Despreciada por su linaje de serpiente y desterrada por las intrigas de una hembra celosa, Serena despierta los recuerdos de su vida pasada como médica e ingeniera agroindustrial. En lugar de dejarse morir en el bosque peligroso, decide que el barro es el mejor aliado y la ingeniería su salvación. Al rescatar al general del Clan Águila, no solo se gana el corazón de un temible y tímido depredador, sino que inicia una revolución agrícola, médica y militar que cambiará el Continente de las Bestias para siempre, desafiando las tradiciones de la poligamia y demostrando que la inteligencia es el arma más letal de todas.
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CAPÍTULO 19
Si un viajero despistado hubiera cruzado en ese momento el Bosque de la Niebla de Sangre, habría presenciado un espectáculo digno de entrar en los anales de la mitología o de la comedia involuntaria.
Empaquetar la vida de una ingeniera agroindustrial y médica empírica no era una tarea que pudiera resolverse con un par de alforjas de cuero. Serena no solo poseía ropas de lino y mantas de piel; su cueva albergaba un auténtico arsenal técnico: tres piedras de molino de sílice pulido, sacos tejidos con fibras vegetales repleto de tubérculos seleccionados por sus propiedades genéticas, hileras de frascos de arcilla y vidrio rudimentario con extractos concentrados, cañas de bambú tratadas para sistemas de tuberías y una colección de abono orgánico altamente balanceado que ella llamaba su "oro negro".
Para cualquier grupo de diez hombres normales, aquella mudanza habría requerido dos días enteros de trabajo pesado y varios carros tirados por bueyes.
Para el General Aquiles, sin embargo, era simplemente un calentamiento matutino.
—A ver, pajarito —ordenó Serena, con una libreta de corteza de abedul en la mano y un trozo de carbón para ir tachando inventario—. La piedra de molino grande va primero. Es frágil en los bordes, así que no la vayas a golpear contra la entrada.
Aquiles, que seguía vistiendo su impecable e imponente túnica de gala de seda azul oscuro —ahora con las lujosas mangas remangadas hasta los codos, dejando al descubierto unos antebrazos esculturales marcados por venas y músculos de puro acero—, se posicionó frente a la losa de piedra. La masa redonda de sílice pesaba fácilmente más de ciento cincuenta kilos.
El general ni siquiera pestañó. Se agachó con una postura marcial impecable, rodeó la piedra con sus brazos masivos y, con un leve suspiro de aire que hizo expandir su tórax de guerrero, la levantó del suelo como si estuviera sosteniendo un cojín de plumas.
Serena, apoyada contra el marco de la cueva, silbó por bajo. Sus ojos verdes recorrieron la espalda ancha de Aquiles, notando cómo la tela de seda azul se tensaba hasta el límite sobre su musculatura mientras sus colosales alas doradas y castañas se abrían levemente para mantener un equilibrio perfecto.
La mente científica de Serena, siempre propensa al análisis lógico, no pudo evitar apreciar la fuerza física pura del semidiós. Pero, sobre todo, su lado travieso detectó la oportunidad perfecta para divertirse a costa del orgulloso general de los cielos.
—Vaya, vaya... —comenzó Serena, inclinando la cabeza con una sonrisa juguetona y paso pausado mientras caminaba a su alrededor—. Tengo que admitir que ver esa masa muscular en acción es un espectáculo de ingeniería biológica fascinante. Mira nada más esos bíceps, pajarito. Se nota que no solo usas las alas para moverte. Con esa fuerza, podrías haber levantado la cueva entera si te lo pedía.
Aquiles, que caminaba hacia el claro exterior para depositar la piedra en una red de transporte especial que él mismo había tejido con cuerdas de cáñamo de alta resistencia, se congeló a mitad de paso.
El impacto de las palabras descaradas de Serena fue instantáneo y devastador para el sistema nervioso del general.
Un calor volcánico subió en picado desde su cuello directo a su rostro. Sus orejitas de plumas, siempre tan expresivas, sufrieron una metamorfosis cromática violenta, pasando de su color castaño natural a un tono rojo fluorescente tan intenso que parecía que iban a emitir luz en la penumbra del bosque.
