Esta es una intensa novela psicológica y dramática para adultos que explora la compleja y prohibida transición emocional entre dos hermanastros que, tras años de convivencia, deben enfrentarse a sus crecientes deseos en medio de una tensión familiar ineludible
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La rotura definitiva
El alba apenas teñía de gris el horizonte cuando abandoné la casa, huyendo del aire viciado que compartía con Ji-hoon. Inventé una excusa sobre el aseo de la sala para salir temprano y, al llegar al aula vacía, me desplomé sobre mi mochila, intentando buscar un refugio en la oscuridad de mis párpados cerrados. Pero no funcionó. La imagen de ellos dos en el patio, el sobre blanco cambiando de manos, el brillo de complicidad en los ojos de ella... todo se repetía en bucle, desgarrando mi cordura.
—Hana, ¿tan temprano por aquí? —la voz de mi otra amiga me sacó del trance. Se sentó a mi lado, ajena a la guerra que libraba en mi interior—. ¿Viste el foro? ¡Es increíble! ¿No te hace feliz? Sería como si la familia se uniera aún más si ella sale con tu hermano.
Su comentario, cargado de una inocencia que me resultaba ofensiva, fue el primer golpe. "Como familia", repitió. Si ella supiera que lo que yo sentía no tenía nada que ver con la fraternidad que todos creían que nos unía, probablemente saldría corriendo. Me limité a asentir con un "claro" que sonó a cenizas, incapaz de decir una palabra más.
El verdadero infierno comenzó en el receso. Estaba en el patio cuando ambas aparecieron. Cuando la chica que le había entregado la carta se sentó a mi lado, mi autocontrol se esfumó. El veneno que había guardado toda la noche se desbordó.
—¿Tan arrastrada tienes que ser para fijarte en los hermanos de tus amigas? —lancé, con un tono gélido que hizo que el aire a nuestro alrededor se congelara.
Ella me miró, con los ojos muy abiertos por la confusión. —¿De qué hablas?
—Ja... ¿eres sorda o solo estúpida? —grité, atrayendo las miradas de los estudiantes cercanos—. Tienes cientos de hombres en este colegio, pero tenías que ir a fijarte precisamente en mi hermano. ¡Eres una maldita traidora!
—Hana, no es lo que crees, yo... —intentó defenderse, pero ya no había espacio para la razón.
—¿Tú qué? ¿Qué hacías? ¿Cómo te atreves a mirarme a la cara después de lo que hiciste? —le espeté, descargando sobre ella toda la humillación que sentía.
—¡Basta, Hana! —la voz de Ji-hoon retumbó detrás de mí. Se acercaba con paso firme, su presencia intimidante imponiéndose en la escena. Su mirada, cuando se posó en mí, no era de preocupación, sino de una dolorosa desaprobación.
—¿Basta de qué? —le respondí, enfrentándolo—. ¿Basta de que el "gran Ji-hoon" se pavonee con una de mis mejores amigas?
—Hana, no es el momento... —trató de intervenir mi otra amiga, pero Ji-hoon la cortó en seco.
—Cállate, no te metas —sentenció él, manteniendo sus ojos clavados en los míos. El aire entre nosotros estaba cargado de una electricidad oscura. Cuando volvió a hablar, su voz era un látigo—. Pídele disculpas.
Sentí que el mundo se detenía. —¿Perdón? ¿Quieres que le pida disculpas a esta zorra que intentó quitarme lo que...? —la palabra "lo que es mío" se me quedó trabada en la garganta.
—No te atrevas a llamarla así —dijo él, dando un paso al frente.
—Es una... —no pude terminar. Un chasquido seco resonó en el patio. El impacto de su mano en mi mejilla fue tan rápido como inesperado. El ardor subió por mi piel, pero el dolor físico era nada comparado con la humillación absoluta de sentir su mano sobre mí en ese contexto.
Me llevé la mano a la mejilla, sintiendo cómo las lágrimas, esta vez de pura rabia, empezaban a brotar. Lo miré a los ojos, ignorando a la multitud que ya nos rodeaba.
—Te odio —susurré, y luego grité, con toda la fuerza de mis pulmones—. ¡Te odio, te odio! ¡Ojalá te mueras!
Salí corriendo hacia el baño, ignorando las llamadas de mis amigas. El resto de las clases fueron una tortura, un borrón de voces y libros que no existían. Al llegar a casa, la cena familiar fue el escenario más irónico posible. Comimos en un silencio sepulcral, sin mirarnos, bajo la mirada preocupada de mis padres que claramente presagiaban una tormenta.
—Mañana viajaremos con papá a Seúl durante una semana —anunció mamá, rompiendo la tensión—. Ji-hoon, te encargo mucho a tu hermana.
Antes de que él pudiera abrir la boca, intervine con la frialdad de un invierno permanente.
—No se preocupen, mamá. Ya hice planes. Me quedaré en casa de mi amiga —dije, evitando mirar a Ji-hoon.
—¿Por qué no te quedas con tu hermano? —preguntó mi padre, frunciendo el ceño—. Son hermanos, deberían aprovechar el tiempo juntos.
—La paso mejor con ella —respondí, levantándome de la mesa y dejando el plato a medio terminar.
Me encerré en mi cuarto, sabiendo que al otro lado de la pared, Ji-hoon estaba escuchando cada uno de mis movimientos. Esa noche, el silencio fue mi único refugio, pero mientras me preparaba para esa semana de separación, una idea comenzó a gestarse en mi mente. La partida de mis padres no era una tregua; era el escenario perfecto para un enfrentamiento final. Mientras las maletas de mis padres se llenaban, mi corazón se vaciaba de toda compasión. La "hermanita" había muerto ese día en el patio del colegio, y lo que vendría en la próxima semana sería un juego donde, a partir de ahora, las reglas las escribiría yo. Ji-hoon quería lealtad, quería una hermana sumisa y una novia escondida... pues pronto descubriría que lo que había despertado en mí era mucho más peligroso que cualquier amor prohibido. El tablero estaba listo para la temporada de caos.