Cuatro años atrás, el amor entre Miriam Bianchi y Adam Ricci parecía inquebrantable… hasta que una traición los separó de la forma más cruel. Lo que Miriam no sabe es que detrás de su dolor se esconde un nombre que aún la persigue en silencio y Elisa Moretti, la mujer que manipuló cada pieza para destruirlos.
Ahora, el destino vuelve a cruzar sus caminos. Miriam ha reconstruido su vida con esfuerzo, apoyada por su leal amiga Lionela Conti, mientras Adam, consumido por el arrepentimiento, intenta llenar el vacío con ayuda de su inseparable amigo Francisco Romano. Pero hay heridas que nunca sanaron… y secretos que nunca salieron a la luz.
Cuando la verdad comienza a revelarse, el pasado amenaza con repetir la misma tragedia. ¿Podrá el amor sobrevivir a la traición? ¿O será demasiado tarde para recuperar lo que una vez fue perfecto?
Porque hay historias que no terminan… solo esperan el momento de volver a comenzar.
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Capitulo 7
La fiesta bullía de risas y música alegre, pero para Miriam todo ruido se apagó de golpe. Fue como si alguien hubiera presionado el botón de pausa en el mundo entero. Allí, entre la gente, estaba él: Adam. Después de cuatro largos años, ya no era un recuerdo lejano, sino real, de carne y hueso, mirándola con esa misma intensidad que una vez le hizo temblar el alma.
—Respira, Miriam, por favor, respira —le susurró Lionela al oído, apretándole el brazo para darle ánimo—. No huyas… solo enfréntalo.
Ella apenas podía responder. Sentía las piernas débiles y la sangre golpeándole fuerte en los oídos. Al otro lado de la sala, Francisco también sostenía a su amigo, porque Adam parecía a punto de derrumbarse igual que ella. Sin decir palabra, impulsados por una fuerza invisible, comenzaron a acercarse lentamente, abriéndose paso entre la gente como si nadie más existiera. Cuando por fin estuvieron cara a cara, el aire se volvió denso, cargado de todo lo que callaron durante años.
—Miriam… —empezó Adam, con la voz ronca y temblorosa, llena de emoción contenida—. Soñé mil veces con volver a verte, pero siempre pensé que sería solo eso… un sueño. Verte aquí, parada frente a mí… es algo que me desarma por completo.
—Para mí también es una sorpresa inmensa —respondió ella, tratando de mantenerse firme aunque su mirada lo recorría con ansia—. Han pasado cuatro años, Adam. Cuatro años enteros intentando borrarte… y bastó un segundo para que todo volviera a estar igual.
—¡Cuatro años perdidos! —suspiró él con amargura, y sus ojos se llenaron de una tristeza profunda—. No sabes cuántas veces quise ir a buscarte. Cada día sin ti fue como vivir a medias, como si me hubieran arrancado la parte más importante de mi ser.
—Yo traté de ser feliz, de estar tranquila —confesó ella, con lágrimas empezando a brillar—. Me dije a mí misma que estaba mejor así, lejos del dolor y de la mentira. Pero ahora que te veo aquí, tan cerca… me doy cuenta de que solo estaba engañándome a mí misma. Nunca dejé de sentir esto, aunque me costara la vida.
—Y yo nunca dejé de amarte —aseguró él, con voz firme, respetando su espacio aunque sus manos temblaban por abrazarla—. Mientras tú reconstruías tu vida, yo solo intentaba sobrevivir a la ausencia de la mía. Nada tuvo sentido, nada brilló como antes, porque tú siempre fuiste la luz de todo lo que yo hacía.
Miriam quiso responder, quiso decir mil cosas, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Bastaba mirarlo para entender que, a pesar del tiempo, la distancia y todo lo que les habían hecho creer, el amor seguía allí: intacto, profundo y más fuerte que nunca, latiendo desbocado en el silencio de aquella mirada compartida.
Ninguno de los dos apartaba la mirada. Era como si quisieran leerse el alma para recuperar todo lo que se habían perdido en estos cuatro años.
—Sigues teniendo esa misma mirada… —murmuró Adam, casi sin querer, con la voz quebrada—. La que una vez me prometió amor eterno y que ahora me mira con tanta tristeza.
—Y tú sigues provocando en mí lo mismo de siempre —admitió ella al fin, rindiéndose ante la verdad—. Pensé que el tiempo habría cambiado todo, que ya no sentiría este fuego al verte… pero me equivoqué. Mi corazón te reconoció antes incluso de que pudiera pronunciar tu nombre.
—Ojalá pudiera detener el tiempo ahora mismo —susurró él, acercándose un milímetro más—. Solo para quedarme aquí, mirándote, sintiendo que existes de verdad. Todo lo demás… el ruido, la gente, los años de dolor… nada importa si estás tú enfrente.
—Me da miedo —confesó Miriam bajando un poco la vista—. Me da miedo ver que una sola mirada tuya puede desmoronar todo lo que me costó tanto levantar.
—A mí también me da miedo —reconoció él con sinceridad—. Pero más miedo me da pensar que podría haberme ido sin volver a decirte: te amo, Miriam. Todavía te amo con la misma fuerza y locura que el primer día.
Las palabras quedaron flotando entre ellos, claras y valientes, desafiando al tiempo, a la distancia y a todo lo que intentó separarlos. Y por un instante, en medio de esa fiesta llena de gente, solo existieron ellos dos y esa verdad que ni el dolor ni los años habían logrado matar.
Lo más seguro es que al final se queden juntos, pero mientras que ella sufra cómo lo hizo sufrir a él por no confiar en su amor.
Entonces la que amaba menos era ella. Y su inseguridad y baja autoestima la hace ser crédula y tonta.