Laura dejó la universidad y su país por amor. Creyó que Michel era el hombre de su vida, pero su madre, Maritza, la humilló hasta hacerla huir. Sola, sin dinero y sin papeles, Laura empezó desde abajo: limpiando pisos y durmiendo en un albergue. Hasta que un hombre llamado Alfred McCormick vio en ella algo que nadie más había visto: talento, inteligencia y una fuerza indomable.
Ahora Laura es economista, esposa de un CEO, y el rostro de una empresa millonaria. Pero el precio de su amor ha sido alto. La mafia rusa, un exnovio arrepentido, una suegra que la odia, y una misión encubierta en Cuba pondrán a prueba todo lo que ha construido. Porque cuando el pasado regresa, no siempre viene solo. A veces trae balas.
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Decisiones Apresuradas
Capítulo 1: Decisiones apresuradas
— Laura yo no quiero desilusionarte, pero ese muchacho no sirve. —dijo Andrea, con los brazos cruzados tan firmes como su convicción.
Laura soltó una carcajada seca, de esas que no tienen nada de gracia. Se giró y apoyó las manos en las caderas, desafiante.
—Mami, por favor. Tú a todos les encuentras algo. A Daniel le sobraba labia, a Ricardo le faltaba ambición, a Javier… no me acuerdo ni qué excusa pusiste. Pero el patrón siempre es el mismo: ninguno te parece bueno para mí.
Andrea dio un paso al frente. No era una mujer alta, pero su autoridad llenaba la sala.
—Porque te quiero demasiado para quedarme callada, mientras te enredas con un mantenido que vive de su madre.
— ¿De qué manera tu averiguaste eso? —Laura levantó la voz, pero no la intensidad—. Tú no lo conoces, y solo lo viste una vez cuando vino a recogerme.
—Me enteré porque él mismo me dijo, que el carro en el que te vino a buscar se lo alquiló a un amigo, con el dinero que la madre le manda todos los meses desde Estados Unidos.
— ¡Ah, ya! Sin que tú le preguntaras nada, Michel se la quiso dar de importante.
—Al extremo que al ver la cara que puse —porque yo no soporto la fanfarronería— me dijo que no me preocupara, que a él no le hacía falta trabajar para mantenerte. ¿Ay míja tú vas a poner en riesgo tu futuro, enredándote con ese hombre?
—Mi futuro depende de que Michel me quiera —Expresó Laura casi en susurro—. Y él me
quiere tanto que va a hablar con su mamá, para que nos saque del país.
El silencio que siguió fue denso. Andrea palideció, como si le acabaran de arrancar el aire de los pulmones.
— ¿Mijita… tú lo pensaste bien? —dijo, acercándose con las manos temblorosas—. Tú estás a unos meses de terminar la carrera de Economía. Cuatro años y medio quemándote las pestañas, sacrificando fines de semana, fiestas, amistades… ¿Y lo vas a dejar todo por un muchacho que apenas conoces?
—Si tengo que dejarlo, lo dejo.
— ¿Estás loca?
—Estoy enamorada que no es lo mismo. Por eso me duele tanto cuando me pides que lo deje.
Andrea respiró hondo. Intentó cambiar de estrategia, apelar a algo más profundo que la razón.
—Eres una mujer adulta y no tienes que pedirme permiso, para hacer lo que te parezca. Pero dime una cosa, Laura: ¿Ya pensaste qué va a ser de mí? ¿De esta vieja que se queda sola, sin nadie que le pase la mano cuando le duele la espalda, ni le dé seguridad cuando tiene miedo por las noches?
Laura sintió el golpe. Se le humedecieron los ojos, pero se mantuvo firme.
—Eso no va a ser por mucho tiempo, porque te voy a mandar dinero para que te vayas a vivir conmigo.
—Ay, mijita… —Andrea negó con la cabeza, llevándose una mano al pecho—. Analiza lo que Michel te está metiendo en la cabeza. Te pintan el cuento de América como si fuera un sueño, y cuando llegas te das cuenta de que te engañaron. Esa historia la hemos visto un montón de veces.
—Pues esta vez va a ser diferente —Laura agarró su bolso y se lo colgó al hombro—. Michel me va a presentar a su mamá por video llamada. Si ella acepta sacarnos, nos vamos. Así que vaya acostumbrándose a la idea: mi carrera universitaria terminó. He decidido abandonarlo todo por seguir al hombre que me gusta.
Salió dando un portazo que hizo vibrar los cuadros de la sala.
La tarde en La Habana tenía ese color amarillo viejo, que solo el trópico sabe dar. El aire salado del malecón acarició el rostro de Laura, como una noble señal de bienvenida. Caminó unos metros con la furia corriendo por sus venas, hasta que lo vio. Michel estaba apoyado en el barandal del bar cafetería "La Sombrillita", con una cerveza en la mano y esa sonrisa que le hizo olvidar, que su madre tenía razón en casi todo lo que le dijo. Cuando llegó junto a él, Michel adivinó enseguida lo que sucedía.
