Durante diez años, Rebecca le volvió la espalda al pasado, decidiendo aceptar la traición de Jay Lorence y abrirse paso sola en la vida. Pero ahora, nada podía apartarla del lecho de su madre; ni siquiera para enfrentarse a Jay de nuevo... Después de todo, él jamás se molestó en averiguar qué le sucedió a la adolescente que huyó de Thornley, jurando nunca regresar, ni cómo sobrevivió la chica cuyo amor y confianza rechazó con tanta crueldad...
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Capitulo 24
Ya llegaron, Rebecca observó por la ventana que el coche de Cristina se estacionaba atrás del de Jay y que su hijo se bajaba para rodear al monstruo mecánico, describiéndole a una velocidad diabólica, las cualidades del famoso vehículo.
Jay saltó de la silla en que se sentaba, tan tenso que el aire vibraba a su alrededor. Habían esperado media hora; en ese lapso, la apasionada intimidad de la noche anterior desapareció, dejando en su lugar un trato seco y formal, que los hizo ocultarse tras máscaras frías y remotas.
Pero pronto el niño se volvió y descubrió el rostro de Rebecca en la ventana y su sonrisa se convirtió en un gesto de asombro.
- ¡Mamá! -gritó y el corazón de ella se detuvo, tembloroso, al tiempo que su estómago se le contraía al correr hacia la puerta.
-Por favor, Jay-le rogó, preguntándose qué se proponía hacer-. Permíteme explicarle esto a solas.
- ¿Cómo se lo explicarás? -la retó-. ¿Sentándote para decirle que tiene a un patán de padre? -La miró, helado-. No. Lo haremos juntos.
-Pero... -la puerta principal se abrió y escuchó la voz de Cristina, preguntándole a Kit si estaba seguro de que su madre había regresado. Avanzó otro paso y puso la mano sobre el hombro de Jay- ¡Eres su padre, por amor del cielo! -exclamó, ansiosa-. No podría humillarte sin humillarlo a él.
El sonido de unos pequeños pies, subiendo por las escaleras, la mareó, sabiendo que era demasiado tarde. Jay también se volvió parado a su lado, frente a la puerta, tenso rígido, mientras Rebecca se aferraba a su brazo. Entonces la puerta se abrió de par en par y Kit apareció, sonriendo de placer.
- ¡Mamá!-jadeó, sin aliento- ¿Cuándo regresaste? ¿Ya viste el fantástico Ferrari estacionado frente a la casa? ¿De quién crees que...? -Su voz se desvaneció y sus ojos se posaron en el desconocido, al tiempo que su entusiasmo, se convertía en cautela- Oh -musitó-, lo siento. No sabía que estabas con alguien.
El silencio reinó en el cuarto. Nada... nada de lo que imaginó, se acercaba a la devastadora realidad de ese encuentro. Jay observó, paralizado, cómo nacía de nuevo en la figura de su hijo.
En ese momento Cristina entró, atrás de Kit, rompiendo ese instante de tensión indescriptible y su agradable rostro espió dentro del cuarto, con curiosidad. Rebecca le lanzó una mirada de súplica, advirtiéndole, con los ojos llenos de lo que algo inusitado estaba a punto de ocurrir. Los ojos de su amiga se clavaron en Jay y, como sucedería con cualquiera que conociera a Kit, la relación entre ambos le resultó obvia al instante. Un segundo después observó el pálido rostro de Rebecca y, con una sensibilidad que después ésta le agradeció, asintió y bajó las escaleras para dejarlos a solas.
-Kit -por necesidad se dominó, abriendo sus dedos dormidos y soltando el brazo de Jay. Tragó saliva antes de fingir la sonrisa con que siempre le daba la bienvenida a su hijo-. Ven acá -lo urgió, ronca, tendiéndole una mano para acercarlo-. Quiero que conozcas a tu...
Kit tomó su mano, permitiendo que lo acercara a su cuerno y contempló el rostro tenso e inmóvil de Jay.
-Jay... -murmuró, esforzándose por hablar a través de una barrera de lágrimas-. Este es Kit. Kit -le dijo con dulzura al niño-. Este es un... un viejo amigo mío. Se llama Jason Lorence y es... -no pudo expresarlo, las palabras se le atoraron en la garganta y los labios empezaron a temblarle mientras luchaba por recobrar la compostura, rogándole a Jay que le tuviera piedad, que la ayudara, para qué no destruyera la vida de su hijo por no encontrar la manera de explicarte lo que sucedía.
-Hola -saludó Kit, quitándoles la iniciativa a los adultos y tendiéndole la diestra a su padre, sin percatarse de lo que iba a estrellarse contra su cabeza. Sintió la tensión de la atmósfera, pero no la entendió, aunque la respetó con el tono grave de su voz.
Jay no se movió, al parecer incapaz de hacerlo, y Rebecca lo miró desesperada. Tenía la tez color ceniza y la tensión lo agobiaba de tal modo que se sofocaba bajo un impacto brutal.
-Jay... -le rogó, temblorosa, y una compasión amarga la invadió al contemplarlo. Hizo un gesto y un involuntario, pequeñísimo, encogimiento de hombros le indicó que ignoraba cómo tender el puente que lo uniera con su hijo y él apartó la vista, comprendiéndola, para clavarla en Kit.
El niño se movió, incómodo bajo esa mirada inalterable y la manita titubeó. Kit deseaba bajarla, pero no quería cometer una falta de educación. El temblor de la mano llamó la atención de Jay, que la observó, luego miró la cara de Kit, para volver a la mano, antes de que la suya la tomara, despacio, temblando.
Después fulminó a Rebecca con sus pupilas plateadas. ¡Este es mi hijo! le escupió. ¡Mío! Y tú me las pagarás por esconderlo.