Luisa, una mujer con un ex marido y tratando de llevar esta situación lo mejor posible, fallece por una alergia.
Pero no fue un accidente. 5 años después, Gaya Santoro es la esposa de Sebastián Guillén, el ex marido de Luisa. Con un tráfico final e igual al de Luisa, falleció.
Sin embargo despertó Luisa Mendez, la primera esposa después de 5 años reencarna en otro cuerpo, joven y hermosa, es ahora que la venganza debe triunfar. Todos los que lastimaron pagarán.
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Capítulo 24 La Apertura
Lauren lo miraba fijamente ahora, con los ojos muy abiertos. Por un instante, la máscara de adolescente dura e indiferente se desvaneció, dejando ver a la niña que había debajo.
—¿Y qué hiciste? —preguntó en un susurro.
—Nada. Aguanté. Durante meses. Hasta que un día, mi padre lo descubrió porque me vio llorando en el baño. Y entonces... —Sebastián hizo una pausa, recordando—. Entonces me dijo algo que nunca olvidé. Me dijo: "Hijo, el valor no es no tener miedo. El valor es tener miedo y aun así pedir ayuda. Porque pedir ayuda no es de débiles, es de personas que saben que no pueden solas con todo".
Las lágrimas que Lauren había estado conteniendo comenzaron a deslizarse por sus mejillas. Silenciosas, lentas, imparable.
—¿Tú crees? —preguntó con voz quebrada—. ¿Tú crees que pedir ayuda no es de débiles?
—Lo creo. —Sebastián se atrevió a acercarse un poco más, a extender una mano que Lauren no rechazó—. Y también creo que tu madre... tu madre habría pensado lo mismo.
El nombre de Luisa flotó en el aire como un fantasma. Lauren respiró hondo, varias veces, como si estuviera reuniendo valor.
—Fue Mateo —dijo finalmente, y las palabras salieron como un alivio, como una compuerta que se abre después de mucho tiempo—. Un chico de tercero. Me ha estado siguiendo las últimas semanas. Al principio solo me hablaba en el recreo, me pedía el número, cosas así. Yo le decía que no, que no me interesaba. Pero él no entendía. O no quería entender.
Sebastián sintió que las manos le temblaban.
La rabia bullía en su interior, caliente, urgente, pero la contuvo. No ahora. Ahora Lauren necesitaba que la escuchara, no que explotara.
—Hoy —continuó Lauren, y su voz temblaba—, hoy me esperó a la salida. Me agarró del brazo, muy fuerte, y me dijo que iba a ir con él a una fiesta el fin de semana. Le dije que no, que no quería. Y entonces... entonces se enfadó. Dijo que yo era una frígida, que siempre decía que no a todo, que por eso no tenía amigos, que…
Se interrumpió, ahogada por los sollozos. Sebastián la rodeó con un brazo, con cuidado, dándole tiempo para apartarse si quería. Pero Lauren no se apartó.
Al contrario, se inclinó hacia él, apoyando la cabeza en su hombro, como cuando era pequeña y tenía pesadillas.
—La tía Vane llegó en ese momento —dijo, y su voz sonó pequeña, diminuta—. Pensé que iba a ayudarme, pero no. Me dijo que no fuera malagradecida, que si un chico se fijaba en mí era un privilegio, que si seguía siendo tan quisquillosa me iba a quedar sola para siempre.
Sebastián cerró los ojos. Las palabras de Gaya resonaban en su cabeza, más fuertes que nunca.
"Le dijo a una niña de catorce años, que estaba siendo acosada por un tipo más grande, que tenía que ser más agradable, más abierta, que si no se quedaría sola."
Había querido no creerlo. Había querido pensar que Gaya exageraba, que Vanesa no podía haber dicho algo así.
Pero ahora lo oía de labios de su propia hija, y no había lugar para la duda.
—¿Y luego? —preguntó, manteniendo la voz calmada a pesar de la tormenta que se desataba en su interior.
—Luego llegó Gaya. —Lauren levantó la cabeza, y en sus ojos había algo que Sebastián no esperaba: no era odio, no era resentimiento, era... confusión. Una confusión profunda, como si algo que creía saber se hubiera desmoronado—. Le gritó a Mateo que la soltara. Le dijo que si volvía a molestarme iba a arrepentirse. Y luego le dijo a la tía Vane... le dijo que nunca más me dijera algo así.
Que yo no tenía que soportar que nadie me tocara si no quería. Que merecía que me respetaran.
Su voz se quebró en la última palabra.
—Nunca nadie me había dicho eso —susurró—. Ni papá, ni la tía Vane, ni nadie. Que merecía que me respetaran.
Sebastián sintió que algo se rompía dentro de él.
No era rabia, aunque la rabia estaba ahí, hirviendo contra Vanesa, contra Mateo, contra sí mismo.
Era algo más profundo. Era la certeza de haber fallado, de haber fallado a su hija de la manera más fundamental, de haberla dejado en manos de alguien que le enseñaba a soportar lo insoportable mientras él miraba hacia otro lado.
—Lauren —dijo, y su voz sonó ronca, rota—, siento mucho no haber estado ahí. Siento mucho que hayas pasado por esto sola. Y siento mucho que... que yo no te haya dicho esas palabras antes.
Que no te haya dicho que mereces respeto, que no tienes que soportar que nadie te falte al respeto, que tu opinión importa y que tu cuerpo es tuyo y solo tuyo.
Lauren lo miró con los ojos llenos de lágrimas. No dijo nada, pero esta vez no apartó la mirada.
Había algo en sus ojos que no estaba antes: una pequeña luz, un atisbo de algo que podía ser confianza o esperanza.
—Gaya me dijo otra cosa —dijo después de un largo silencio—. Me dijo que si ese chico volvía a molestarme, que se lo dijera a ella. Que no tenía que enfrentarme sola.
Sebastián sintió un vuelco en el estómago. No era celos, no exactamente, pero había algo en esas palabras que le dolía. Gaya había estado ahí.
Gaya había hecho lo que él debía haber hecho. Gaya le había dicho a su hija lo que él debía haberle dicho desde el principio.
—Y yo también —dijo, apretando la mano de Lauren—. Yo también quiero que me lo digas. Quiero estar ahí. Quiero que sepas que puedes contar conmigo, siempre. Para esto y para cualquier otra cosa.
Lauren asintió lentamente. Luego, con un movimiento vacilante, se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—Papá…
—¿Dime?
—¿La tía Vane... es mala?