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AMAR LO PROHIBIDO

AMAR LO PROHIBIDO

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Posesivo / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: RENE TELLO

🔥🔞 Eduardo Álvarez de Toledo creció entendiendo que en su familia el amor tenía jerarquías y que él nunca ocupó el primer lugar. Se marchó para dejar de vivir bajo la sombra de Fabián y, en Barcelona, construyó un imperio propio, elegante y silencioso, que no dependía de su apellido.

No esperaba enamorarse. La conoció cuando ella huía de algo que no quiso explicar. A su lado, Eduardo no era el hermano menor ni el olvidado, sino un hombre libre de su historia. Se enamoró sin saber quién era realmente. Y cuando descubrió la verdad, ya era demasiado tarde.

Kassandra era la esposa de Fabián. Obligada a regresar a un matrimonio que la asfixia, se convierte en el centro de una batalla que Eduardo no eligió, pero tampoco piensa evitar.

Si su hermano pretende retenerla por obligación, Eduardo está dispuesto a enfrentarlo.
Algunos amores llegan fuera de tiempo y algunos hombres no vuelven a perder lo que aman.

NovelToon tiene autorización de RENE TELLO para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 24

El frío de la mañana se colaba bajo el abrigo ligero de Kassandra, ese que había comprado en una tienda de segunda mano al llegar al pueblo, con la esperanza de que durara al menos hasta que el clima mejorara. 

Llevaba dos semanas en las que Jennifer no había dado señales de vida. No era que lo esperara, sabía que su amiga haría todo lo posible por protegerla, pero también suponía que Fabián debía estar cerca y que probablemente su amiga no quería dar pistas de dónde hallarla.

El dinero se le escapaba entre los dedos. Los ahorros que Jennifer le había dejado, escondidos entre las costuras de su maleta, se reducían con cada compra de pan, cada taza de café barato en la fonda de la esquina, cada vela que encendía por las noches para ahuyentar el miedo. 

La pensión estaba pagada por un tiempo, pero después ¿qué? No podía seguir viviendo de limosnas, ni siquiera de las de su amiga. Necesitaba algo más que un techo sobre su cabeza. Necesitaba un propósito, un lugar donde no fuera solo la fugitiva, sino alguien con un nombre, falso, pero suyo por ahora, y un oficio.

La campana de la panadería La Espiga Dorada tintineó cuando empujó la puerta. El olor a masa recién horneada y canela la envolvió, cálido y reconfortante, un contraste con el aire cortante de la calle. Detrás del mostrador, doña Rosa, una mujer menuda de manos ajadas y mejillas rosadas como manzanas, amasaba una bola de pan con movimientos precisos. Alzó la vista y sus ojos, opacos por los años, se posaron en Kassandra con una mezcla de curiosidad y cansancio.

—¿En qué puedo servirle, joven? —preguntó, secándose las manos en el delantal floreado.

Kassandra ajustó el bolso de tela gastada sobre su hombro, sintiendo cómo el sudor frío de los nervios le humedecía las palmas.

—Buenos días. Me preguntaba si… si necesitaría ayuda por aquí. Algo en la cocina, quizá, o atendiendo —dijo, esforzándose por mantener la voz firme. No era una súplica, se repetía. Era una oferta.

Doña Rosa dejó la masa sobre la mesa enharinada y suspiró, apoyando las manos en la madera gastada. Sus nudillos, hinchados por la artrosis, se pusieron blancos con la presión.

—Ay, mijita —murmuró—, ojalá pudiera. Pero mira —señaló con la barbilla hacia el local vacío—, apenas si me alcanza para el alquiler. Mi hijo me ayuda con lo que puede, pero… —Sacudió la cabeza, y un mechón de cabello gris se soltó de su coleta—. Si fuera verano, con los turistas, quizá. Pero ahora… —Hizo una pausa, estudiando a Kassandra—. ¿Tiene experiencia?

—No mucha —admitió ella, sintiendo cómo la mentira le quemaba la garganta—. Pero aprendo rápido.

La anciana asintió, no con desdén, sino con esa tristeza resignada de quien ha visto demasiadas veces la misma historia.

—Lo siento, muchacha —dijo al fin, y esta vez su voz sonó sincera, como si de verdad lo lamentara—. Apenas si puedo pagarme a mí misma.

Kassandra tragó el nudo en la garganta y esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Entiendo. Gracias por su tiempo —respondió, dando un paso atrás hacia la puerta.

Doña Rosa alzó una mano, deteniéndola.

—Espere —murmuró, y se agachó tras el mostrador. Cuando se enderezó, sostenía un panecillo redondo, aún tibio, envuelto en papel de estraza—. Llévese esto. No es mucho, pero el hambre no es buena consejera.

Kassandra tomó el pan, sintiendo cómo el calor se filtraba a través del papel, quemándole los dedos. Quiso rechazarlo. Quiso decir que no necesitaba caridad. Pero el orgullo, en ese momento, no la iba a alimentar.

—Gracias —susurró, y salió antes de que la anciana pudiera ver el brillo traicionero en sus ojos.

