Ella es mejor amiga del chico popular el cual comienza a sentir algo por el Pero los prejuicios por las apariencias complican todo
NovelToon tiene autorización de valeria isabel leguizamon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 12
Esa mañana, Abril se despertó temprano.
Más temprano que nunca. El sol apenas comenzaba a filtrarse por las ventanas de la mansión cuando ella ya estaba en el gimnasio de la casa.
Nunca había usado ese cuarto. Era de sus padres, lleno de máquinas brillantes y pesas impecables que nadie tocaba.
Pero hoy sería diferente.
Se subió a la caminadora. Ajustó la velocidad al mínimo. Y empezó.
Era muy mala en eso.
Sus pies no coordinaban bien. Sus brazos se movían como si fueran de otro cuerpo. El sudor comenzó a aparecer antes de los cinco minutos.
Pero siguió.
Porque no iba a rendirse. No otra vez.
Pablo escuchó ruidos.
Estaba en la habitación que Abril le había prestado, tratando de dormir un poco más, cuando un sonido extraño llegó desde abajo. Pasos. Un tropiezo. Una respiración agitada.
Bajó las escaleras con cuidado y siguió el ruido hasta el gimnasio.
Y entonces la vio.
Abril estaba en la caminadora, con la lengua afuera, el cabello pegajoso en la frente, y una expresión de concentración que rayaba en lo ridículo.
Pablo sonrió. No podía evitarlo.
Ella sintió la mirada. Volteó.
Y de la vergüenza, sus pies se enredaron.
La caminadora la escupió hacia atrás. Abril cayó al suelo con un golpe sordo, las piernas en el aire, la cara roja como un tomate.
—¿Estás bien? —gritó Pablo, corriendo hacia ella.
Se arrodilló a su lado, la sujetó por los hombros, la revisó con urgencia.
—Sí, estoy bien —dijo Abril, tapándose la cara con las manos—. Solo quiero morirme. Un poquito nomás.
Pablo soltó una risa.
—¿Te ries de mí?
—Un poquito nomás —dijo él, devolviéndole la frase.
Ella le pegó en el brazo. Él fingió que le dolió.
Y por un momento, sentados en el suelo del gimnasio, con Abril hecha un desastre y Pablo aún en pijama, todo fue fácil.
—¿Qué estabas haciendo? —preguntó él.
—Ejercicio —respondió ella, con dignidad fingida.
—¿Eso era ejercicio?
—Cállate.
Pablo la ayudó a levantarse.
—¿Por qué? —preguntó entonces, más serio—. ¿Por qué todo esto?
Abril se sacudió la ropa. No lo miró.
—Porque estoy cansada de ser la que siempre pierde —dijo—. Voy a cambiar. Todo.
Pablo la miró.
Y supo que no estaba bromeando.
—Eres perfecta tal y como eres —dijo Pablo, con una seriedad que le quedaba rara—. No necesitas cambiar para encajar.
Abril lo miró. Por un segundo, sus ojos se suavizaron.
Pero luego enderezó la espalda.
—Lo sé —respondió—. Pero siempre se puede estar mejor.
Hizo una pausa. Apretó los labios.
—Además, es por mí. No por los demás.
Pablo la observó en silencio. Vio esa chispa en sus ojos, esa determinación que no estaba allí antes. Y supo que no iba a convencerla de rendirse.
Así que hizo otra cosa.
—Bien —dijo, cruzando los brazos—. Siendo así, te voy a ayudar.
Abril frunció el ceño.
—No es necesario.
—Sí lo es —insistió él, señalando la caminadora—. Si no sabes cómo hacer los ejercicios correctamente, te puedes lastimar.
Abril abrió la boca para protestar.
Pero Pablo no terminó.
—Además —dijo, bajando un poco la voz—. Me dejas quedarme en tu casa. Al menos debería hacer algo por ti.
El silencio se instaló entre ellos.
Abril lo miró. Buscó en sus ojos alguna señal de burla. No encontró nada.
—¿Y tú sabes de ejercicios? —preguntó, con desconfianza.
Pablo sonrió. Una sonrisa honesta, sin sarcasmo.
—Juego fútbol americano, ¿recuerdas? Tengo que mantenerme en forma.
Abril suspiró. Miró al techo. Luego volvió a mirarlo a él.
—Está bien —cedió—. Pero si te ríes de mí otra vez, te echo de la casa.
—Trato hecho —dijo Pablo, extendiendo la mano.
Ella se la estrechó.
Y por primera vez en días, Pablo sintió que estaba haciendo algo bien.