—S-Serena... por favor... —balbuceó Aquiles, intentando mantener la compostura militar, pero sintiendo que las piernas le temblaban por la vergüenza y el abrumador deleite de escucharla alabar su cuerpo.
Al intentar dar un paso adelante para disimular su pánico social, el ala izquierda del general se sacudió involuntariamente por el nerviosismo, enganchándose con el borde de su propia capa de gala.
¡Zas!
Aquiles tropezó de forma aparatosa, dando un traspié torpe que lo hizo tambalearse hacia la derecha. Con la piedra de ciento cincuenta kilos en los brazos y el orgullo rodando por el suelo, el implacable Dios de la Guerra tuvo que dar tres saltos grotescos sobre un solo pie para no perder el equilibrio y caer de bruces sobre el barro.
—¡Cuidado, pajarito! —rio Serena, llevándose una mano a la boca para ahogar una carcajada—. No vayas a tirar mi molino. Sería una lástima que esos músculos tan grandes y bonitos se desperdiciaran por un tropiezo con tus propias plumas.
—¡No fue un tropiezo! —exclamó Aquiles con la voz un poco más aguda de lo normal, logrando apoyar la piedra en la red con un golpe sordo mientras sus orejas de plumas goteaban de puro rubor y se pegaban dramáticamente a su cabeza—. Fue... fue una maniobra de ajuste de peso. El viento de la tarde cambió de dirección bruscamente.
—Ah, claro, el 'viento de la tarde' —se burló Serena, acercándose a él y dándole un golpecito cariñoso en el hombro con su libreta de notas—. Un viento traicionero que ataca específicamente las orejas de los generales cuando reciben un cumplido.
Aquiles se pasó la mano por la cara, sintiendo que la piel le ardía. Quería esconder el rostro entre sus alas y no salir de allí en tres días, pero la sonrisa dulce y llena de vida de Serena era un imán del que no podía ni quería escapar.
—¿Qué es lo siguiente que debo llevar? —preguntó el gigante, intentando sonar severo y profesional, aunque la vibración tímida de su voz lo delataba por completo.
—El baúl de madera con los frascos de extractos concentrados —dijo Serena, guiándolo de regreso al interior de la cueva—. Pero ten mucho cuidado con ese, Aquiles. Esos recipientes contienen alcohol de alta pureza, tinturas de belladona y esencias volátiles. Si se rompen, no solo perderemos meses de trabajo, sino que la cueva entera olerá a menta y mentol durante un siglo. Se requiere la delicadeza de un cirujano.
Aquiles asintió con absoluta seriedad. La palabra "cuidado" en boca de Serena era una orden sagrada.
Se acercó al baúl de madera, una caja pesada que contenía docenas de diminutos viales de vidrio y barro, colocados cuidadosamente entre capas de paja seca. El general se arrodilló lentamente, eliminando cualquier rastro de brusquedad en sus movimientos. Con una precisión quirúrgica fascinante para alguien de su envergadura, deslizó sus enormes manos llenas de callos de espada por debajo del baúl y lo levantó con una lentitud casi mística, asegurándose de que ni un solo vial produjera el más mínimo tintineo al chocar contra otro.
Serena observó la escena, fascinada por el contraste. Ahí estaba un hombre capaz de decapitar a un monstruo de un solo aleteo o de pulverizar un batallón con su lanza, moviéndose con la sutileza de una madre sosteniendo a su recién nacido solo para proteger sus pequeños experimentos.
Un sentimiento de profunda tibieza le llenó el pecho, pero su boca traviesa no pudo quedarse callada.
—Miren nada más... —susurró Serena, inclinándose un poco hacia él mientras caminaban hacia el claro—. Tan grande, tan peligroso... y tan increíblemente delicado. Adoro a los hombres que saben manejar pesos pesados con manos suaves, pajarito. Te ves extrañamente atractivo cuando te esfuerzas tanto por obedecerme.
El ataque de coquetería fue tan directo que el procesador mental de Aquiles experimentó una sobrecarga crítica.
El color rojo fluorescente de sus orejas se extendió de inmediato por todo su cuello, subiendo hasta la punta de sus pómulos. El general se congeló en seco con el baúl en los brazos. Sintió que sus alas doradas sufrían un espasmo de puro impacto emocional, abriéndose de golpe hacia los lados.
¡Flap!
