Elena e Isabella son dos gemelas separadas al nacer por la ambición y la maldad. Mientras Elena crece en la pobreza, entregando su vida al trabajo para costear el costoso tratamiento médico de su madre, Isabella vive en una jaula de oro, obligada por su poderosa familia a casarse con Alexander Volkov. Él es un heredero implacable, un CEO cuya frialdad y falta de sentimientos son leyenda en el mundo de los negocios. Un encuentro inesperado pondrá a prueba sus destinos cuando Elena deba ocupar el lugar de su hermana en un juego de identidades peligroso. ¿Serán capaces de salir de este enredo? ¿El CEO será tan implacable como dicen?
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Capítulo XXIV
Punto de vista de Alexander
Entré en la habitación tratando de procesar lo que acababa de ocurrir en el despacho. Claudia parecía estar perdiendo la razón con sus teorías conspirativas, pero el hecho de que el registro de audio estuviera corrupto me dejaba un sabor amargo. En mi mundo, las casualidades no existen. Alguien había manipulado ese sistema, y no sabía si era para protegerme a mí o para protegerla a ella.
Ahora más que nunca a sabía que Isabella ocultaba algo y era algo verdaderamente grave. Quería pensar que no era nada relacionado con un amante, pues la Isabella que vi hoy no tenía la más mínima idea de cómo seducir a alguien.
Me detuve al pie de la cama. La luz de la luna bañaba la habitación, y allí estaba ella, sumida en un sueño profundo. Se veía tan pequeña en medio de la inmensa cama de los Volkov. El desastre de su intento de seducción de hace unas horas todavía flotaba en el aire, pero ahora, en el silencio de la noche, su fragilidad volvía a ser la protagonista.
Me quité el reloj, la camisa y me puse un pantalón cómodo para dormir. No podía dejar de mirarla. ¿Quién era la mujer que gritaba nombres en sueños y defendía camareras, pero que tropezaba con sus propios pies al intentar ser una seductora?
Me deslicé en mi lado de la cama con cuidado, tratando de no despertarla. El colchón se hundió levemente bajo mi peso. Me quedé mirando el techo, con las manos tras la nuca, sintiendo cómo el silencio de la mansión me pesaba en los hombros.
De pronto, sentí un movimiento a mi lado.
Era Isabella, mi mente seguía luchando con lo sucedido hace unas horas, se giró en sueños. Buscó mi calor de forma instintiva. Antes de que pudiera reaccionar, sentí sus brazos rodeando mi torso y su cabeza acomodándose con naturalidad en el hueco de mi hombro. Su respiración, suave y cálida, golpeaba rítmicamente contra mi pecho.
Me quedé petrificado. Mi cuerpo se tensó como una cuerda de violín a punto de romperse. Estaba acostumbrado a mujeres que se acercaban a mí con intenciones claras, con movimientos calculados para obtener algo. Pero este abrazo... este abrazo era diferente. No había tensión, no había artificio. Ella me abrazaba como quien encuentra un refugio en medio de una tormenta.
—No me dejes... —susurró ella entre sueños, apretándose más contra mí—. Por favor, mamá... no me dejes sola.
Una punzada de algo que se parecía peligrosamente al dolor me atravesó el pecho. Sus manos, pequeñas y suaves, se aferraban a mi piel como si yo fuera lo único sólido en su mundo. En ese momento, la máscara de "Alexander Volkov, el implacable" se agrietó.
A pesar de las dudas, a pesar de Claudia y de las sospechas sobre su identidad, mi brazo se movió por cuenta propia. La rodeé, atrayéndola un poco más hacia mí, protegiéndola de esas pesadillas que parecían perseguirla incluso en el lujo de esta mansión.
Su piel olía a flores blancas y a esa inocencia que me resultaba tan desconcertante. Cerré los ojos, rindiéndome por una noche a la mentira. Si ella estaba mintiendo para que yo cayera a sus pies, era la mentirosa más peligrosa de todas, porque no estaba robando mi fortuna ni mi apellido... estaba logrando que, por primera vez en años, yo no quisiera estar solo.
Me quedé dormido con el corazón latiendo a un ritmo que no reconocía, mientras en algún lugar de la casa, el responsable de borrar la grabación seguía vigilando desde las sombras.
Punto de vista de Elena
—No puedo, tengo que... tengo que levantarme —respondí, con el corazón martilleando contra mis costillas.
La cercanía era embriagadora. Podía sentir el calor de su pecho contra mi espalda y su respiración profunda acariciando mi nuca. Era una sensación de paz que no me pertenecía, una seguridad que estaba robándole a mi propia otra mujer.
—¿Qué tienes que hacer tan temprano, Isabella? —preguntó él, y sentí cómo apoyaba su barbilla en mi hombro, sin soltarme—. ¿Acaso tienes una cita con alguien que no conozco?
Esa última frase, aunque dicha con un tono perezoso por el sueño, llevaba una carga de sospecha que me hizo helar la sangre. Recordé a Claudia, el teléfono, el doctor Salvatierra y la red de mentiras que se cerraba sobre mí.
—No, Alexander. Solo no estoy acostumbrada a... a esto —admití con honestidad, dejando de luchar contra su agarre por un momento—. Nunca pensé que estarías de acuerdo con compartir la misma cama de esta manera.
Sentí que él se tensaba levemente. Alexander me giró con una lentitud deliberada hasta que quedé frente a él. Sus ojos grises, aún nublados por el sueño pero intensos como tormentas, me escudriñaron el rostro. Estábamos tan cerca que nuestras narices se rozaban.
—Yo tampoco lo pensé —confesó, y su mano subió para apartar un mechón de mi cara con una delicadeza que me dolía—. Pero anoche me abrazaste como si tu vida dependiera de ello. Rogaste que no te dejaran sola.
Me quedé sin aliento. ¿Qué más había dicho en sueños? El pánico debió reflejarse en mi mirada, porque Alexander entrecerró los ojos.
—Pareces aterrorizada —susurró, su voz volviéndose gélida de nuevo—. ¿De quién te escondes tras esa fachada de inocencia? ¿Es de tu padre? ¿Es de ese hombre del teléfono? ¿O es de mí?
—No me escondo de nada —mentí, aunque mi voz tembló—. Solo trato de ser la esposa que todos esperan que sea.
—Ese es el problema —sentenció él, soltándome de repente y sentándose en el borde de la cama, dándome la espalda—. La mujer que todos esperan es una Castillo. Pero la mujer que despertó en mis brazos anoche... no sé quién diablos es, pues nunca la había visto actuar así.
Se levantó y caminó hacia el baño sin mirar atrás, dejándome sola con el eco de sus palabras. Me senté en la cama, abrazando mis rodillas. Alexander estaba empezando a ver la verdad, no porque yo hubiera confesado, sino porque mi cuerpo y mis miedos me estaban traicionando. Estaba cayendo en un abismo y, lo peor de todo, era que empezaba a desear que él fuera quien me atrapara al final.
ojalá no bajen la Guardia