Tras un accidente todos creen que Clara ha perdido la memoria. Ella permite que así sea luego de darse cuenta de que su reciente esposo y la supuesta amiga de él parecen haber estado engañandola desde antes del matrimonio.
Pero lo peor no es eso, lo peor viene cuando se da cuenta de que han tramado una red de mentiras entre las cuales existe un "esposo" del que ella no tiene idea.
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El refugio de madera y óleo
A mitad de la semana de aislamiento, el ambiente en la suite se había vuelto extrañamente cálido. Una mañana, mientras compartían el desayuno junto al ventanal, Clara observó a Matías. En sus manos, siempre meticulosas, notó el rastro de cal y polvo de ladrillo viejo, y un leve aroma a madera húmeda y selladores estructurales. Como arquitecto dedicado a la restauración de edificios antiguos, Matías pasaba sus horas libres sumergido en los planos, lejos de los negocios sucios de Julián.
Adoptando su máscara de curiosidad inocente, Clara dejó la taza de té sobre la mesa y lo miró fijamente.
—Hueles a madera y a piedra —comentó con voz suave, entornando los ojos—. ¿Estuviste trabajando en alguno de tus proyectos de restauración?
Matías levantó la vista, sorprendido por el interés, y esbozó una sonrisa genuina que le suavizó la rigidez del rostro.
—Sí, estaba revisando los arreglos del viejo teatro del casco histórico —admitió, acomodándose los puños de la camisa—. Pero... en realidad estaba pensando en ti, Clara. He estado hablando con tu médico. Me dijo que los estímulos con entornos familiares son clave para recuperar la memoria. Tu estudio de pintura, el taller que tienes en el centro, en el callejón de los artistas... sigue intacto. Nadie ha tocado tus lienzos ni tus pinceles desde la noche del accidente. Pensé que... bueno, si te sientes con fuerzas, podría llevarte allí esta tarde. Quizás volver a tu propio espacio te ayude a conectar los fragmentos.
Clara sintió un vuelco frío en el estómago, pero asintió de inmediato con una timidez ensayada. Salir de la mansión e ir a su verdadero estudio en la ciudad era la oportunidad perfecta. No solo para buscar pistas físicas que Julián o Lucía hubieran pasado por alto, sino para dar el siguiente paso en su estrategia con Matías. El hecho de que él se preocupara por su bienestar mental y respetara su espacio como artista confirmaba lo que había descubierto en la penumbra de la cama: Matías era completamente distinto a su hermano.
—Me gustaría mucho ir. Gracias por pensar en eso —susurró, ofreciéndole una mirada cargada de una gratitud tan profunda que hizo que él desviara la vista, incómodo por la intensidad de sus propios sentimientos.
Por la tarde, Matías la ayudó a subir al coche y condujeron hacia el centro de la ciudad, deteniéndose frente a un antiguo edificio de fachadas altas y ladrillo visto en el barrio histórico. Matías la guió escaleras arriba, sosteniéndola firmemente de la cintura mientras ella caminaba suavemente.
Al abrir la pesada puerta de madera del taller, el aroma a óleo, aguarrás y tela tensada inundó los sentidos de Clara, extrañaba tanto ese ambiente, pero no sabía cómo hacer para regresar allí sin delatarse.
El estudio era un lugar magnífico, inundado por la luz de un enorme ventanal que daba a la calle de adoquines —la misma que ella estaba cruzando la noche en que el coche la embistió—. Había caballetes, bocetos colgados con pinzas y lienzos inacabados que reflejaban la vida de la verdadera Clara, antes de que comenzara todo aquel engaño.
Matías se movió por el espacio con un respeto reverente, observando las paredes con la sensibilidad de un arquitecto que aprecia el arte.
—Pasabas horas aquí dentro —comentó Matías. Su voz, baja y pausada, resonó en el eco del taller. Estaba recitando de memoria la información que su hermano le había dado para evitar errores, pero se confió—. Te encantaba crear. Y aunque nunca estuve aquí antes, debo admitir que este lugar te identifica.
Al oírlo, Clara ladeó la cabeza, captando la fisura en su discurso de inmediato.
—¿Nunca? ¿Cómo es posible que, siendo mi novio, jamás hayas estado aquí?
La rigidez asomó por un segundo en la postura de Matías. Se dio cuenta del desliz e intentó enmendarlo con una sonrisa ensayada.
—Sabes que mi trabajo me absorbe demasiado. Nuestros horarios rara vez coincidían y nunca se dio la oportunidad... hasta hoy.
Clara sonrió. Sabía perfectamente que Julián tampoco había pisado jamás el estudio, pero ver el destello de autosuficiencia en el rostro de Matías al creer que había salvado la situación la empujó a dar un paso inesperado.
