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La Menor De Los Sergeyev

La Menor De Los Sergeyev

Status: En proceso
Genre:Mafia / Omegaverse / Romance
Popularitas:328
Nilai: 5
nombre de autor: milu carrera

Isabella Sergeyev huyó de Rusia después de la muerte de su abuela, cargando una culpa que la convirtió en una alfa fría y despiadada. Tres años después, un problema relacionado con la explotación de omegas la obliga a regresar al mundo que abandonó. Pero entre enemigos ocultos, secretos y una guerra que crece en silencio, Sasha se convierte en la única persona capaz de romper las murallas que Isabella construyó alrededor de sí misma.

NovelToon tiene autorización de milu carrera para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 20

La ciudad seguía gris, pero ya no parecía inmóvil.

 Había algo en el ambiente, una tensión sutil que no se veía, pero se sentía en cada decisión, en cada silencio, en cada mirada que se sostenía un segundo más de lo necesario. Moscú no se detenía nunca, pero había momentos en los que parecía contener la respiración.

 Este era uno de ellos.

 Isabella lo percibía con claridad.

 No era intuición. Era experiencia.

 Durante los días siguientes al descubrimiento de la red financiera, no hubo ataques directos. Ningún disparo, ninguna explosión, ningún movimiento visible de Volkov. Pero eso no la tranquilizaba. Al contrario.

 El silencio de un enemigo inteligente nunca es vacío.

 Es preparación.

 Desde el hospital, Isabella continuaba moviendo piezas con una precisión que ya no tenía nada de impulsiva. No cerró más negocios. No presionó más cuentas. Detuvo todo avance agresivo.

 Observó.

 Y en esa observación empezó a ver lo que antes no estaba claro.

 Las empresas que habían financiado al guardia no solo estaban conectadas entre sí: estaban protegidas. Cada vez que intentaban rastrear un nivel más profundo, encontraban capas diseñadas para desviar, fragmentar y ocultar.

 No era improvisación.

 Era arquitectura.

 Aleksander se lo confirmó una noche, entrando a la habitación con un nivel de seriedad poco habitual incluso en él.

 —No es solo Rusia.

 Isabella levantó la vista desde el documento que estaba revisando.

 —Explícate.

 —Las mismas estructuras aparecen en Europa del Este… y en parte de Asia. No con el mismo nombre, pero con el mismo patrón.

 Isabella dejó el documento sobre la mesa.

 —Entonces no estamos mirando a un hombre.

 —No —respondió Aleksander—. Estamos mirando a alguien que lleva años construyendo esto.

 Sasha escuchaba en silencio desde la cama. Ya podía sentarse sin ayuda y caminar distancias cortas, aunque el dolor todavía estaba presente. Pero su atención ya no estaba en su recuperación.

 Estaba en la conversación.

 —Eso significa que nosotros no éramos el objetivo principal —dijo.

 Isabella giró levemente el rostro hacia ella.

 —No al principio.

 Sasha sostuvo su mirada.

 —Entonces ¿qué somos ahora?

 Isabella no respondió de inmediato.

 Pero cuando lo hizo, su voz fue firme.

 —Una variable que no esperaban.

 El silencio que siguió no fue incómodo.

 Fue claro.

 Porque todos entendieron lo mismo: alguien había iniciado un juego mucho antes de que Isabella regresara a Rusia. Y ahora ella estaba dentro.

 Esa misma noche, el primer movimiento llegó.

 No fue violento.

 No fue visible.

 Fue… personal.

 El mensaje apareció en una de las líneas privadas de la familia. No pasó por filtros habituales. No fue interceptado. Simplemente… apareció.

 Una invitación.

 Sin amenazas.

 Sin exigencias.

 Solo una dirección.

 Y una hora.

 Aleksander fue el primero en reaccionar.

 —No.

 Isabella ni siquiera levantó la vista de la pantalla.

 —Sí.

 —No sabemos quién está detrás de esto —insistió él—. Podría ser una trampa.

 —Lo es.

 Aleksander apretó la mandíbula.

 —Entonces no vas.

 Isabella finalmente lo miró.

 —Justamente por eso voy.

 Sasha intervino antes de que la discusión escalara.

 —No puedes ir sola.

 Isabella sostuvo su mirada unos segundos.

 —No voy a ir sola.

 —Voy contigo —dijo Sasha.

 La respuesta fue inmediata.

 —No.

 —Sí.

 El tono de Sasha no era débil. No era una súplica. Era decisión.

 Isabella se acercó a la cama.

 —Todavía no estás completamente recuperada.

 —Y aun así soy parte de esto.

 Isabella abrió la boca para responder, pero se detuvo.

 Porque sabía que tenía razón.

 Porque todo lo que había pasado… las había cambiado a las dos.

 Finalmente, exhaló suavemente.

 —Vas conmigo.

 Aleksander negó con la cabeza.

 —Esto es un error.

 Isabella lo miró.

 —Esto es inevitable.

 El lugar era un restaurante cerrado al público en el centro de Moscú.

 Elegante.

 Demasiado tranquilo.

 El tipo de lugar donde las conversaciones importantes no dejan rastro.

 Cuando Isabella llegó, no había música. No había clientes. Solo un silencio calculado y una iluminación tenue que hacía que todo pareciera más distante.

 Sasha caminaba a su lado, con paso firme a pesar del dolor.

 Isabella lo notó.

 Pero no dijo nada.

 Un hombre los recibió en la entrada y las guió sin hablar hacia el fondo del salón.

 Una mesa.

 Dos copas.

 Y alguien ya sentado.

 Isabella lo reconoció antes de que levantara la vista.

