Damiano quería a Zakhar, pero lo quería bajo sus propias reglas.
Ahora, obligado por la mafia italiana a casarse con el letal líder ruso para formar una alianza y así destruir a la Yakuza, se siente como un trofeo entregado en bandeja de plata.
Pero lo que Damiano no sabes es que detrás del frío líder de la mafia rusa de la costa oeste, se esconde una obsesión feroz que lleva años germinando en la oscuridad. Cuando las traiciones estallen y la sangre comience a correr, Damiano descubrirá la magnitud de los pecados de su esposo. En un mundo donde todos quieren verlos caer, el amor retorcido y la protección extrema de Zakhar serán su escudo... aunque el precio sea aceptar que siempre fue la presa perfecta. Pero quizás eso es lo que Damiano siempre había querido y no sabía....
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CAPÍTULO 20: TRONO DE HUESOS
La paz en el imperio de la Costa Oeste siempre era una ilusión transitoria, un frágil cristal a punto de romperse. La confirmación llegó a las tres de la madrugada, apenas veinticuatro horas después del juicio y exilio de Lev Sokolov. El aire en la sala de operaciones subterránea de la mansión Ivanov era denso, cargado con la electricidad estática de los monitores encendidos y la furia contenida de los hombres presentes.
El cuerpo acribillado en el almacén frigorífico no pertenecía a Akira. Era un doble, un señuelo quirúrgicamente modificado para darle al verdadero líder de la Yakuza el tiempo necesario para reagruparse. Y ahora, Akira no solo respiraba, sino que había atrincherado a su ejército en un complejo industrial fortificado en el extremo norte de la costa, un bastión de acero y hormigón impenetrable para las fuerzas policiales, pero no para la Bratva.
Damiano estaba de pie frente a la mesa holográfica central. Llevaba un pantalón de traje negro a medida y una camisa de seda gris grafito, con las mangas arremangadas hasta los codos, revelando la piel pálida que contrastaba con el resplandor azul de los mapas tácticos. No había rastro del joven que había sido secuestrado días atrás. Sus ojos oscuros, fríos e implacables, analizaban cada ruta, cada cámara de seguridad y cada punto débil del complejo japonés.
– No vamos a enviar un mensaje – sentenció Damiano, su voz resonando en el búnker con una autoridad que no admitía réplica. – Vamos a borrarlos del mapa. Quiero que la Yakuza sea un mito urbano en esta ciudad para mañana por la mañana.
Zakhar lo observaba desde el rincón de armería, donde terminaba de ajustar las correas de su chaleco táctico de kevlar.
El gigante ruso sentía que la sangre le hervía en las venas, excitado y fascinado por la metamorfosis de su esposo. Ver a Damiano transformarse en el estratega definitivo, en el rey absoluto que dictaba sentencias de muerte con un simple toque en una pantalla, era el afrodisíaco más poderoso.
– Si Damiano lo dice, lo hacemos – Andriy entró en la sala pateando la puerta, masticando un chicle y cargando un lanzagranadas compacto sobre su hombro derecho. El líder ucraniano tenía una sonrisa desquiciada en el rostro. – Aunque sigo pensando que volar el edificio entero desde un helicóptero nos ahorraría mucho tiempo, Zakhar. Podríamos estar en casa para el desayuno.
– Tu obsesión con los explosivos es exactamente la razón por la que tu hermano resultó ser un traidor idiota, Andriy – gruñó Zakhar, insertando un cargador extendido en su rifle de asalto.
– ¿Se supone que eso tiene que ver en algo? Mejor no respondas. No voy a tratar de entender la lógica de un estúpido. – Comienza a carcajearse a raíz de su propio chiste.
– Si quemamos el edificio, Akira muere asfixiado. Yo quiero verle la cara cuando le arranque la vida por atreverse a tocar a Damiano. – Sigue hablando Zakhar haciendo caso omiso a las palabras de su amigo. Andriy rodó los ojos. – Siempre tan romántico, el siberiano. Un día de estos vas a matarte por intentar ser poético con un cuchillo.
– Cierren la boca los dos – ordenó Damiano sin levantar la vista de la consola, tecleando a una velocidad vertiginosa. – He hackeado los servidores de la Autoridad Portuaria. En tres minutos, apagaré la red eléctrica del distrito industrial y cegaré los satélites de vigilancia privados de la Yakuza. Zakhar, Andriy, ustedes entrarán por el sistema de drenaje sur. Las puertas de presión están codificadas, pero sobreescribiré los sistemas cuando estén en posición.
Damiano levantó la mirada y clavó sus ojos en los de Zakhar. El acortó la distancia en tres zancadas, envolviendo el rostro de Damiano con sus grandes manos enguantadas. Se inclinaron, uniendo sus frentes en un pacto silencioso de sangre y devoción.
– Sé mis ojos en la oscuridad, dusha moya – susurró Zakhar contra sus labios, besándolo con una posesividad feroz, reclamándolo frente a toda la sala de mando.
– Te guiaré directo a su garganta, mi perro de guerra – respondió Damiano, acomodando el auricular en la oreja de su esposo.
Treinta minutos después, la operación comenzó. Mientras la lluvia azotaba la Costa Oeste, Damiano, sentado en su silla de cuero como un director de orquesta macabro, dictaba cada movimiento. En la pantalla, dos puntos térmicos, Zakhar y Andriy, se movían por las entrañas del complejo enemigo.
– Atención – la voz de Damiano fluía gélida y perfecta por el comunicador de Zakhar. – Dos patrullas armadas doblando la esquina a tu derecha. Distancia, veinte metros. Punto ciego en el pasillo adyacente.
En el campo, Zakhar y Andriy se movían en una sincronía letal, una danza de muerte forjada en años de amor y odio mutuo y respeto absoluto. Zakhar se deslizó hacia la sombra del pasillo, empuñando su cuchillo táctico, mientras Andriy preparaba su subfusil con silenciador.
– Te apuesto cien mil dólares a que mato a más yakuzas que tú en este pasillo – susurró Andriy con burla.
– Vete al infierno, ucraniano – siseó Zakhar, lanzándose hacia adelante como una bestia desatada justo cuando Damiano cortaba las luces del sector desde la mansión.
La masacre se llevó a cabo en absoluta oscuridad. Zakhar ejecutaba en el campo con una brutalidad animal, mientras Damiano pavimentaba el camino logístico, abriendo puertas de máxima seguridad remota, aislando alas enteras del complejo y ahogando a sus enemigos en su propia fortaleza.
Eran una máquina perfecta: el cerebro implacable y el músculo destructivo, construyendo su imperio absoluto sobre una montaña de cadáveres.