—Entonces, para compensar que nunca viniste, ¿qué tal si eres mi modelo?
Matías la miró, sorprendido. La ladeó levemente la cabeza, buscando alguna trampa en sus ojos claros, pero solo encontró una calidez inocente.
—¿Tu modelo? —repitió, con una risa nerviosa—. Clara, no creo que sea una buena idea. No sé quedarme quieto y, además, el arte es lo tuyo, no lo mío. Mi lugar está detrás de los planos, no frente a un lienzo.
—Precisamente por eso —insistió ella, acortando la distancia entre los dos con pasos lentos, casi etéreos, deteniéndose justo al lado del caballete principal—. Un arquitecto entiende de líneas, de luces y de formas. Sabrás mantener la postura mejor que nadie.
Clara pasó los dedos por el borde de la madera desgastada, fijando su mirada en él. No había prisa en sus movimientos, solo una paciencia magnética.
—Además... —continuó en un susurro, suavizando el tono—, dijiste que este lugar me identifica. Si de verdad quieres recuperar el tiempo que perdimos por tus "horarios ocupados", esta es la mejor manera. Ayúdame a reencontrarme con mi arte, Matías. Ayúdame a recordar quién era a través de ti. Para Matías negarse ahora no solo sería descortés, sino que levantaría sospechas. Tragó saliva, atrapado en la red que ella acababa de tejer sin romper la armonía del momento. Miró el lienzo en blanco y luego a Clara, cuya sonrisa era un desafío silencioso disfrazado de ruego.
—Solo será un boceto rápido, entonces —cedió él, aflojándose imperceptiblemente el cuello de la camisa mientras buscaba dónde sentarse—. No prometo ser el mejor modelo de la ciudad.
—Serás perfecto —aseguró Clara, dándole la espalda para ocultar la chispa de triunfo en sus ojos mientras tomaba un carboncillo—. Solo siéntate ahí, donde la luz del ventanal te dé de perfil.
Clara lo observó en silencio y luego caminó hacia la mesa de trabajo, pero cuando se acercaba de regreso tropezó con una pequeña banqueta, y dejó escapar un pequeño suspiro de sorpresa.
Matías, reaccionó en un parpadeo: se levantó de un salto y la atrapó por la espalda, rodeándola con sus brazos y pegando el cuerpo de ella contra su pecho para asegurarla.
El impacto contenido los dejó inmóviles durante un instante. Clara apoyó las manos sobre los antebrazos de él, sintiendo la tensión rígida de sus músculos y el ritmo acelerado de su respiración contra su nuca. Lejos de apartarse asustada, se tomó su tiempo para estabilizarse, dejando que el silencio del estudio se volviera denso, casi íntimo.
La cercanía física se volvió instantáneamente asfixiante en medio del olor a pintura. Clara no intentó apartarse; al contrario, se quedó allí apoyada y lo miró fijamente a los ojos.
—Gracias, Matías... no sé qué haría sin ti —murmuró Clara, bajando la voz hasta un susurro.
Las defensas de Matías, erosionadas por los días de compartir la misma cama y la misma intimidad, terminaron de desmoronarse. El afecto y el deseo reprimido le nublaron la mirada. Su agarre en la cintura de ella se tensó, no con tosquedad, sino con una desesperación devota, una necesidad muda de mantenerla a salvo. Estaba completamente a su merced.
Clara estiró la mano y, con una delicadeza ensayada, rozó la mandíbula de Matías antes de enderezarse por completo, obligándolo a romper el contacto con suavidad. Su plan avanzaba con una precisión quirúrgica: si el acta de matrimonio civil decía que estaban casados, ella se encargaría de que él deseara con toda su alma que ese papel fuera una realidad.
Al final de la tarde, cuando regresaron a la mansión, la anciana Hattie los esperaba en el pasillo con una bandeja de té.
—Señor Matías, señora Clara —anunció la mujer con una reverencia—. El doctor Salles llamó hace un momento. Confirmó que su congreso ha terminado y que reanudará las sesiones de rehabilitación en cuarentena y ocho horas.
Clara asintió, manteniendo su rostro sereno, pero por dentro una descarga de adrenalina la recorrió por completo. La semana de tregua y aislamiento estaba terminando. Marcos estaría de regreso pronto, y con él, las respuestas sobre el coche que la había embestido a la salida del estudio.
Marcos que noticias traerá y si encontró el vehículo que la atropello.
Como harán porque Clara algún día tiene que dejar de fingir la amnesia allí que dirá o que hará Julian y la Lucia 🤔🤔🤔❓❓❓
Veremos que noticias trae Marcos 🤔🤔🤔❓❓❓
Regresa Marcos después de una semana veremos si encontró el vehículo y que paso con el.