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¿Seré Tu Piel Canela?

¿Seré Tu Piel Canela?

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Reencarnación / Omegaverse
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Marcela Salazar S.

Alfredo siempre creyó que el odio tenía justificación.
Homofóbico, violento y consumido por los prejuicios que heredó de su padre, pasó toda su vida despreciando aquello que no entendía… hasta el día de su muerte.
O eso creyó.
Porque al abrir los ojos nuevamente, ya no era Alfredo.
Ahora es Andrei Macías: un joven omega de piel canela, heredero de una poderosa familia de comerciantes y víctima de una tragedia que destrozó su vida.
Atrapado en un mundo donde los hombres pueden ser marcados, deseados y quebrados, Andrei deberá enfrentarse no solo a los nobles que lo lastimaron… sino también al hombre cruel que alguna vez fue.
Pero entre heridas, segundas oportunidades y un temido general extranjero de fama sanguinaria, descubrirá algo que jamás imaginó:
Tal vez el amor no siempre llega para salvarte.
A veces llega para enseñarte a sobrevivirte a ti mismo.

NovelToon tiene autorización de Marcela Salazar S. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 2

La puerta de la habitación se abrió de golpe.

Mi cuerpo entero se tensó.

Un hombre alto entró primero. Debía rondar los cincuenta años. Vestía ropa elegante, aunque lo suficientemente desordenada como para dejar claro que había llegado apresurado.

Detrás de él venía una mujer con gafas y bata médica.

Ambos parecían preocupados.

—¿Hijo? —llamó el hombre apenas cruzó la puerta—. ¿Dónde estás?

Mi garganta se cerró.

Por un instante dudé.

Después salí lentamente del baño, todavía mareado.

El hombre abrió los ojos al verme.

Un alivio tan evidente cruzó su rostro que me dejó inmóvil.

Como si realmente hubiera estado asustado por mí.

Qué sensación tan extraña.

—¿Qué haces de pie? —preguntó acercándose rápidamente—. Aún deberías estar descansando.

Retrocedí instintivamente.

Necesitaba respuestas.

—Disculpe… —mi voz seguía sintiéndose incorrecta en mi garganta—. ¿Quién es usted?

El silencio cayó de golpe.

La expresión del hombre se quebró lentamente.

Y por primera vez noté algo imposible en sus ojos.

Dolor.

—¿Qué…? —susurró.

La doctora también quedó inmóvil.

—¿Quiénes son ustedes? —pregunté otra vez, sintiendo cómo el pánico volvía a subir por mi pecho.

El hombre tragó saliva.

—Soy… soy tu padre, hijo.

Padre.

Esa palabra golpeó algo dentro de mí.

Pero no reconocí su rostro.

No reconocí su voz.

No reconocía nada.

Los ojos del hombre comenzaron a humedecerse.

Se giró lentamente hacia la doctora, completamente afectado.

—El trauma fue tan fuerte que perdió la memoria… —murmuró con la voz rota.

La mujer ajustó sus gafas mientras me observaba cuidadosamente.

—Es posible, señor Macías —respondió en tono profesional—. Después de eventos extremadamente traumáticos, el subconsciente puede bloquear recuerdos como mecanismo de protección.

¿Trauma?

Fruncí el ceño confundido.

No entendía nada.

Pero algo dentro de mí comenzó a sentirse… incómodo.

Porque aquel hombre me estaba mirando de una manera que jamás había conocido.

Como si realmente le importara si estaba bien.

—Andrei… —repitió el hombre suavemente, como si temiera asustarme—. Lo que voy a contarte es delicado.

Sus ojos se movieron hacia la doctora por un segundo. Ella asintió en silencio.

—Pero primero necesito que vuelvas a acostarte, ¿sí? —continuó con una voz tranquila y extrañamente cálida—. Luego responderé todas las preguntas que tengas.

Lo observé desconfiado.

Sus manos temblaban ligeramente.

Aunque intentaba ocultarlo.

—¿Andrei…? —pregunté confundido—. ¿Ese es mi nombre?

El hombre sonrió apenas.

Una sonrisa pequeña.

Frágil.

—Sí, hijo. Ese es tu nombre. Tu mamá y yo lo escogimos cuando él quedó embarazado de ti.

El.

Mi cerebro se detuvo.

Sentí un escalofrío recorrerme completo.

—¿Él…? —repetí con la voz quebrada.

El hombre abrió los ojos apenas, como si recién recordara algo importante.

—Shhh… tranquilo —dijo rápidamente acercándose un poco—. No te alteres, por favor.

Alterarme.

¿Cómo demonios no iba a alterarme?

La doctora me observaba atentamente, probablemente esperando otra crisis.

Respiré agitado mientras intentaba ordenar mis pensamientos.

Nada tenía sentido.

Nada.

Aun así…

terminé obedeciendo.

Mis piernas seguían débiles y el agotamiento estaba comenzando a aplastarme otra vez, así que regresé lentamente hasta la cama y me senté en el borde.

El hombre no apartó la mirada de mí ni un solo instante.

Como si temiera que desapareciera.

O volviera a romperme frente a él.

Y eso…

eso era todavía más desconcertante.

Porque jamás en mi vida alguien me había mirado así.

El hombre dudó un instante antes de acercarse más.

Luego, lentamente, se arrodilló frente a mí.