 No por haberlo visto antes.

 Sino por la forma en que ocupaba el espacio.

 Como si todo ya le perteneciera.

 Mikhail Orlov.

 No era imponente en el sentido tradicional. No tenía la presencia ruidosa de alguien que necesita demostrar poder. Era lo contrario.

 Calma absoluta.

 Control.

 Peligro contenido.

 Levantó la mirada cuando se acercaron.

 Y sonrió levemente.

 —Isabella Sergeyev.

 Su voz era tranquila. Demasiado tranquila.

 Isabella se detuvo frente a la mesa.

 —Mikhail Orlov.

 No hubo sorpresa en su tono.

 No hubo duda.

 Solo reconocimiento.

 Orlov inclinó ligeramente la cabeza.

 —Me alegra que hayas venido.

 Isabella tomó asiento sin pedir permiso. Sasha se sentó a su lado.

 —No dejo invitaciones sin responder cuando vienen de alguien que se esconde tanto.

 La sonrisa de Orlov no cambió.

 —No me escondo.

 Isabella sostuvo su mirada.

 —Te ocultas.

 Un segundo de silencio.

 No incómodo.

 Interesante.

 Orlov apoyó los dedos sobre la mesa.

 —Eres más directa de lo que esperaba.

 —Y tú más predecible.

 Eso sí generó un cambio.

 Pequeño.

 Pero real.

 Orlov observó a Sasha por primera vez.

 —¿Y ella?

 Isabella no apartó la mirada.

 —Mi omega.

 La respuesta fue firme.

 Definitiva.

 Sin espacio para interpretaciones.

 Orlov asintió lentamente, como si registrara la información con cuidado.

 —Entiendo.

 Sasha sostuvo su mirada sin bajar la cabeza.

 No había miedo en ella.

 Eso también lo notó.

 Orlov volvió a centrarse en Isabella.

 —Entonces sabes por qué estás aquí.

 Isabella negó levemente.

 —Estoy aquí porque decidiste dejar de usar intermediarios.

 Orlov sonrió apenas.

 —Volkov cumplió su función.

 La frase fue dicha con total naturalidad.

 Como si hablara de una herramienta.

 No de una persona.

 Isabella no reaccionó.

 Pero lo entendió todo.

 —¿Y cuál era esa función?

 Orlov la observó con interés.

 —Ver si eras un problema… o una oportunidad.

 El silencio cayó como una piedra.

 Sasha tensó apenas los dedos sobre la mesa.

 Isabella no.

 —¿Y ya decidiste?

 Orlov la sostuvo la mirada.

 —Todavía no.

 Isabella se inclinó levemente hacia adelante.

 —Entonces estás perdiendo tiempo.

 Esa vez, la sonrisa de Orlov cambió apenas.

 —O tal vez lo estoy invirtiendo.

 Sus ojos no eran fríos.

 Eran calculadores.

 —Has crecido rápido —continuó—. Demasiado rápido para alguien que desapareció tres años.

 Isabella no respondió.

 No le iba a dar más de lo necesario.

 Orlov apoyó la espalda en la silla.

 —Podrías ser útil.

 Sasha giró apenas el rostro hacia Isabella.

 Pero Isabella no se movió.

 —No trabajo para nadie.

 Orlov no pareció ofendido.

 —Nadie trabaja para mí.

 Pausa.

 —Trabajan conmigo.

 Isabella dejó escapar una leve exhalación.

 —No.

 Simple.

 Directo.

 Definitivo.

 El silencio que siguió fue distinto.

 Más denso.

 Más real.

 Por primera vez, la conversación dejó de ser un intercambio medido y se convirtió en algo más profundo.

 Un límite.

 Orlov la observó en silencio unos segundos.

 Evaluando.

 —Entonces elegiste.

 Isabella sostuvo su mirada.

 —Sí.

 Orlov asintió lentamente.

 —Eso simplifica las cosas.

 Sasha sintió cómo la tensión aumentaba, pero no apartó la mirada.

 —No tanto como crees —dijo Isabella.

 Orlov ladeó ligeramente la cabeza.

 —Explícate.

 Isabella se inclinó apenas.

 —Si decides que soy un problema… vas a tener que enfrentarlo directamente.

 El aire se volvió más frío.

 —Y si decides que soy una oportunidad —continuó—, ya es tarde.

 Silencio.

 Total.

 Orlov la observó largo rato.

 Y por primera vez…

 no sonrió.

 No porque estuviera molesto.

 Sino porque estaba pensando.

 Y eso era más peligroso.

 Finalmente, se puso de pie.

 —Interesante.

 Miró a Sasha una vez más.

 —Cuídala.

 Luego volvió a Isabella.

 —La próxima vez no será una invitación.

 Isabella no se movió.

 —La próxima vez no voy a sentarme.

 Orlov sostuvo su mirada unos segundos más.

 Y luego se fue.

 Sin apuro.

 Sin mirar atrás.

 Cuando desapareció, el aire pareció volver de golpe.

 Sasha soltó lentamente el aire que no sabía que estaba conteniendo.

 —Eso… fue peor que un ataque.

 Isabella no respondió de inmediato.

 Seguía mirando el lugar donde Orlov había estado.

 —Sí.

 Se puso de pie.

 —Porque ahora es real.

 Sasha se levantó con cuidado.

 —¿Qué hacemos?

 Isabella giró hacia ella.

 Sus ojos ya no tenían duda.

 —Ahora empieza la guerra de verdad.

 Afuera, Moscú seguía cubierta de gris.

 Pero algo había cambiado.

 El tablero ya estaba completo.

 Y las piezas…

 por fin estaban frente a frente.

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