En el mundo de Avatar: La Leyenda de Aang, donde la paz parecía finalmente establecida, una amenaza resurge desde las sombras: el temido Loto Rojo. Mientras tanto, en la era moderna, una joven fanática revive por milésima vez la historia del Avatar en su tableta, completamente enamorada del príncipe Zuko. Lo que no imagina es que su destino cambiará para siempre cuando una misteriosa luz azul la transporta a ese mismo universo… pero no como espectadora, sino como una poderosa maestra agua.
Ahora, atrapada en Ciudad República, en un cuerpo que no es el suyo y con una nueva vida rodeada de secretos, descubre una conspiración que amenaza con destruir al Avatar Aang y romper el equilibrio del mundo. Al advertir al Equipo Avatar, se ve envuelta en una batalla peligrosa contra enemigos implacables, donde el honor, la lealtad y el amor serán puestos a prueba.
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El encuentro
El cielo de Ciudad República estaba despejado cuando el barco de la Nación del Fuego cortó las aguas con firmeza, acercándose lentamente al muelle más cercano al Templo del Aire.
El viento agitaba las velas rojas, y el sonido del mar chocando contra el casco acompañaba un momento de tensión.
De pie en la proa, Zuko observaba el horizonte con una expresión seria. Su mirada estaba fija en la silueta del templo, como si intentara anticipar lo que encontraría ahí.
Detrás de él, Iroh sostenía una taza de té con total calma.
—El mar está particularmente tranquilo hoy —comentó Iroh, dando un sorbo.
Zuko no apartó la vista.
—Eso no significa que lo que nos espera lo esté.
Iroh sonrió levemente.
—La calma y el caos suelen caminar juntos, sobrino.
Zuko exhaló con fuerza.
—No es momento para metáforas.
—Nunca es mal momento para una buena metáfora… o una mejor taza de té.
Zuko rodó los ojos ligeramente, pero no respondió.
—Espero que esto no sea una pérdida de tiempo —murmuró.
Minutos después, el barco atracó.
Zuko descendió primero, seguido de Iroh. Ambos fueron escoltados por miembros del templo hasta la entrada principal.
Al cruzar algunos pilares, encontraron a Aang y a Katara esperándolos.
Aang sonrió ampliamente.
—¡Zuko! ¡Iroh!
Zuko inclinó ligeramente la cabeza en señal de respeto.
—Aang.
Katara dio un paso adelante.
—General Iroh, gracias por venir tan rápido.
Iroh sonrió cálidamente.
—Cuando el Avatar llama, uno responde.
Hubo un breve intercambio de saludos.
Pero la seriedad volvió rápidamente.
—La carta mencionaba algo importante —dijo Zuko—. El Loto Rojo.
Aang asintió.
—Sí.
Katara intervino.
—No es algo que hayamos confirmado… pero no podemos ignorarlo.
Iroh asintió lentamente.
—Hicieron bien en llamarme.
Zuko cruzó los brazos.
—¿Qué saben hasta ahora?
Aang miró a Katara.
—No mucho… —respondió ella—. Pero hay alguien que sí.
Zuko frunció ligeramente el ceño.
—¿Alguien?
Katara asintió.
—La chica que encontramos en el puerto.
Iroh alzó una ceja con interés.
—¿La chica que mencionan en la carta?
—Sí.
Zuko mantuvo su expresión seria.
—Entonces tráiganla.
Katara giró hacia uno de los asistentes del templo.
—Ve por Sereya.
Sereya caminaba por el pasillo cuando recibió el llamado.
—Katara quiere verte en la sala principal.
Su corazón dio un salto.
—¿De casualidad llegó alguien importante…?
El asistente asintió.
—Asi es, el señor del fuego Zuko, junto con su tío el general Iroh.
Sereya sintió que su respiración se aceleraba.
—Ok… ok… tranquila…
“Es solo Zuko.”
“SOLO ZUKO.”
Se llevó una mano al rostro.
—No, no es solo Zuko… es Zuko.
Respiró hondo.
—Compórtate. No hagas el ridículo. No te desmayes. No te pongas a gritar. No—
Se detuvo frente a la puerta.
