Él huele a lluvia de verano. Él casi no huele a nada.
Nico es un alfa de veinte años que nunca se ha enamorado. Cree que el amor es un vendaval que lo arrasa todo el primer día.
Jean es un omega de veintiocho que sí amó, y perdió, y se arrancó la marca. Ahora apenas huele. Ahora no espera nada.
Pero Nico vuelve al cibercafé. Cada tarde. Con excusas tontas.
Y poco a poco descubre que el amor no es solo felicidad. También es miedo. Espera. Dolor. La paciencia de quedarse cuando el otro no puede devolver la mirada.
Porque a veces el amor no es un vendaval. A veces crece lento, en silencio, y cuando menos lo esperas ya te ha arrasado.
Porque a veces el amor no ruge. A veces es solo lluvia suave que despierta el musgo que parecía muerto.
Una novela Omegaverse sobre aprender a esperar y atreverse otra vez.
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Capítulo 15: La invitación
Offline está atestado.
Nico empuja la puerta de cristal y el tintineo de la campanilla se pierde entre el ruido de las conversaciones, el choque de las tazas y el rumor de la máquina de espresso trabajando a pleno rendimiento. Todas las mesas están ocupadas. Una pareja discute junto a la ventana, un grupo de estudiantes se ríe demasiado fuerte en el fondo, y un hombre de traje gris consulta el móvil mientras espera de pie junto a la barra.
Nico busca a Jean con la mirada, lo encuentra detrás del mostrador moviéndose con una precisión automática; prepara un café, lo deja en la bandeja, cobra, pasa al siguiente. No levanta la cabeza, tiene las mangas de la camisa azul marino remangadas hasta los codos, parece concentrado o agotado. O las dos cosas.
Nico se queda junto a la entrada, mira el reloj de su muñeca, tiene quince minutos antes de tener que vover la facultad. El trabajo de Teoría de la Arquitectura no se va a terminar solo, y el profesor es famoso por no aceptar ni un minuto de retraso.
Podría irse, podría llamar a Jean más tarde —pero no tiene su número. Solo tiene el café, la barra, este lugar.
—Mira quién anda por aquí —dice una voz a su lado.
Nico gira la cabeza, Mireia está apoyada en la pared, con los brazos cruzados y una sonrisa cómplice.
—Hola —dice Nico.
—Estás muy serio. ¿Qué pasa?
—Venía a hablar con Jean, pero parece que va a demorar y yo tengo que irme. Tengo que hacer un trabajo de la facultad.
Mireia mira hacia la barra, Jean sigue atendiendo, sin un segundo de tregua.
—Dame un momento —dice—, ahora lo libero.
Antes de que Nico pueda decir nada Mireia se abre paso entre las mesas, llega detrás de la barra y le toca el hombro a Jean. Él se gira, sorprendido, ella le dice algo al oído y Jean frunce el ceño, parece que va a protestar, pero Mireia le pone una mano en el pecho, lo empuja suavemente hacia el extremo de la barra y coge la jarra de leche.
—Tómate un descanso —le dice en voz alta—, yo te cubro.
Jean duda, mira a Mireia, a los clientes, luego hacia la puerta y entonces lo ve.
Nico está allí de pie, con las manos en los bolsillos, no lo ha visto entrar. La extrañeza se transforma en otra cosa, un calorcillo involuntario le sube por el pecho. Hace solo unas horas pensó en desaparecer, en dejar Offline, en huir. Pero ahora, viéndolo allí, la idea se le hace lejana, como un eco que se apaga.
Se queda inmóvil un momento, luego se acerca.
—¿Qué haces aquí? —pregunta.
Nico sonríe, no la sonrisa fácil de siempre, sino una más nerviosa.
—Pasaba por aquí y quería decirte algo, pero veo que estás hasta arriba.
—Mucho trabajo.
—Lo sé, por eso no voy a entretenerte.
Jean espera. Nico se pasa una mano por el pelo, un gesto que Jean ya conoce.
