Cinco años después de haber sido absuelta por la misteriosa muerte de sus dos primeros esposos, la enigmática Rubí Vicentelli regresa al ojo de la tormenta pública al anunciar su tercer matrimonio con Julián, un millonario cuya fortuna promete salvar de la ruina a la aristocrática pero decadente familia Vicentelli. Sin embargo, la noche de bodas se convierte en un matadero cuando Julián aparece colgado del candelabro principal de la mansión.
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Capitulo 19
El pasillo del manicomio está sumido en una luz de neón parpadeante que zumba con frialdad. El suelo de linóleo blanco refleja la sombra de dos figuras que avanzan sin prisa, ignorando las cámaras de seguridad que, extrañamente, titilan y se apagan a su paso. El olor a cloro del hospital es sofocado en un segundo por una densa ola de sándalo y humedad de cripta.
Valeria está acurrucada en una esquina de su celda acolchada. No duerme; con un hilo suelto de su camisa de fuerza, intenta dibujar un círculo en el suelo.
La puerta de hierro se abre sin hacer ruido.
Valeria levanta la mirada. Sus ojos desorbitados se clavan en la Mujer del Velo Negro y su cómplice. Por primera vez en meses, el rostro de Valeria no muestra demencia, sino una lucidez infantil y desgarradora. Sabe que el final ha llegado.
—Vinieron por la partitura... —susurra Valeria, con lágrimas puras y cristalinas corriendo por sus mejillas—. Ya no quiero cantar más, por favor... me duele mucho la cabeza.
La mujer de luto se arrodilla frente a ella. Con una mano con guantes de encaje negro, le acaricia la mejilla con una ternura espantosa, mientras su cómplice la sujeta con firmeza pero sin brusquedad, como quien consuela a un niño antes de un sacrificio. Valeria no grita. Solo deja escapar un gemido ahogado de profunda resignación humana mientras el filo plateado del bisturí brilla bajo la luz de neón. La crueldad es absoluta, un acto satánico y silencioso en medio de la fría madrugada.
***
El detective Marcano cae de rodillas en el linóleo ensangrentado. Su bastón rueda hasta golpear la pared. Sostiene la nota con dedos temblorosos, con la voz rota y ahogada por las lágrimas.
—¡No ella... Dios mío, ella no! Era solo una niña... ¡Una niña que no le hacía daño a nadie! ¿Por qué le hicieron esto? ¡¿Por qué tanta saña?!
Samtina se arrodilla a su lado, perdiendo por completo la rigidez de su placa. Abraza a su padre por los hombros, llorando con desesperación mientras mira el vientre abierto de Valeria.
—Papá, mírame... no mires la nota. ¡Sáquenlo de aquí, por favor! ¡Diviana, saca a mi papá! Esto no es un crimen, ¡esto es una carnicería! ¡Maldita seas, Rubí! ¡Te juro por mi vida que me vas a pagar este cuerpo!
El fiscal Diviana retrocede hasta chocar con el umbral de la puerta. Se quita los lentes, limpiándose el sudor frío de la frente, con los ojos inyectados en pánico mientras lee el papel ensangrentado sobre los lirios marchitos.
—"¿La hija del mal, siempre mueren al final?"... Detective, mire esto. Esto no es solo para amedrentar. Es una firma. Estaban buscando el vientre... el vientre de la familia. Esto no lo hizo una sola persona. Hay un odio satánico detrás de este bisturí.
Samtina grita con furia desde el suelo, con el rostro desfigurado.
—¡Me importa un demonio su perfil psicológico, Fiscal! ¡Mataron a Valeria dentro de una celda custodiada! ¡Nadie está a salvo! ¡Ese monstruo se está burlando de nosotros en nuestra propia cara!
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Elena escucha la descripción del hallazgo. Sus ojos se abren de par en par antes de soltar un alarido animal que desgarra las paredes de la mansión. Se desploma en el mármol, de rodillas, golpeando el suelo con sus palmas con un dolor de madre real.
—¡¡Nooo!! ¡Mi hija no! ¡Valeria, mi pedazo de alma! ¡Me la quitaron... me la abrieron como a un animal! ¡Fue ella! ¡Fue la maldita de luto porque yo fui a visitarla! ¡Me la cobraron a mí!
Alejandro da un paso atrás, sosteniendo a Rubí del brazo con tanta fuerza que sus nudillos se ponen blancos. El pánico le deforma las facciones.
—¿Cómo que el estómago abierto, Fiscal? ¡Dígame que es una mentira! ¡Estaba en un hospital psiquiátrico! ¡Yo pagué a los guardias para que nadie entrara! ¡¿Dónde estaba la seguridad?!
—La seguridad no impide que la figura actue Alejandro —responde el fiscal Diviana con profunda lástima—. Dejaron los lirios que su madre le llevó ayer dentro del cuerpo. Y esa nota. ¿Sabe lo que eso significa? Que el asesino sabe exactamente cada movimiento que hacen dentro y fuera de esta casa.
Rubí se zafa del agarre de Alejandro, con el rostro pálido y lágrimas reales corriendo por sus mejillas. Mira a Elena tirada en el suelo en medio de su drama brutal.
—Elena... lo siento tanto. Por Dios, esto ya pasó los límites de la herencia. Samuel, Henrique... y ahora Valeria. ¡Estamos malditos! ¡Ese vestido blanco que me puse ayer está empapado con la sangre de tu hija! ¡Nos van a matar a todos, Alejandro! ¡Nadie va a quedar vivo en este cementerio!
Altagracia se apoya con fuerza en su bastón de oro, mirando hacia el techo de la mansión con una fijeza sepulcral y una voz gélida que hace callar el salón.
—Es el precio de la sangre, Rubí. La muñeca de negro que encontré en el cuarto viejo... la infancia de Elena regresó para cobrarnos los fraudes de Arturo. Dios nos ampare, porque el hombre del luto ya no viene por el dinero... viene por nuestras almas.
Elena sigue golpeando el suelo, deshecha en un llanto que arrastra el sufrimiento de toda la casa, cerrando el capítulo en el punto más asfixiante para todos.
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