Todos sabían que Víctor Moreira se había convertido en un hombre solitario tras su reciente y complicado divorcio con Ángela. Desde entonces, se había concentrado exclusivamente en una sola cosa: ser un padre intachable, enfocado en su trabajo y, sobre todo, en proteger el bienestar de su hija Angélica, una adolescente de quince años.
Pero nadie sabía sobre esos deseos sexuales que se encendieron con cada mirada recibida por Cecilia Morales, su nueva secretaria de veinte años. Una joven que fingía ser tímida, discreta y sumamente profesional ante el mundo, cuando en realidad ocultaba fantasías intensas y deseaba a ese hombre mayor y con autoridad solo para ella.
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Capitulo 20
El martes por la tarde trajo consigo una densa capa de nubes que oscureció los ventanales del piso doce, un reflejo exacto de la tormenta familiar que Víctor Moreira intentaba contener. La madurez y el porte implacable de un hombre de treinta años se ponían a prueba ya no en la sala de juntas, sino en el salón de su propia casa. Angélica, su adorada hija de quince años, había comenzado a mostrar una faceta rebelde que Víctor desconocía por completo. Los portazos, las respuestas cortantes y las escapadas misteriosas después del colegio —con la excusa de ver a aquel chico «supuestamente decente» de su clase de literatura— se habían vuelto una constante que amenazaba con romper el equilibrio que él tanto había luchado por construir tras el divorcio.
En la recepción de la empresa, Cecilia Morales lo observaba todo con esa mirada dócil pero sumamente perceptiva. Llevaba una blusa de satén color rosa viejo que se ceñía con delicadeza a su silueta y una falda lápiz gris marengo con una abertura trasera que revelaba la seda de sus medias de nylon con cada movimiento. Siguiendo la regla de oro de mantener las apariencias, Cecilia continuaba siendo la asistente impecable, pero el lazo invisible que la unía a su jefe debajo de las sábanas de la discreción corporativa la mantenía en un estado de alerta constante.
A las cinco de la tarde, Víctor salió de su despacho. No traía el saco puesto, y la camisa blanca tenía los primeros dos botones desabrochados, revelando la firmeza de su pecho ancho. Su mandíbula estaba tan apretada que delataba la tensión acumulada del día. Caminó con paso firme hacia el escritorio de Cecilia, deteniéndose a una distancia estrictamente profesional, aunque sus ojos oscuros la devoraron con una posesividad dominante en un parpadeo.
—Señorita Morales, cancele mi última reunión de mañana. Necesito estar en casa temprano —ordenó Víctor. Su voz profunda, áspera y cargada de autoridad resonó en el pasillo vacío—. Angélica volvió a desafiar mis horarios ayer. Ha estado insoportable con esta repentina rebeldía y no voy a permitir que destruya el orden que tanto nos costó conseguir.
Cecilia levantó la vista, sosteniéndole una mirada cargada de un atrevimiento salvaje que solo él sabía provocar.
—Entendido, señor Moreira —respondió con un hilo de voz sumiso—. ¿Desea que redacte un memorándum de su ausencia para los socios, o se encargará usted personalmente?
Víctor dio un paso imperceptible hacia el mostrador de mármol, bajando el tono a un murmullo ronco que le erizó la piel a Cecilia.
—Me encargaré yo. Y escucha bien, Cecilia... esta situación con mi hija me obliga a ser más estricto que nunca. Los límites en mi vida ahora van a ser inquebrantables, y eso te incluye a ti y a nuestra relación. No podemos permitirnos ni un solo descuido en esta oficina. Si Angélica sospecha algo, usará este secreto como un arma en mi contra. A partir de hoy, las reglas que te impuse debajo de las sábanas se duplican. Tu obediencia debe ser absoluta.
A Cecilia se le aceleró el pulso a mil por hora. Lejos de asustarla, la imposición de nuevos límites estrictos y el tono autoritario de su jefe encendían de inmediato cada uno de sus fetiches ocultos. Le fascinaba saber que, incluso en mitad de su crisis familiar, Víctor la reclamaba como una posesión exclusiva que debía proteger y dominar con superioridad natural.
—Mis pensamientos y mi cuerpo siguen bajo sus órdenes, señor —le aseguró ella en un susurro ardiente, mordiéndose el labio inferior de esa manera que sabía que lo desquiciaba.
Víctor apretó el puño sobre la madera, conteniendo el impulso salvaje de arrastrarla a su despacho detrás del cristal polarizado, y regresó a su oficina para recoger sus pertenencias, dejando el ambiente cargado de una tensión sexual insoportable.
Sin embargo, el destino tenía otra jugada preparada para complicar los términos de su romance secreto.
Al dar las seis de la tarde, el personal del piso doce comenzó a retirarse, dejando la recepción sumida en esa penumbra silenciosa que Cecilia ya conocía muy bien. Ella comenzó a guardar sus cosas en el bolso, lista para marchar, cuando el sonido de las puertas del ascensor interrumpió sus movimientos. Cecilia se enderezó, esperando ver a Víctor salir para despedirse con una última mirada discreta.