—Hay una exposición de fotografía en la facultad de Arte el viernes por la tarde —dice, hablando rápido—. Me gustaría que vinieras conmigo, si quieres.
El «si quieres» cae pequeño, frágil, Jean lo oye y sabe que Nico no está asumiendo nada.
Debería decir que no, la universidad está llena de chicos de su edad, de miradas indiscretas, de preguntas. Va a sentirse fuera de lugar. ¿Y si alguien lo reconoce? Pero Nico está esperando, con esa calma suya que no exige, que solo pide.
El sí le sale solo, casi sin permiso.
—Está bien —dice—, el viernes.
Nico sonríe. Alivia los hombros, como si hubiera estado conteniendo el aire.
—Bien. —Mira el reloj otra vez—. Tengo que irme, de verdad. Llego tarde.
Se gira hacia la puerta, pero antes de salir se detiene, se vuelve.
—Oye, Jean.
—¿Qué?
Nico mete la mano en el bolsillo, saca el móvil, lo desbloquea con un gesto rápido y lo extiende hacia Jean.
—¿Me das tu número? Así podemos avisarnos si pasa algo.
Jean mira la pantalla, el teclado numérico abierto, esperando. Es un gesto pequeño, casi insignificante, pero para Jean significa otra cosa: es un hilo que conecta el café con el mundo de fuera, un permiso para comunicarse sin tener que cruzar la puerta de Offline.
Duda solo un instante, luego toma el móvil. Sus dedos se mueven sobre la pantalla, pero la prisa le juega una mala pasada: se equivoca al marcar el último dígito, borra, vuelve a intentarlo. A la segunda, el número queda escrito.
Devuelve el teléfono.
Nico mira la pantalla un segundo, el número está ahí, sin más. Ni nombre, ni icono, solo una línea de diez dígitos.
Sonríe.
—Ya está.
Guarda el móvil.
—Gracias por decir que sí —dice.
Y sale. La campanilla suena.
Jean se queda un momento mirando la puerta cerrada, su corazón late demasiado rápido. Sabe que Mireia está observándolo desde la barra, sabe que debería volver a trabajar. Pero no se mueve. El viernes por la tarde, dentro de tres días.
Y ahora Nico tiene su número.
Mireia le devuelve la jarra de leche con un gesto teatral y se dirige a la caja registradora, Jean retoma su puesto. Sus manos se mueven con la misma precisión de antes, pero hay algo distinto en él, una conciencia nueva, un hilo invisible que ahora lo conecta con el mundo de fuera.
Trabaja, atiende, sonríe a los clientes con esa sonrisa ensayada que tan bien le sale, pero de vez en cuando, sus dedos rozan el borde del móvil en su bolsillo.
———
Nico camina hacia la facultad con las manos en los bolsillos y una sonrisa tonta en la cara, saca el móvil, guarda el número con el nombre «Jean». Luego, sin pensarlo demasiado, añade un pequeño icono de cámara al lado. Se detiene un momento en la acera, abre el chat, escribe:
«Ya tienes el mío también. Por si acaso.»
Lo envía, guarda el móvil y sigue caminando, con una sensación cálida en el pecho que no tiene nada que ver con el café.
Ha dicho que sí. Otra vez.
Casi echa a correr, no por la prisa. Por las ganas de llegar a casa y poder pensar en ello a solas.
———
En Offline, el móvil de Jean vibra en su bolsillo. Jean deja la jarra sobre la máquina, lo saca. Un número desconocido, un mensaje breve.
«Ya tienes el mío también. Por si acaso.»
Jean se queda mirando la pantalla. No sabe qué responder, no sabe si debe responder. Los dedos están inmóviles sobre el teclado, suspendidos sobre las letras como si cada una pesara demasiado. Al final, escribe solo dos palabras:
«Gracias, Nico.»
Lo envía, guarda el móvil, vuelve a la barra. Y sin darse cuenta, sonríe.