lo había asustado tanto que se estaba sobrecorrigiendo.
Cualquier otra mujer habría presionado, pero Clara entendía de estrategia. Sabía que si tiraba de la cuerda, Matías se rompería o se alejaría por completo. Así que optó por la seda. Al mediodía él le subió el almuerzo y luego se marchó.
Ella sonrió agradecida.
Pero la oportunidad llegó esa misma noche. Matías entró a la suite cargando una bandeja con la cena, con la mandíbula tensa, listo para dejarla sobre la mesa y retirarse de inmediato al despacho.
—Tu medicina, Clara. Y la cena —dijo, manteniendo la voz plana, los ojos fijos en la bandeja.
—¿Tampoco vamos a cenar juntos?
—Tengo una videollamada con los ingenieros del teatro en diez minutos, así que...
—Matías —lo interrumpió ella con suavidad, sin levantarse del sillón. No había reproche en su voz, solo una curiosidad genuina—. ¿Podrías dejarme ver uno de tus planos?
Matías se detuvo, con las manos aún apoyadas en la mesa. La miró, desconfiado, buscando el doble filo en la petición.
—Son tecnicismos, Clara. Aburridos. Alzados, cotas, instalaciones...
—Estoy encerrada entre estas cuatro paredes, perdiendo la cabeza mientras mi memoria decide qué devolverme y qué no —lo cortó ella, con una vulnerabilidad tan perfecta que a Matías se le encogió el pecho—. Sé que soy pintora. O que lo era. Mi mente no recuerda las formas, pero mis manos extrañan el papel. Solo quiero ver algo que esté bien diseñado. Algo que tenga estructura.
Matías tragó saliva, desarmado por el argumento. No era un ataque romántico; era una súplica de una artista atrapada. Dudó un segundo, pero finalmente suspiró, salió de la suite y regresó con un plano enrollado de la fachada del teatro. Lo extendió sobre la mesa, manteniendo una distancia prudencial.
Clara se acercó lentamente, apoyándose en su bastón, y se inclinó sobre el papel. Sus dedos recorrieron las líneas de tinta con un respeto casi sagrado.
—Es hermoso... —susurró ella, y por primera vez en veinticuatro horas, Matías relajó los hombros—. Esta simetría... requiere una mente muy ordenada para no volverse loca con tantos detalles.
—Es un diseño neoclásico —explicó Matías, y una chispa de la pasión que Julián siempre le criticaba asomó en sus ojos—. El problema es que el paso del tiempo ha desviado las cargas estructurales. Si no reforzamos las columnas del ala este, todo el techo colapsará en menos de cinco años.
Clara lo miró de reojo, notando cómo la tensión desaparecía de su rostro cuando hablaba de su trabajo.
—Entonces tienes una gran responsabilidad, arquitecto —dijo ella, con una sonrisa ligera y libre de segundas intenciones—. Estás sosteniendo el pasado para que no se caiga.
Ese comentario caló hondo en Matías. No era un halago vacío, ni las exigencias de su padre; era alguien que validaba su intelecto.
—Algo así —respondió él, devolviéndole la sonrisa por primera vez en el día, olvidando por un instante que se suponía que debía estar huyendo de ella.
Esa noche no interactuaron más, cuando él terminó su videollamada y regresó al cuarto Clara ya estaba profundamente dormida. Matías se quedó observándola más de lo que debía.
—Me hubiera encantado conocerte antes que él —susurró dejando un beso suave sobre la frente de ella. Y aunque sabía que no debía ni siquiera imaginarse junto a Clara, el arquitecto sucumbió ante la fantasía.
Para el sábado, la suite se había vuelto demasiado pequeña para la corriente eléctrica que corría entre los dos. Cada roce accidental al pasar el vaso de agua o al ayudarla a ponerse de pie se sentía como un chispazo. Matías seguía luchando contra sí mismo, pero la rigidez se estaba agrietando.
Clara decidió que era hora de cambiar el tablero de juego. El encierro de la suite gritaba intimidad conyugal, un terreno donde Matías se sentía un traidor. Necesitaban un territorio neutral donde él pudiera relajarse.
—Abajo —anunció Clara esa tarde, cuando él entró a revisar cómo seguía de la pierna. La muchacha llevaba unos pantalones cómodos y una camisa de lino que le daba un aire más informal, menos de "esposa seductora" y más de compañera.
—¿Abajo? —repitió Matías—. El médico dijo...
—El médico dijo que caminara tramos cortos si el dolor era tolerable —lo interrumpió ella, tomando su bastón—. Y si paso una hora más mirando este techo, voy a empezar a pintar las paredes con los dedos. Bajemos al salón principal. Hay más luz, y tú podrás trabajar en esa mesa de centro enorme en lugar de tener los planos arrugados en el escritorio.
Matías la observó. Había determinación en sus ojos, pero también un cansancio real del aislamiento. Sintió una punzada de culpa; la farsa que él ayudaba a sostener la tenía prisionera.
—Está bien —cedió—. Pero yo te ayudo a bajar las escaleras. Sin discutir.
El descenso fue lento. Matías la sostuvo firmemente por la cintura, y aunque Clara sintió la rigidez inicial de sus músculos, esta vez él no se apartó como si se hubiera quemado. Al llegar al gran salón, el espacio abierto pareció liberar una presión invisible.
Matías retiró las fundas de los sillones de terciopelo y esparció sus herramientas: el escalímetro, los lápices de grafito, las reglas. Clara se acomodó en el sofá opuesto con un bloc de hojas en blanco que había encontrado en la biblioteca.
Durante las siguientes horas, no hubo estrategias verbales. El silencio se llenó con el rasguño del lápiz de Clara sobre el papel y el roce del escalímetro de Matías. De vez en cuando, Matías levantaba la vista y la descubría concentrada, con un mechón de cabello cayendo sobre su rostro, borrando un trazo con el ceño fruncido. Ya no parecía la mujer enigmática y peligrosa que lo había arrinconado bajo la luz de las velas; parecía una mujer recuperando un pedazo de su alma.
La barrera del miedo terminó de caer cuando Matías, absorto en su propio mundo, soltó un bufido de frustración y dejó caer el lápiz sobre la mesa.
—No cuadra —gruñó, frotándose las sienes—. Los planos originales de 1910 mienten en las medidas del escenario.
Clara levantó la vista del bloc y lo miró con una diversión limpia, genuina.
—¿El gran Matías Salvatierra derrotado por un papel de hace un siglo? —bromeó, con una risa suave que resonó en el salón vacío.
Matías la miró, sorprendido por la burla, y una sonrisa involuntaria se le escapó de los labios.
—No te burles, Clara. Es una crisis de ingeniería.
—A ver, muéstrame tu crisis señor arquitecto...
Matías, sin pensarlo, se deslizó del sillón y se sentó en la alfombra, justo a los pies del sofá donde ella estaba, para quedar a su altura y poder extender el plano entre ambos. El muro se había derrumbado por completo, sustituido por un momento compartido, luminoso y cómodo.