Atenea Moretti siempre ha sido la joya más protegida de la familia Moretti. Su heterocromía la hace imposible de olvidar, y para su padre, uno de los hombres más poderosos de la mafia, ella es lo único que queda de la mujer que amó. Ocho años después de la muerte de su madre, una nueva familia entra en sus vidas. Una madrastra, dos hermanastros que cambiarán su mundo para siempre. Mientras Atenea intenta adaptarse a su nueva realidad, descubre que la muerte de su madre no fue un accidente. Entre secretos, traiciones y luchas de poder, deberá encontrar la verdad antes de que esta la destruya. Porque en la mafia, la sangre es poder. Y algunos secretos están dispuestos a matar para permanecer enterrados.
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Atenea contuvo la respiración.
Oculta detrás de la estantería, observó a la figura entrar en el despacho.
Era uno de los empleados de la mansión.
Lo había visto cientos de veces.
Trabajaba allí desde hacía años.
Nunca había llamado la atención de nadie.
Y sin embargo…
Se dirigió directamente al cajón de las cartas.
Sin dudar.
Como si supiera exactamente lo que estaba buscando.
Como si ya hubiera estado allí antes.
El hombre abrió el cajón.
Revisó su contenido.
Frunció el ceño.
Y entonces murmuró:
—¿Dónde está?
El corazón de Atenea comenzó a acelerarse.
El empleado cerró el cajón bruscamente.
Luego observó la habitación.
Una vez.
Dos veces.
Hasta que sus ojos se detuvieron en la caja metálica.
Y después…
En una pequeña fotografía que Atenea había movido accidentalmente antes de esconderse.
El hombre se quedó inmóvil.
Porque alguien había tocado aquello.
Y él lo sabía.
—Sal.
La voz sonó fría.
Peligrosa.
Atenea sintió un escalofrío.
—Sé que hay alguien aquí.
Silencio.
—Sal ahora.
Atenea comprendió algo horrible.
La había descubierto.
Intentó acercarse lentamente a la puerta.
Quizás podría escapar.
Quizás…
El piso crujió bajo sus pies.
El hombre giró inmediatamente.
Y la vio.
Durante un segundo ambos quedaron inmóviles.
Sorprendidos.
Midiéndose.
Hasta que la expresión del empleado cambió.
El miedo desapareció.
Y fue reemplazado por algo mucho peor.
Pánico.
Porque Atenea Moretti lo había descubierto.
—Señorita Atenea…
—¿Qué estaba haciendo aquí?
El hombre no respondió.
—¿Por qué revisaba las cosas de mi padre?
Silencio.
Y entonces ocurrió.
El empleado dio un paso hacia ella.
Luego otro.
Y otro más.
Demasiado rápido.
Demasiado agresivo.
Atenea retrocedió.
Instintivamente.
—No se acerque.
El hombre no escuchó.
Porque ya no estaba pensando.
Estaba desesperado.
Y las personas desesperadas son peligrosas.
La tomó del brazo.
Con fuerza.
Demasiada.
Atenea intentó soltarse.
—¡Suélteme!
—Tenía que dejarlo estar.
—¿Qué?
—¡Tenía que dejarlo estar!
El miedo atravesó su pecho.
Porque aquella reacción no era normal.
Porque aquel hombre estaba aterrado.
Como si alguien más le diera más miedo que Alessandro Moretti.
Y entonces la puerta explotó hacia adentro.
—¡SUÉLTALA!
La voz resonó como un disparo.
Uno de los guardaespaldas personales de Atenea entró a toda velocidad.
El mismo hombre que la había acompañado durante años.
El que prácticamente la había visto crecer.
Todo ocurrió en segundos.
El empleado intentó reaccionar.
Demasiado tarde.
El guardaespaldas lo golpeó contra el escritorio.
Lo inmovilizó.
Y lo redujo al suelo antes de que pudiera escapar.
—¡No se mueva!
Atenea retrocedió.
Temblando.
Con el corazón desbocado.
Minutos después el despacho estaba lleno.
Guardias.
Personal de seguridad.
Bianca.
Elena.
Matteo.
Adrián.
Y finalmente Alessandro.
Cuando Alessandro entró y vio a su hija pálida, su expresión cambió por completo.
—Atenea.
Ella apenas tuvo tiempo de responder.
Porque su padre ya estaba a su lado.
Tomándole el rostro entre las manos.
Revisando si estaba herida.
—¿Te hizo daño?
—No.
—¿Estás segura?
—Sí.
Alessandro cerró los ojos durante un segundo.
Solo uno.
Pero fue suficiente para que todos vieran cuánto se había asustado.
Luego se giró hacia el empleado.
Y toda la habitación se congeló.
Porque el Don Moretti había desaparecido.
Ahora solo estaba Alessandro.
El hombre más peligroso de la sala.
—Habla.
El empleado tragó saliva.
—Yo…
—Habla.
—No quería hacerle daño.
—Mentira.
La voz de Alessandro fue mortalmente tranquila.
—¿Quién te envió?
El hombre palideció.
—Nadie.
Alessandro sonrió.
Y eso fue peor.
Mucho peor.
—Última oportunidad.
El empleado comenzó a temblar.
Miró alrededor.
A los guardias.
A Alessandro.
Y finalmente a Atenea.
Como si quisiera decir algo.
Como si estuviera debatiéndose entre el miedo y la supervivencia.
Hasta que finalmente habló.
—No sé su nombre.
El silencio fue absoluto.
—¿Qué?
—Nunca vi su rostro.
Solo recibía órdenes.
Y dinero.
Mucho dinero.
Atenea sintió un escalofrío.
Porque aquello confirmaba lo peor.
No era un accidente.
No era paranoia.
No era imaginación.
Había alguien.
Alguien oculto.
Alguien con suficiente poder para comprar lealtades dentro de la organización Moretti.
Y ese alguien llevaba años observándolos.
Esperando.
Manipulando todo desde las sombras.
Y ahora sabía que Atenea estaba cada vez más cerca de la verdad.