La puerta se cerró tras ella, y el frío la golpeó de nuevo, como un recordatorio de que la bondad era efímera, pero la realidad no. Respiró hondo, exhalando el vapor blanco entre los labios pintados de un rojo ya desvaído. No podía permitirse derrumbarse. No aquí, no ahora.

Fue entonces cuando lo vio. Eduardo estaba al otro lado de la calle, apoyado contra el muro de piedra de la farmacia, con las manos hundidas en los bolsillos de su chamarra de cuero gastado y esa postura desenvuelta que hacía parecer que el tiempo no tenía prisa cuando él estaba cerca. No sonreía, pero había algo en su expresión, una curiosidad tranquila, como si hubiera estado esperando a que ella saliera.

Kassandra se detuvo en seco, los dedos apretando sin querer el pan contra su pecho. ¿Cuánto había visto? ¿Cuánto tiempo llevaba allí, observándola? El instinto le dijo que huir, que fingir que no lo había notado, pero sus piernas no respondieron. Había algo en la manera en que Eduardo la miraba, sin lástima, sin ese brillo lascivo que solían tener los hombres cuando creían que una mujer estaba desesperada. Era una mirada evaluadora, como si estuviera midiendo su resistencia, su valor.

Cruzó la calle sin prisa, sus botas negras pisando con firmeza las piedras desiguales. El viento le revolvió el cabello, y por un segundo, Kassandra imaginó cómo se verían sus dedos enredados en esos mechones.

—¿Buscando dónde trabajar? —preguntó Eduardo al detenerse frente a ella.

Kassandra retrocedió medio paso, pero el muro de la panadería le impidió moverse más. No era miedo lo que sentía—o no solo eso—. 

—La verdad sí —admitió, bajando la voz como si confesara un secreto.

Él inclinó la cabeza, estudiándola con esos ojos avellana que parecían cambiar de color según la luz.

—¿Y en qué eres buena, Liliana? —preguntó, y el modo en que pronunció su nombre falso hizo que un escalofrío le recorriera la espalda. No era burla. Era algo más íntimo.

Kassandra apretó los labios, buscando una respuesta que no la delatara. No podía hablar de los cócteles que preparaba para las cenas de Fabián, ni de los menús que revisaba con el chef de la mansión, ni de las lecciones de etiqueta que había memorizado como si fueran rezos. Todo eso pertenecía a otra vida, a otra mujer.

—Sé preparar dulces —dijo al fin, y las palabras le supieron a verdad a medias—. 

Su Nana Soledad, la única persona que alguna vez, le había enseñado algo por el puro placer de compartirlo, sin esperar nada a cambio. 

—¿Dulces? —Eduardo arqueó una ceja, y por un instante, Kassandra pensó que se burlaría. Pero entonces asintió, lento, como si estuviera considerando algo—. Eso podría servir.

—No quiero favores —se apresuró a decir ella, levantando la barbilla. El orgullo le ardía en el pecho, mezquino y necesario—. Solo necesito ganármelo.

Él no se inmutó. Al contrario, su media sonrisa se ensanchó, apenas un milímetro, pero suficiente para que Kassandra sintiera el cambio en el aire entre ellos.

—Nadie dijo que fueran favores —respondió, y su voz era baja, casi un ronroneo—. Pero a veces uno necesita estar en el lugar correcto, con la persona correcta que escuche.

El doble sentido colgó entre ellos, pesado y dulce, como el caramelo que se pega a los dientes. Kassandra lo miró, buscando la trampa, el juego, la condescendencia. Pero solo encontró esa calma inquietante.

No supo qué responder. Las palabras se le atascaban en la garganta. Así que solo asintió, una vez, con un movimiento seco, y pasó a su lado sin rozarlo, aunque sintió el calor de su cuerpo como si lo hubiera hecho. Sus pasos fueron firmes al principio, pero cuando dobló la esquina, el ritmo se quebró. Se apoyó contra la pared fría de un callejón, respirando entrecortadamente, como si hubiera estado corriendo.

El pan seguía tibio entre sus manos. Lo desenvolvió con dedos temblorosos y le dio un mordisco, saboreando la migaja suave, casi dulce. No era mucho. Pero era un comienzo.

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Ana Cilia De La Cruz
por favor la continuación no me dejen en suspenso
Amelia Mirta Fernández
Creo que es más que interesante, que algo tan efímero como la ilusión, la paz interior y el ser útil, para uno misma, se está reflejando lentamente, pero con una fuerza, que comienza a crecer y le da confianza, calor humano, sensibilidad y el hecho de que si, puede. .Me encanta, y espero el resto de la historia. Dos seres perseguidos y martirizados por un energúmeno, soberbio y déspota, pueden unir fuerzas y encontrar amor, comprensión y dulzura, felicidad. Autora no me dejes con las ansias de ver a Kas y Edu, unir fuerzas y brillar con nuevas luces de esperanza . TE ESPERO. GRACIAS❤️❤️❤️❤️
Amelia Mirta Fernández
vamos que tu puedes Kassandra. vas a ser libre del tormento de ese gusano abusador y promiscuo. 😢👏👏👏👏
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