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CAPÍTULO 19-La primera caída.
La noche había caído con un silencio antinatural sobre el ducado.
No era la calma de un lugar en reposo.
Era… una pausa.
Como si algo estuviera esperando.
En el ala oeste de la mansión, donde casi nadie se atrevía a entrar, la quietud era aún más densa.
Sacha estaba de pie junto a la ventana.
Mirando hacia la oscuridad del jardín.
Pero no veía el paisaje.
Sentía.
Desde hacía horas, algo no estaba bien.
No era el guardia.
No eran los susurros.
No era el peso habitual del encierro.
Era algo más.
Algo que no pertenecía a ese lugar.
Sus dedos se tensaron ligeramente.
—Están aquí… —susurró casi sin voz.
Sofía, que organizaba unos libros cerca de la mesa, se detuvo de inmediato.
—¿Quiénes?
Sacha no respondió de inmediato.
Su mirada seguía fija en la noche.
—No lo sé… pero no vienen a mirar.
El aire cambió.
Fue sutil.
Pero suficiente.
Sofía lo sintió.
—Sacha…
Y entonces—
Un golpe seco.
La ventana explotó hacia adentro.
El cristal se dispersó en el aire como lluvia cortante.
Sofía gritó.
Sacha no.
Porque ya lo había visto.
Una figura oscura atravesó el marco destrozado.
Rápida.
Precisa.
Silenciosa.
Un hombre.
Vestido de negro.
Con los ojos fríos.
Sin duda.
Sin emoción.
Un ejecutor.
Del templo.
No habló.
No dudó.
Su espada descendió directamente hacia
Sacha.
Pero—
No la alcanzó.
El aire se distorsionó.
Como si algo invisible se interpusiera.
El golpe chocó contra una barrera que no
estaba allí un segundo antes.
Un sonido seco.
Vibrante.
La hoja retrocedió.
El hombre frunció el ceño.
Sacha lo miró por primera vez.
Sin miedo.
Pero con una claridad peligrosa.
—Me estaban esperando —dijo él, finalmente.
Su voz era baja.
Cortante.
—No —respondió Sacha con calma—. Te estaba sintiendo.
El hombre no contestó.
Atacó de nuevo.
Esta vez más rápido.
Más violento.
El suelo crujió bajo sus pies.
Pero Sacha ya no estaba donde él había apuntado.
Se movió.
No como una niña.
No como alguien inexperto.
Se desplazó con una fluidez imposible.
El aire a su alrededor comenzó a vibrar.
Los objetos temblaron.
Los libros cayeron.
Las cortinas se agitaron sin viento.
—Magia… —murmuró el hombre.
Y en sus ojos apareció algo nuevo.
Confirmación.
Levantó la espada nuevamente.
Pero esta vez—
Sacha levantó la mano.
Y todo se detuvo.
Por un segundo.
Solo un segundo.
El hombre sintió una presión brutal.
Invisible.
Aplastante.
Su cuerpo fue empujado hacia atrás con fuerza.
Se estrelló contra la pared.
El impacto resonó en toda la habitación.
Sofía, temblando, retrocedió.
—¡Sacha!
Pero Sacha no la miraba.
Su atención estaba completamente fija en el intruso.
—¿Cuántos más? —preguntó.
El hombre escupió sangre.
Y sonrió.
—Suficientes.
Entonces—
Un segundo movimiento.
Desde la puerta.
Otro hombre.
Más rápido.
Más silencioso.
Había entrado sin que nadie lo notara.
Su objetivo no era Sacha.
Era Sofía.
Pero—
Alguien más se interpuso.
—¡No!
Simone.
Había llegado corriendo.
Atraída por el ruido.
Sin entender.
Sin pensar.
Solo actuando.
Se colocó frente a Sofía justo cuando la hoja descendía.
El sonido fue distinto esta vez.
Más pesado.
Más real.
La sangre apareció antes que el grito.
—¡Simone!
Sacha se giró.
Y por primera vez—
Perdió el control.
El mundo tembló.
Literalmente.
Las paredes vibraron.
Las lámparas estallaron.
El aire se volvió denso.
Inestable.
Peligroso.
—…no… —susurró.
Pero no era una súplica.
Era una advertencia.
El hombre que había atacado a Simone
intentó retroceder.
Pero ya era tarde.
El suelo bajo sus pies se quebró.
No físicamente.
Pero algo lo sostuvo.
Lo atrapó.
Como manos invisibles.
Lo levantó del suelo.
Su cuerpo se tensó.
Sus ojos se abrieron con horror.
—¿Qué… eres…?
Sacha no respondió.
Porque ya no estaba conteniéndose.
Su mirada…
Era otra.
Oscura.
Profunda.
Incomprensible.
El primer hombre intentó levantarse.
—¡Retirada! —gritó.
Pero nadie se movió.
Porque nadie podía.
La presión aumentó.
Los dos hombres quedaron suspendidos.
Inmovilizados.
La sangre comenzó a salir de sus bocas.
—El templo… —intentó decir uno.
Pero su voz se perdió.
Sacha dio un paso hacia ellos.
Lento.
Deliberado.
—Nadie… —su voz era baja, pero resonaba en toda la habitación— vuelve a tocar… a alguien mío.
El aire colapsó.
Y los cuerpos cayeron.
Sin vida.