El ala derecha de Aquiles golpeó de lleno la copa de un arbusto bajo de bayas, mientras su ala izquierda se enredó torpemente con el tronco de un pino cercano. Atrapado entre la vegetación, el poderoso general del Clan Águila volvió a tropezar de forma ruidosa, teniendo que dar otro par de saltos torpes hacia atrás para mantener el baúl completamente estable en el aire y no derramar ni una sola gota de la medicina de Serena.
—¡Por las nubes celestiales! —gritó Aquiles con el rostro enterrado entre las ramas del pino, manteniendo el baúl en alto con perfecta estabilidad física a pesar del colapso social que estaba sufriendo.
Serena ya no pudo contenerse más y soltó una carcajada estruendosa, apoyándose contra una roca mientras se sostenía el estómago de tanto reír.
—¡Tres tropiezos en diez minutos, General! —se burló Serena, caminando hacia él para ayudarlo a desenganchar sus alas de las ramas—. Vas a batir un récord militar hoy. Si sigues así, el abeto te va a adoptar como parte del follaje.
—Serena... te lo suplico... no me digas esas cosas mientras llevo carga frágil —gimió Aquiles, con los ojos dorados suplicantes y sus orejitas de plumas agitándose con una mezcla de vergüenza y adoración incondicional—. Mi corazón no está entrenado para resistir tus ataques tácticos verbales.
—Oh, ¿así que esto es un 'ataque táctico'? —preguntó Serena con los ojos brillando de picardía mientras liberaba una de sus plumas doradas de una rama de pino—. Pues prepárate, porque en las alturas voy a tener todo el día para recordarte lo mucho que me gusta verte trabajar para mí.
Aquiles tragó saliva, sintiendo que sus alas se erizaban por completo ante la promesa implícita en sus palabras.
Tras una hora más de trabajo pesado —en la que el general cargó la estructura de bambú, los sacos de compostaje y las herramientas sin volver a tropezar, aunque con las orejas permanentemente rojas—, todo el laboratorio improvisado de Serena quedó perfectamente empaquetado y asegurado en la gigantesca red de transporte militar que Aquiles llevaría volando.
El espacio de la cueva, que durante meses había sido el refugio seguro de la joven serpiente exiliada, quedó finalmente vacío.
Serena se quedó de pie en la entrada, mirando por última vez el suelo de piedra donde había cocinado, la fogata apurada y la repisa donde solía guardar sus plantas. Una sutil melancolía cruzó su rostro por un segundo; después de todo, aquel lugar oscuro le había salvado la vida cuando su propio clan la arrojó a la muerte.
Aquiles, notando el cambio de aire en la joven, caminó en silencio hasta colocarse a su lado. Se despojó de su manto de gala y lo acomodó suavemente sobre los hombros de Serena, envolviéndola en el calor de su tejido y el aroma a resina y sol que emanaba de su ropa.
—Este lugar te dio refugio cuando el mundo te dio la espalda —dijo Aquiles con voz suave, mirando el interior de la cueva—. Pero ya no necesitas esconderte en la sombra de las rocas, Serena. El cielo es demasiado grande como para que una estrella tan brillante viva bajo tierra.
Serena ajustó la capa sobre su pecho, sintiendo cómo el calor de Aquiles la rodeaba por completo. Miró al gigante de dos metros, cuya piel morena aún conservaba un ligero matiz rosado en las mejillas y cuyas orejas de plumas la miraban con una lealtad absoluta, y la melancolía se evaporó instantáneamente.
—Tienes razón, pajarito —dijo Serena, dándole un apretón cariñoso a su mano—. Es hora de subir a las alturas y enseñarle a tu clan cómo se revoluciona un territorio. Pero si me mareo en el viaje, te prometo que voy a usar tu capa de gala como pañuelo.
Aquiles sonrió con una ternura infinita, entrelazando sus largos dedos con los de ella mientras sus alas se desplegaban listas para el salto.
—Puedes usar mi capa, mis alas o mi pecho como refugio, Serena. Todo lo que soy es tuyo.
Con el laboratorio empaquetado, la carga asegurada y dos corazones latiendo al mismo ritmo bajo el sol de la tarde, el gigante de los cielos y la ingeniera de la tierra se prepararon para emprender el vuelo hacia la mayor aventura de sus vidas.