la vida de Giovanna no era color de rosa, pero la noche en que todo cambió descubrió que aquella persona que debería haberla protegido, la había condenado.
¿que ocurre cuando el monstruo arrastra consigo a la persona que mas amas en este mundo? ¿puedes perdonar que alguien te arrebate a tu madre por error?
Aleksei creyó que estaba vengando a su hermana, pero descubrió su error y ahora debe pagar las consecuencias.
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las grietas de un hogar perfecto
La tarde caía lentamente sobre las calles empedradas del pequeño pueblo italiano cuando Giovanna Rossi dobló la esquina que conducía a su casa.
Por primera vez en semanas se sentía ligera.
Había pasado el día con sus amigas recorriendo tiendas, tomando café y hablando de todo aquello que ocupaba la mente de chicas de su edad: universidades, viajes, chicos y sueños imposibles.
Durante unas horas había conseguido olvidar.
Olvidar los gritos.
Olvidar los silencios.
Olvidar el miedo.
Una sonrisa suave apareció en sus labios mientras observaba la pequeña bolsa de papel que sostenía entre las manos.
No era gran cosa.
Solo un pañuelo de seda color lavanda que había visto en el escaparate de una tienda artesanal.
Su madre lo había admirado durante semanas cada vez que pasaban por allí.
Nunca se lo compraría para sí misma. Siempre decía que había cosas más importantes en las que gastar el dinero.
Por eso Giovanna había usado parte de sus ahorros para comprarlo.
Quería sorprenderla.
Quería verla sonreír.
Dios sabía que últimamente sonreía muy poco.
La fachada de la casa apareció al final de la calle.
Desde afuera parecía perfecta.
Las flores del balcón seguían floreciendo.
Las ventanas brillaban limpias bajo la luz dorada del atardecer.
Era el tipo de hogar que aparecía en las postales.
La gente veía aquella casa y pensaba que dentro vivía una familia feliz.
La gente se equivocaba.
Giovanna apretó la bolsa contra su pecho.
Había aprendido hacía mucho tiempo que las apariencias podían ser mentirosas.
Especialmente cuando se trataba de su padre.
Cuando era pequeña lo había admirado.
Lo veía como un hombre fuerte. Importante. Respetado.
Ahora solo sabía que era un hombre al que debía evitar cuando estaba enfadado.
Y últimamente parecía enfadado casi todo el tiempo.
Subió los escalones de la entrada y abrió la puerta.
El aroma a pan recién horneado y canela la recibió de inmediato.
La cocina.
Su madre estaba en la cocina.
Siempre estaba en la cocina.
Era el único lugar de la casa que todavía se sentía seguro.
Giovanna dejó su bolso sobre una silla y caminó hacia allí.
—¿Mamá?
—Aquí estoy, tesoro.
La voz llegó acompañada por el sonido de una cuchara golpeando suavemente una olla.
Al entrar, encontró a su madre preparando la merienda.
Lucía hermosa como siempre.
El cabello oscuro recogido de manera sencilla.
Un vestido azul claro.
Las mangas arremangadas hasta los codos.
Pero algo estaba mal.
Giovanna lo supo al instante.
Porque conocía cada gesto de aquella mujer.
Cada sonrisa.
Cada mirada.
Y aquella sonrisa estaba fingida.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—¿Pasar? Nada.
—Mamá.
La mujer apartó la vista.
Eso fue suficiente respuesta.
Giovanna dejó la bolsa sobre la mesa.
—Antes de que cambies de tema.
Tengo algo para ti.
Su madre parpadeó sorprendida.
—¿Para mí?
—Ábrelo.
La mujer tomó la bolsa con curiosidad.
Cuando sacó el pañuelo de seda, sus ojos se abrieron ligeramente.
—Giovanna...
—Lo sé. No era necesario. Hay cosas más importantes. No debería gastar dinero. Ya escuché todo el discurso en mi cabeza.
Una pequeña risa escapó de los labios de su madre.
La primera risa sincera que Giovanna había escuchado en días.
—Es precioso.
—Lo vi y pensé en ti.
Durante unos segundos ninguna de las dos habló.
Entonces Giovanna vio el brillo húmedo en los ojos de su madre.
Su corazón se encogió.
No.
Aquello no era emoción.
Aquello era algo más.
—Has estado llorando.
La sonrisa desapareció del rostro de la mujer.
—No.
—Sí.
—Giovanna...
—¿Qué pasó?
Su madre bajó la mirada hacia el pañuelo.
—Nada importante.
—Si te hizo llorar, es importante.
La mujer respiró profundamente.
Por un instante pareció querer decir algo.
Algo grande.
Algo que llevaba demasiado tiempo guardando.
Pero al final negó con la cabeza.
—Solo estoy cansada.
Mentira.
Giovanna lo supo.
La conocía demasiado bien.
Aquella tristeza venía de mucho más lejos.
Quizás de meses.
Quizás de años.
Y tenía la sensación de que todo estaba relacionado con su padre.
Siempre terminaba relacionado con él.
Su trabajo.
Sus viajes.
Las llamadas nocturnas.
Los hombres desconocidos que aparecían a cualquier hora.
Las discusiones que creían que ella no escuchaba.
Las puertas cerradas.
Los secretos.
Demasiados secretos.
—Mamá...
Un estruendo interrumpió la conversación.
La puerta principal acababa de cerrarse de golpe.
El sonido resonó por toda la casa.
Las dos mujeres se quedaron inmóviles.
Giovanna sintió que el estómago se le hundía.
Conocía perfectamente aquel sonido.
Su padre había regresado.
Y estaba furioso.
Los pasos pesados atravesaron el recibidor.
Lentos.
Firmes.
Amenazantes.
Su madre apretó el pañuelo entre las manos.
El miedo cruzó fugazmente por su rostro antes de desaparecer.
Pero Giovanna lo había visto.
Lo veía siempre.
La expresión de alguien que caminaba constantemente sobre cristales rotos.
—Sube a tu habitación —susurró su madre.
—No.
—Giovanna.
—¿Qué ocurrió esta vez?
Los pasos se acercaban.
Cada vez más.
Cada vez más cerca.
—Nada que deba preocuparte.
—Siempre dices eso.
—Porque quiero protegerte.
La puerta de la cocina se abrió de golpe.
El silencio cayó sobre la habitación.
Giovanna giró lentamente la cabeza.
Su padre estaba allí.
Alto.
Imponente.
Vestido con un traje oscuro que parecía demasiado caro para alguien que, supuestamente, trabajaba en negocios de importación.
Sus ojos recorrieron la cocina.
Primero a su esposa.
Después a su hija.
Y finalmente al pañuelo de seda.
Algo oscuro cruzó por su expresión.
Algo que hizo que el corazón de Giovanna latiera más rápido.
—¿Interrumpo algo?
Nadie respondió.
Porque todos sabían que aquella pregunta no era realmente una pregunta.
Era una advertencia.
Y por primera vez en mucho tiempo, Giovanna tuvo la sensación de que algo terrible estaba acercándose a sus vidas.
Como una tormenta que todavía no había llegado.
Pero que ya podía olerse en el aire y la tensión en el ambiente cortaba cualquier respiración.