Sentí mi cuerpo tensarse de inmediato.

Pero él solo tomó mis manos entre las suyas.

Con cuidado.

Como si fueran algo frágil.

—Hijo mío… —su voz tembló apenas—. Hace unos meses celebramos aquí tu cumpleaños número veinte.

Veinte.

Entonces este cuerpo tenía veinte años.

—Invitamos a muchas personas —continuó—. Comerciantes, nobles… aliados de nuestra familia.

Hizo una pausa larga.

Demasiado larga.

Su mirada cayó al suelo.

Y por primera vez parecía incapaz de sostener mis ojos.

—En un descuido de mi parte… —tragó saliva— algunos hombres aprovecharon la celebración para acercarse a ti.

Sus dedos se apretaron alrededor de mis manos.

—Esos malditos… pusieron un inductor de celo en tu bebida.

Fruncí el ceño.

No entendía qué significaba eso.

Pero la expresión de la doctora empeoró inmediatamente.

Y eso bastó para decirme que era algo horrible.

El hombre respiró profundamente, como si las siguientes palabras le destrozaran la garganta.

—Y luego… se aprovecharon de ti.

El silencio cayó pesadamente entre nosotros.

Mi mente quedó en blanco.

—Te encontraron horas después —continuó con la voz rota—. Estabas muy herido… y desde entonces no despertabas.

Tres meses.

Había dormido tres meses.

El hombre bajó la cabeza de golpe.

—Perdóname… —susurró quebrándose finalmente—. Perdóname, hijo mío.

Sus hombros comenzaron a temblar.

—Soy un mal padre. No te protegí como debía…

Y entonces lloró.

Lloró de verdad.

Apoyando la frente contra mis manos como si cargar con aquello fuera demasiado para él.

Yo me quedé inmóvil.

En shock.

No solo porque aquel hombre estuviera disculpándose conmigo por algo que claramente no había sido su culpa.

No solo porque acababa de decirme que varios hombres habían…

Sentí náuseas.

No.

Había algo más.

Algo que seguía golpeando mi cabeza una y otra vez.

Una palabra.

Celo.

¿Qué demonios era un celo?

—Espere… espere, señor… —mi voz salió temblorosa.

El hombre levantó inmediatamente la cabeza al escucharme.

—¿Cómo… cómo se llama usted?

Pareció sorprendido por la pregunta.

—Gael Macías —respondió suavemente—. Soy tu padre.

Padre.

Otra vez esa palabra.

Me pasé una mano por el rostro intentando ordenar mis pensamientos, pero todo empeoraba cada segundo.

—No entiendo nada… —murmuré sintiendo cómo mi respiración comenzaba a acelerarse—. ¿Qué es un celo? ¿Por qué algo así me afectaría? ¿Cómo que dormí tres meses…?

Las palabras comenzaron a salir atropelladas.

—Ni siquiera sé dónde estoy. ¿Esta es mi casa? ¿Qué demonios está pasando conmigo?

Mi pecho empezó a doler otra vez.

No físicamente.

Era peor.

Era esa sensación horrible de que el mundo entero se estaba quebrando alrededor mío mientras yo no podía entender absolutamente nada.

La habitación comenzó a sentirse demasiado pequeña.

Demasiado cerrada.

La doctora dio un paso adelante al notar mi estado.

—Andrei, necesitas calmarte—

—¡¿Cómo voy a calmarme?! —mi voz se rompió a mitad de la frase.

Silencio.

Mi respiración comenzó a temblar.

Y entonces pasó algo todavía peor.

Mis ojos ardieron.

No.

No, no…

Sentí las lágrimas deslizarse por mi rostro y el pánico aumentó inmediatamente.

En mi vida anterior jamás me habría permitido algo así.

Llorar era para débiles.

Eso decía mi padre.

Eso repetí toda mi vida.

Pero ahora…

ahora no podía detenerme.

El miedo.

La confusión.

La sensación de estar atrapado en un cuerpo desconocido.

Todo terminó aplastándome al mismo tiempo.

Bajé la cabeza avergonzado mientras intentaba contener el llanto inútilmente.

Entonces sentí unas manos rodeándome con cuidado.

Gael.

No me estaba juzgando.

No estaba gritándome.

No me llamó débil.

Solo me sostuvo.

Como si realmente estuviera preocupado por mí.

Y eso…

eso fue lo que terminó rompiéndome por completo.

1
amelia bozo
si con el pelirrojo 💕
Alejandra jimenez calderon
que se quede con el pelirojo
Katherine Carcamo Alvarez
me encanta me atrapó desde el principio y espero cada cap con ansias
bendiciones autora y ánimo
Katherine Carcamo Alvarez
me encanta me atrapó desde el principio y espero cada cap con ansias
bendiciones autora y ánimo
Daniel Felipe González Castañeda
victor es mi ídolo. 🤭
Daniel Felipe González Castañeda
autora este libro me tiene con el cristo en la boca. esperando el siguiente capítulo
Daniel Felipe González Castañeda
vamos autora sube mas capitulos, tengo mucha curiosidad 🤭
Daniel Felipe González Castañeda
de locos. creo q me pasaría igual si despertara en un mundo diferente
Daniel Felipe González Castañeda
se nota q el pobre chico tiene muchos traumas.
Daniel Felipe González Castañeda
wooo está novela me engancho desde el primer capítulo. está interesante
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