—Te veo alterada, princesa —dijo él, ofreciéndole el primer sorbo—. ¿Peleaste con la vieja?
—No quiero hablar de eso.
Bebió largamente. El malecón se extendía a sus espaldas como una postal antigua: el mar gris verdoso, los edificios desgastados, alguna pareja paseando con un perro. Todo tan normal, y ella a punto de mandarlo todo al carajo.
—Oye —dijo Michel, acariciándole el brazo—, ¿Te acuerdas de cómo nos conocimos?
Laura sonrió a pesar de todo.
—Tú eras el mensajero de la cafetería de la esquina. Y sin que te lo pidiera, mandabas a que me pusieran un café expreso bien cargadito sin cobrarlo.
—Porque ya me gustabas. Me pasaba las horas mirándote estudiar, con esos apuntes subrayados de amarillo y la cara de concentración que ponías. Una vez derramaste el café sobre un libro, y te ayudé a secar las hojas.
—Y te burlaste de mí, porque uno de mis cuadernos olía a leche con canela.
—Pero te gustó, por eso volviste al día siguiente.
Se quedaron en silencio un momento, viendo cómo las olas chocaban contra el muro. Laura apoyó la cabeza en su hombro.
—Ahora que recordaste la manera en que nos conocimos, te quiero preguntar algo que todavía me tiene intrigada.
—Pregunta lo que sea, que yo soy como un libro abierto para ti. —dijo Michel, guiñándole un ojo.
—Nunca entendí por qué trabajas de mensajero, si tu madre te manda dinero suficiente para que vivas como te dé la gana. Digo, si es que se puede saber.
—Por supuesto que se puede. En primer lugar, hago una o dos mensajerías de vez en cuando en la cafetería para entretenerme en algo. De lo contrario me aburro y me da por beber.
—Y en segundo lugar…
—Porque mi madre me exige que trabaje. De lo contrario me quita la remesa que manda todos los meses, diciendo que ella no mantiene vagos.
—Y hace muy bien, porque cuando te reúnas con ella vas a tener que trabajar en lo que aparezca, quieras o no quieras.
—Mi madre dice que ya me tiene resuelto un trabajo. —Al pronunciar la última frase, Michel
suspiró profundo sin dejar de mirar a los ojos de su novia—. Pero no veo llegar el dichoso día en que me pueda ir de este país. Mejor dicho, en que nos vayamos de este país.
Laura quedó pensativa unos segundos. En un arranque de sinceridad cogió a Michel por la barbilla para hacerle una pregunta, que le estaba quemando la lengua desde que salió de su casa.
— ¿En verdad crees que tu mamá nos ayude?
—Estoy seguro de que nos va a ayudar. Ayer hablé con ella y quiere conocerte.
— ¿Y qué le dijiste de mí?
—Que eres inteligente, muy bonita, y estás harta de pasar trabajo igual que yo. Más tarde ella me va a llamar, y te vas a convencer de lo que te dije.
Subieron al departamento de Michel, que a pesar de estar ocupado por un hombre solo resultó ser un espacio pequeño, limpio y ordenado. Él puso música bajita y le ofreció una cerveza. Laura la aceptó más por los nervios que por sed.
El beso llegó sin pedir permiso. Al principio fue suave, casi tímido, pero pronto se volvió urgente. Las manos de Michel recorrían su espalda, como si estuvieran trazando un mapa. Laura se dejó llevar. Necesitaba sentirse viva después de la discusión con su madre. Necesitaba que alguien le dijera sin palabras, que había tomado la decisión correcta.
Terminaron en la cama, entre sábanas que olían a suavizante barato y a juventud. El sexo fue pausado al principio, casi solemne. Después más intenso, con risas ahogadas y susurros que no llegaron a ser promesas. Cuando todo terminó quedaron abrazados, sudorosos y quietos.
—Esto sí estuvo bueno —dijo Michel, besándola en los labios.
Laura no respondió. Miraba el techo y pensaba en su madre sola en la sala, con sus achaques de salud, con sus miedos.
—Dame otra cerveza —pidió.
Michel se levantó desnudo y fue a la nevera. Al volver, sonó el teléfono. Él lo cogió y miró la pantalla.
—Es una video llamada de mi mamá —dijo, emocionado—. ¿Estás preparada para conocerla?
Laura asintió, aunque ya se le estaba formando un nudo en la garganta. Michel aceptó la llamada y la imagen de una mujer de unos cincuenta años, con el pelo recogido y una expresión que no invitaba a la confianza, llenó la pantalla.
— ¿Hijo, cómo estás? —preguntó, mirando con atención el rostro de la joven que Michel tenía a su lado.
—Por el momento bien. Esperando a que me mandes el dinero para el papeleo, y podernos reunir de una vez por todas.
Michel se quedó esperando una respuesta a su insinuación, pero su madre estaba ocupada en otro asunto más importante para ella.
— ¿Esta es la muchacha de la que tanto me has hablado?