El silencio que siguió…
Fue absoluto.
Pesado.
Irreal.
Sacha respiraba agitadamente.
Sus manos temblaban.
Sus ojos volvieron poco a poco a la normalidad.
Y entonces—
La vio.
Simone.
En el suelo.
Pálida.
Sangrando.
—…no… —susurró de nuevo.
Pero esta vez sí era una súplica.
Corrió hacia ella.
Cayó de rodillas.
—Simone… Simone mírame…
Simone apenas abrió los ojos.
Su respiración era débil.
—…estás… bien… —murmuró, con una sonrisa leve.
Incluso ahora.
Sacha sintió algo romperse dentro de su pecho.
—No hables… no te duermas…
Sofía llegó corriendo.
Presionando la herida.
—¡Tenemos que detener la sangre!
Pero era profunda.
Demasiado.
Y entonces—
El aire volvió a cambiar.
Pero esta vez…
No fue violento.
Fue…
Frío.
Las sombras en la habitación se alargaron.
Se deslizaron por el suelo.
Subieron por las paredes.
Hasta reunirse en un punto.
Detrás de ellas.
Nadie lo vio llegar.
Simplemente…
Ya estaba ahí.
El emperador.
De pie.
Envuelto en oscuridad.
Sus ojos recorrieron la escena en silencio.
Los cuerpos.
La destrucción.
La sangre.
Y finalmente—
Sacha.
Sosteniendo a Simone.
Algo en su mirada cambió.
Apenas.
Pero fue suficiente.
—Llegué tarde —dijo.
Su voz fue baja.
Pero cargada de poder.
Sacha se giró bruscamente.
Sus ojos se encontraron.
Y por un instante—
El mundo pareció detenerse.
Porque ella lo sintió.
No como a los demás.
No como una amenaza común.
Sino como algo…
Igual.
Peligroso.
Antiguo.
—¿Quién eres…? —susurró.
El emperador no respondió de inmediato.
Sus sombras se movieron suavemente.
Y entonces—
Se inclinó ligeramente hacia Simone.
Una de las sombras descendió.
Se deslizó sobre la herida.
Y la sangre…
Se detuvo.
No completamente.
Pero lo suficiente.
—No morirá —dijo.
Sacha no confió.
Pero tampoco se apartó.
Porque no podía.
—Llegaron antes de lo que esperaba… —continuó él.
Su mirada se elevó.
Fría.
Calculadora.
—El templo ha decidido moverse.
Un sonido de pasos irrumpió en la tensión.
Soldados.
Muchos.
Entraron rápidamente en la habitación.
Se detuvieron al ver la escena.
Nadie habló.
Nadie se movió.
Porque el emperador estaba allí.
—Aseguren el lugar —ordenó sin alzar la voz.
—Sí, majestad.
Los soldados se dispersaron.
Capturando.
Revisando.
Confirmando.
—Los duques —añadió el emperador.
Su tono cambió apenas.
Pero fue suficiente para helar el ambiente.
—Serán arrestados.
Sacha levantó la mirada.
—¿Por qué?
El emperador la miró directamente.
—Por ocultarte.
Silencio.
—Por mentir.
Un paso.
—Y por poner en peligro algo que no entienden.
Sacha apretó los dientes.
—Yo no necesito—
—No —la interrumpió él—. Pero ellos sí necesitaban saber lo que estaban haciendo.
Sus ojos brillaron levemente.
Oscuros.
—Y eligieron ignorarlo.
En ese momento—
Gritos en el pasillo.
La duquesa.
—¡¿Qué significa esto?!
El duque detrás de ella.
Furioso.
—¡¿Quién se atreve a entrar así en mi hogar?!
Se detuvieron al ver la escena.
Y luego…
Al emperador.
El color abandonó sus rostros.
—Majestad…
El silencio fue mortal.
—Arrestenlos.
No hubo explicación.
No hubo juicio.
Solo orden.
Los soldados avanzaron.
—¡Esto es un abuso! —gritó el duque— ¡No tiene derecho!
—Tengo todo el derecho —respondió el emperador.
Frío.
Inmutable.
—Ocultaron información.
Mintieron al imperio.
Y permitieron que el templo actuara dentro de sus dominios.
Los ojos del duque temblaron.
—Eso no es—
—Suficiente.
Las sombras se movieron levemente.
Y el duque se quedó en silencio.
Como si algo le hubiera robado la voz.
La duquesa cayó de rodillas.
—Majestad, por favor…
Pero no hubo respuesta.
Fueron llevados.
Sin dignidad.
Sin poder.
Sin control.
La habitación volvió al silencio.
Pero ya no era el mismo.
Sacha seguía sosteniendo a Simone.
Más tranquila.
Pero aún débil.
El emperador seguía allí.
Observando.
—Esto no ha terminado —dijo finalmente.
Sacha lo miró.
—Lo sé.
Sus miradas se cruzaron otra vez.
Y esta vez…
Ninguno apartó la vista.
—Entonces prepárate —añadió él.
Las sombras comenzaron a rodearlo nuevamente.
—Porque lo que viene…
Su voz se desvaneció con la oscuridad.
—No será silencioso.
Y desapareció.
Como si nunca hubiera estado allí.
Pero el peso de su presencia…
Permaneció.
Y en el ducado…
La guerra…
Acababa de comenzar.