—Ok… ya.
La abrió.
Y el mundo se detuvo.
Ahí estaba.
De pie.
Frente a ella.
Zuko.
Más alto.
Más imponente.
Más real de lo que jamás imaginó.
Sus ojos dorados se posaron sobre ella.
Y Sereya…
Se congeló.
Completamente.
—…
Hubo un silencio total.
Katara la miró.
—Sereya.
Aang inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Estás bien?
Iroh observó la escena con interés… y una leve sonrisa comenzaba a formarse en su rostro.
—Ah… la juventud —murmuró en voz baja.
Zuko frunció el ceño ligeramente.
—¿Qué?
Iroh no respondió.
Sereya seguía inmóvil.
“Respira.”
“RESPIRA.”
“¿POR QUÉ NO ESTÁS RESPIRANDO?”
Finalmente, parpadeó.
—…hola.
Su voz salió más baja de lo que esperaba.
Zuko la observó.
—Así que tú eres la chica.
Sereya asintió rápidamente.
—Sí. O sea… sí, soy yo. La chica. Sereya. Hola.
“Excelente. Muy profesional.”
Iroh dio un pequeño paso adelante.
—Un gusto conocerte, Sereya.
Sereya reaccionó de inmediato.
—¡General Iroh! —hizo una pequeña reverencia—. Es un honor.
Iroh sonrió con calidez.
—El honor es mío.
Zuko la observó con atención.
Algo en su reacción le llamó la atención.
—¿Siempre eres así? —preguntó.
Sereya parpadeó.
—¿Así cómo?
—Nerviosa.
—No estoy nerviosa.
—Lo estás.
—No lo estoy.
—Lo estás.
—…un poco.
Iroh soltó una risa suave.
—Es completamente normal.
Zuko le lanzó una mirada.
—Tío.
—¿Qué? Solo digo la verdad.
Sereya sintió que su cara ardía.
“Trágame tierra.”
Pero entonces…
Su expresión cambió. Y su postura se volvió firme.
Seria.
—No tenemos mucho tiempo.
El cambio fue inmediato.
Zuko lo notó.
Iroh dejó de sonreír.
—Cuéntales —dijo Aang.
Sereya respiró hondo.
—Los vi.
Todos guardaron silencio.
—Estaban en una bóveda subterránea —continuó—. En Ciudad República. Vestidos de negro. Hablando de destruir al Avatar.
Zuko frunció el ceño.
—¿Estás segura de lo que escuchaste?
Sereya lo miró directamente.
—Completamente.
—¿Y cómo escapaste?
—No lo hice fácil —respondió—. Me descubrieron. Me persiguieron. Usan bloqueadores de chi.
Zuko se tensó ligeramente.
—Eso no es común.
Iroh intervino.
—¿Viste a alguien más?
Sereya dudó un segundo.
—No claramente… pero… había alguien liderando.
Iroh entrecerró los ojos.
—Xai Bau…
El nombre cayó como una piedra.
Zuko lo miró.
—¿Entonces es verdad?
Iroh asintió lentamente.
—Temo que sí.
Aang dio un paso adelante.
—¿Qué significa eso?
Iroh respiró hondo.
—Que esto es más grave de lo que pensábamos.
Zuko apretó los puños.
—Entonces tenemos que actuar.
Iroh levantó una mano.
—No precipitadamente.
Zuko lo miró.
—¿Entonces qué?
Iroh sostuvo la mirada.
—Necesito confirmar esto con el Loto Blanco.
Katara asintió.
—Tiene sentido.
Aang también.
—¿Puedes hacerlo aquí?
Iroh sonrió levemente.
—Ciudad República siempre ha sido un punto de encuentro.
Zuko suspiró.
—Entonces nos quedaremos.
Iroh asintió.
—Por ahora.
Sereya observaba en silencio.
Su corazón seguía latiendo con fuerza.
El silencio volvió a la sala.
Pero ya no era incómodo.
Era… expectante.
Iroh miró a Sereya una vez más.
—Has hecho bien en contarnos esto.
Sereya asintió.
—No podía quedarme callada.