Laura sonrió.
—Un placer conocerla, señora. Me llamo Laura. Michel también me habla mucho de usted.
La madre de Michel la recorrió con la mirada de arriba abajo, como si estuviera evaluando un producto en oferta. El silencio se alargó más de la cuenta.
— ¿Pasa algo, mamá? —Preguntó Michel—. Lo de nosotros va en serio.
—Así que lo de ustedes va en serio —repitió Maritza con un tono que heló la sangre de Laura.
—Y como te conté ayer, ella estudia Economía en la universidad —dijo orgulloso.
Pero Maritza no pareció impresionada.
—Pásale el teléfono que necesito hablar con ella.
Michel le pasó el teléfono a Laura con cara de preocupación. Ella lo cogió como si fuera una granada sin seguro.
—Dígame —expresó la muchacha en un tono, que reflejaba una mezcla de respeto y desconfianza.
—Laura, cuéntame un poco de ti. ¿De qué familia vienes? ¿Qué hacen tus padres?
Laura tragó saliva porque no se esperaba un interrogatorio.
—Mi padre también vive en Estados Unidos, pero no tengo contacto con él. Mi madre es farmacéutica.
—Ah —dijo Maritza, y ese "ah" lo dijo todo—. O sea que vives solo con tu madre. ¿Y ella puede mantener tus estudios?
—Ella me ayuda como puede, pero el dinero que me da a mí me alcanza porque soy ahorrativa y nada exigente —respondió Laura, sintiendo que se defendía de un ataque.
— ¿Y qué planes tienes con mi hijo? Te pregunto porque Michel tiene casi todo listo, para venir a vivir a Estados Unidos. Yo le mando dinero y le voy a sacar la residencia. No sé si te diste cuenta, de que él no se va a quedar en Cuba para siempre.
Laura apretó el teléfono con ganas de decirle un disparate, pero se contuvo.
—Yo también tengo planes —dijo con voz firme—. Quiero terminar mi carrera, hacer una maestría…
— ¿Y crees que eso te va a dar de comer? —Interrumpió Maritza—. Mira niña, yo no quiero desalentarte, pero aquí en Estados Unidos los títulos cubanos no valen nada. Mi hijo va a venir a trabajar y a ganar dinero de verdad. Si tú te quieres venir con él tendrás que hacerlo por tu cuenta, y bajo determinadas condiciones que ahora no te voy a explicar.
—Señora —dijo Laura al fin con una voz que intentó ser firme, pero le salió más temblorosa de lo que quería—, yo no soy una mantenida. Además de estudiar Economía en la universidad, trabajo dando clases particulares. No necesito que nadie me mantenga.
—Eso dicen todas —respondió Maritza, sin inmutarse—. Pero luego llegan a Estados Unidos y se dan cuenta de que su título no sirve; que el inglés que hablan es pésimo, y los únicos trabajos que consiguen son limpiando pisos o sirviendo mesas, entonces la cosa cambia. ¿Eso es lo que quieres para tu vida?
—Mami, no empieces —interrumpió Michel en tono de súplica.
—No, si ya termino —dijo Maritza, clavando la mirada en Laura a través de la pantalla—. Mira muchacha, yo no te conozco. No sé si eres buena o mala. Tampoco si quieres a mi hijo de verdad, o solo buscas quien te saque de la isla. Pero lo que sí sé es que yo no voy a mantener a nadie. Si te vienes con Michel, tendrás que valerte por ti misma. ¿Entendido?
—Pero yo no he dicho en ningún momento, que me voy a ir para Estados Unidos.
—Eso no fue lo que Michel me dijo, pero piénsalo de todas maneras. Mira, lo que te quiero decir es que tú eres un obstáculo, para lograr que mi hijo pueda reunirse conmigo. Y es mejor que lo sepas desde ahora.
Y haciendo un gesto que tenía la fuerza de mil palabas, Maritza colgó Sin despedirse de nadie. Laura devolvió el teléfono a Michel con manos temblorosas. Él la abrazó.
—No le hagas caso —dijo—. Mi madre es así, pero ese berrinche se le va a pasar. Ya verás.
—No, Michel. Tu madre tiene razón —respondió Laura, separándose—. Tú te vas a ir, y en este momento ya no sé si quiero irme contigo.
— ¿Cómo que no sabes? —Michel la miró herido—. Laura yo te quiero. Mi deseo es que tú estés conmigo.
— ¿Y mi carrera? ¿Y mis planes?
— ¿De qué te sirve una carrera si no tienes a nadie que te quiera?
Laura sintió que esa pregunta era una trampa. Una trampa en la que no quería caer.
—Necesito pensar —dijo, recogiendo su bolso—. Me voy para mi casa.
Salió del apartamento sin mirar atrás. En la calle, el aire caliente de La Habana le pegó en la cara como una bofetada. Y por primera vez desde que conoció a Michel, Laura se preguntó si el precio de ese amor sería más alto, de lo que ella estaba dispuesta a pagar.