Pero el hombre que emergió del ascensor no era su jefe.
Era un fantasma de su pasado: Esteban, su exnovio. El mismo hombre que la había juzgado con crueldad, el que la había llamado enferma y rara por confesarle sus fetiches de sumisión y restricción en la intimidad, estaba parado frente a ella. Vestía un abrigo informal y traía una expresión de arrepentimiento ensayada que a Cecilia le revolvió el estómago.
—Hola, Ceci... —dijo Esteban, avanzando hacia el mostrador con paso indeciso—. Sé que es una sorpresa que esté aquí, pero... no he dejado de pensar en ti desde que terminamos. Fui un idiota, Ceci. No debí reaccionar de esa manera cuando me abriste tu corazón. He vuelto para pedirte perdón y para intentar conquistarte otra vez. Estoy dispuesto a aceptar lo que quieras con tal de tenerte de vuelta.
Cecilia sintió una oleada de frialdad absoluta. Miró a Esteban y, por primera vez, se dio cuenta de lo patético que se veía en comparación con la imponente presencia física y la madurez de Víctor. Esteban era un niño intentando jugar a complacerla; Víctor, en cambio, era el hombre que la dominaba de verdad, el que le daba órdenes que ella no podía rechazar y la hacía sentir completa.
—Esteban, te pedí que no volvieras a buscarme —respondió Cecilia con una frialdad letal, manteniendo su distancia y cruzándose de brazos—. Mi vida cambió por completo y no hay espacio para ti en ella. Te sugiero que te vayas antes de que llame a seguridad.
—Por favor, Ceci, solo dame una oportunidad para demostrarte que puedo cambiar —insistió Esteban, estirando la mano con descaro para intentar tocar el brazo de ella por encima del mostrador.
—¡Dijo que te largues! —la voz profunda, gélida y cortante de Víctor irrumpió en la recepción como un latigazo.
Víctor había salido de su despacho justo a tiempo para presenciar el atrevimiento del intruso. Su porte de jefe implacable se elevó a su máxima potencia. Caminó a pasos largos y seguros, interponiendo su imponente contextura física de treinta años entre Esteban y Cecilia, acorralando visualmente al exnovio con una mirada oscura inyectada de furia posesiva.
—¿Quién es usted y qué derecho tiene a acosar a mi asistente ejecutiva personal en propiedad privada? —sentenció Víctor, marcando una línea infranqueable que helaba la sangre.
Esteban, intimidada por el aura de poder y la contextura robusta de Víctor, dio un paso atrás, tragando saliva con evidente nerviosismo.
—Yo... solo venía a hablar con ella. Soy su exnovio —alcanzó a decir con un hilo de voz cobarde.
—Ya no eres nada en su vida. Ella trabaja para mí y sus asuntos pertenecen a esta empresa. Si no se retira de este edificio en este mismo segundo, me encargaré personalmente de que pase la noche en una delegación por acoso. Seguridad ya está subiendo —dictó Víctor con una superioridad natural que no dejaba espacio a réplicas.
Esteban miró a Cecilia una última vez, buscando un apoyo que nunca encontró, y huyó hacia el ascensor a toda prisa, desapareciendo tras las puertas de metal.
Cuando el silencio volvió a inundar la recepción, la atmósfera se volvió densa en un parpadeo. Víctor se giró lentamente hacia Cecilia. Los celos crudos y la adrenalina de haber defendido su territorio hacían que su respiración fuera agitada. Tomó a Cecilia del brazo con una firmeza implacable y la guió de regreso al despacho principal, cerrando el pestillo con fuerza trasera.
La sentó sobre el borde del escritorio de caoba con un golpe seco pero controlado, acorralándola con sus brazos.
—Te lo advertí hoy mismo, Cecilia. Puse límites estrictos en mi vida y no voy a tolerar que tu pasado vuelva a entrometerse en lo que es mío —le susurró Víctor contra los labios, con una posesividad salvaje que la hizo temblar de placer—. Ese imbécil no volverá a poner un pie en esta empresa. Tu voluntad y tu placer me pertenecen solo a mí. ¿Quedó claro?
—Sí, señor Moreira... sí, Víctor —rogó ella en un gemido ronco, enredando sus dedos en la tela de su camisa blanca, extasiada por el delicioso peso de su dominación—. Soy completamente tuya. Haz conmigo lo que quieras esta noche.
Víctor soltó un gruñido bajo, posesivo, y mandó cualquier rastro de preocupación familiar directo al demonio. Atrapó sus lips en un beso ardiente, profundo y hambriento, mientras sus manos grandes viajaban por sus muslos bajo la falda gris marengo, reclamando cada centímetro de su piel con una confianza renovada, demostrándole que, a pesar de las hijas rebeldes y los exnovios arrepentidos, debajo de las sábanas de ese despacho, el control absoluto de sus vidas le pertenecía únicamente a la pasión que compartían en secreto.