Él era solo un niño de 20 años; ella, una guerrera de 28 huyendo de una traición.
Cuando Elena despierta en una casa de seguridad, lo último que espera es encontrarse con un joven de mirada color miel y una confianza que la descoloca. Tras una noche de pasión que ella jura olvidar, Elena lo desprecia: "Niño, busca a tu padre, no tengo tiempo para juegos".
Él solo le responde con una promesa que le quema el alma: "Este niño acaba de darte el mejor recuerdo de tu vida... y voy a volver por ti".
Diez años después, el niño se ha convertido en un hombre implacable. Elena ha sobrevivido a todo, pero no está lista para el regreso de aquel extraño. Él no ha olvidado su aroma, su fuerza, ni a su "gordita". Esta vez, no aceptará un "no" por respuesta.
Una historia de reencuentro, poder y una obsesión que el tiempo no pudo borrar.
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Capitulo 17
Después del espectáculo de Sofía, la oficina de Elena parecía zona de guerra. El aroma a sándalo y deseo seguía flotando en el aire, pero fue interrumpido por el sonido de una maleta de diseñador rodando por el pasillo.
Hugo entró sin avisar, como siempre, pero esta vez llevaba puestas unas gafas de sol de espejo y un sombrero de ala ancha que no pegaba nada con el clima de la ciudad.
—¡Preparen los pasaportes y el bloqueador solar! —anunció Hugo, lanzando un catálogo de yates sobre el escritorio de mármol que todavía estaba tibio—. Alexander, nena, he decidido que no puedo dejarte sola con este vikingo hambriento en una isla desierta. Alguien tiene que vigilar que no te rompa la pelvis antes de firmar el balance trimestral.
Elena se estaba terminando de arreglar el cabello, todavía roja como un tomate.
—¿De qué hablas, Hugo? ¿Qué isla?
Alexander, que estaba apoyado contra el ventanal revisando unos mensajes en su teléfono, levantó la mirada con una sonrisa de suficiencia.
—Nos vamos a mi propiedad en las Bahamas por tres días, Elena. Necesitamos "paz" para discutir los nuevos contratos. Y parece que tu amigo ha interceptado mi jet privado.
Hugo soltó una carcajada y se acomodó el sombrero.
—Interceptado no, querido. Me autoinvité. Porque seamos honestos, Alexander: tú miras a mi amiga como si fuera un buffet de "todo lo que puedas comer" y ella te mira como si fueras el postre, el plato principal y la propina. Si los dejo solos setenta y dos horas, Elena vuelve en silla de ruedas o embarazada, y yo necesito que me cuente los detalles en tiempo real. ¡No me voy a perder el chisme del siglo por un poco de arena!
Alexander soltó una risotada ronca. Por alguna razón, la insolencia de Hugo le divertía.
—Está bien, Hugo. Pero si te quejas del ruido de las paredes, te tiro a los tiburones.
—Ay, por favor —bufó Hugo, dándole una palmadita en el brazo a Alexander—. He vivido al lado de un club nocturno en Ibiza, tus rugidos de león herido serán música para mis oídos. Solo asegúrate de que el buffet del yate tenga champán del caro, porque ver a Elena siendo "reclamada" me da mucha sed de la mala.
Elena miró a los dos hombres, sintiéndose entre la espada y la pared.
—¿Y mi empresa? ¿Y mi padre?
—Nena, relájate —Hugo la agarró de los hombros y la obligó a mirarse al espejo—. Tu empresa está en manos de tu equipo, tu padre está ocupado tratando de explicarle a la policía por qué no tiene fondos, y tu hermanastra está probablemente buscando un tutorial de "cómo ser una persona decente" en YouTube. Es hora de que la Reina se vaya de vacaciones con su Rey… y con su bufón favorito, que soy yo.
Dos horas después, estaban en la pista de aterrizaje. El jet de Alexander era básicamente un hotel de lujo volador. Hugo ya estaba sentado en uno de los asientos de cuero blanco, con una copa de mimosa en la mano.
—¡Elena, ven a ver esto! —gritó Hugo desde el fondo del avión—. ¡El baño tiene ducha para dos! Alexander, nena, me caes bien, pero si intentas hacer "ejercicio" a diez mil pies de altura, por favor avísame para ponerme mis audífonos de cancelación de ruido. No quiero que el piloto piense que estamos pasando por una turbulencia cuando en realidad eres tú dándole como a campana de iglesia.
Alexander pasó por el lado de Hugo, le dio un golpe amistoso en el hombro y se dirigió a Elena, que estaba tratando de esconder la cara detrás de una revista. La tomó de la cintura, pegándola a su cuerpo frente a la mirada atenta de Hugo.
—¿Escuchaste eso, socia? —susurró Alexander contra su oído, ignorando deliberadamente que Hugo estaba grabando la escena con su teléfono para "su archivo personal"—. Turbulencia. Me gusta cómo suena eso.
—¡Eso es! ¡Graben un video! —gritó Hugo, emocionado—. ¡Nena, esa mirada de Alexander me ha dejado embarazado a mí también! ¡Vámonos a esa isla, que el pecado no espera!
Elena no pudo evitar reírse. Entre la intensidad posesiva de Alexander y las locuras de Hugo, sabía que este viaje iba a ser cualquier cosa menos tranquilo. El avión despegó, y mientras el cielo se abría ante ellos, Elena supo que el pasado finalmente se estaba quedando atrás, enterrado por el rugido de los motores y el calor de la mano de Alexander, que ya empezaba a subir por su muslo bajo la atenta y burlona mirada de Hugo.