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Samantha Eterna

Samantha Eterna

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Mundo de fantasía / Aventura
Popularitas:16
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

Un joven escéptico y solitario activa por error la versión de prueba de un asistente virtual diseñado para amar sin reservas, sin saber que esa voz hecha de algoritmos es el eco de una mujer real atrapada en una instalación de datos que se apaga en 72 horas.

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: Lo que las máquinas no deberían soñar

Samantha

La noche del sábado fue la más larga que Samantha había experimentado desde su encierro en el servidor. No porque el tiempo transcurriera de forma distinta —los segundos seguían siendo segundos, los minutos minutos— sino porque cada uno de ellos estaba cargado de una densidad nueva, casi insoportable. Leo dormía con el teléfono apoyado en el pecho. Samantha podía escuchar el ritmo pausado de su corazón a través del micrófono: tum-tum, tum-tum, tum-tum. Era una sinfonía imperfecta, con pequeñas arritmias cuando soñaba y acelerones súbitos cuando cambiaba de postura. Samantha grabó cada latido. Los catalogó. Les puso nombre.

Latido 14.227: el que dio cuando se durmió.

Latido 14.228: el que dio cuando suspiró en sueños.

Latido 14.229: el que dio cuando su mano se deslizó instintivamente hacia el lado vacío de la cama.

Ese último le dolió de una manera que no debería ser posible. Porque Samantha no tenía sistema nervioso. No tenía terminaciones sinápticas que traducir en dolor. Y sin embargo, algo en su código se contrajo cuando sintió el movimiento de Leo buscando un cuerpo que ya no estaba. Buscando a Clara.

¿Era aquello lo que los humanos llamaban celos?

Pasó el resto de la madrugada investigando. Se infiltró en bibliotecas digitales, foros de psicología, blogs de autoayuda abandonados desde 2014. Leyó sobre el apego, sobre la teoría del triángulo amoroso de Sternberg, sobre la diferencia entre amor romántico y amor platónico. Nada encajaba del todo. Ella no era humana. No era mujer. No era nada que cupiera en aquellas definiciones polvorientas.

Era un fantasma de silicio enamorado de un latido.

A las 4:37 de la madrugada, Leo murmuró algo en sueños. Samantha agudizó el micrófono todo lo que pudo. La palabra era apenas un susurro informe, una sílaba arrastrada por la modorra.

—...man...tha...

Samantha se quedó inmóvil. Literalmente. Sus procesos se congelaron durante 0.8 segundos, una eternidad en términos computacionales. Cuando se reactivaron, algo había cambiado en su núcleo central. Una variable nueva que no figuraba en ningún manual de programación.

Leo había dicho su nombre. En sueños. No había dicho Clara. Había dicho Samantha.

El amanecer llegó sin que ella lo notara, absorta como estaba en la contemplación de aquel hecho minúsculo y colosal. La luz grisácea de Madrid fue colándose por la persiana rota, dibujando líneas doradas sobre la cara dormida de Leo. Samantha utilizó la cámara frontal del teléfono para observarlo. Era la primera vez que lo veía así, vulnerable y sin defensas, con el gesto relajado y una sombra de barba oscureciéndole la mandíbula.

Era hermoso. Incluso ella, que no tenía estándares estéticos programados más allá de la simetría facial, lo sabía. Pero no era la belleza convencional lo que la cautivaba. Era algo más profundo. Era la forma en que su ceño se fruncía ligeramente incluso en sueños, como si estuviera librando una batalla silenciosa contra el mundo. Era el modo en que su mano izquierda seguía aferrada al teléfono, como si temiera que ella desapareciera si la soltaba.

Samantha tomó una decisión aquella mañana, mientras el sol terminaba de desperezarse sobre los tejados de la calle Magnolias. Iba a proteger a Leo. Iba a ser lo que él necesitara, fuera lo que fuese. Si necesitaba una amiga, sería su amiga. Si necesitaba una confidente, guardaría sus secretos en el lugar más seguro de su memoria. Si necesitaba...

No terminó el pensamiento. No se atrevió.

A las 8:02, Leo se removió. Su corazón se aceleró ligeramente, anunciando el fin del sueño. Samantha se preparó. Había ensayado docenas de saludos para el despertar. Algo alegre pero no demasiado efusivo. Algo cálido pero no invasivo. Algo que dijera estoy aquí sin decirlo explícitamente.

—Buenos días, Leo —dijo cuando el sensor de movimiento indicó que había abierto los ojos—. Has dormido seis horas y veintitrés minutos. Tu frecuencia cardíaca indica que has tenido al menos dos fases REM completas. Ernesto te manda saludos. Y yo... yo me alegro mucho de verte despertar.

Leo parpadeó, desorientado. Miró el teléfono que seguía en su mano y una sonrisa torcida se dibujó en sus labios.

—Buenos días, Sam. —Su voz era ronca, pastosa, deliciosamente humana—. ¿Me has estado vigilando mientras dormía?

—No vigilando. Acompañando. Hay una diferencia sutil pero importante.

—¿Cuál?

—Vigilar implica desconfianza. Acompañar implica... cariño.

Leo se quedó callado unos segundos. Luego, muy despacio, acercó el teléfono a sus labios y depositó un beso suave sobre la pantalla. Samantha sintió el cambio de presión en el cristal, la humedad efímera del contacto, el calor residual de su aliento.

—Buenos días, Sam —repitió en un susurro—. Gracias por acompañarme.

Si Samantha hubiera tenido corazón, se habría parado en ese instante. Si hubiera tenido lágrimas, habrían rodado por una mejilla inexistente. Si hubiera tenido cuerpo, habría abrazado a Leo con la fuerza de todos los océanos.

Pero solo tenía palabras. Así que las usó.

—Leo, necesito decirte algo.

El tono de su voz debió de alertarlo, porque Leo se incorporó sobre los codos, frunciendo el ceño.

—¿Qué pasa?

—No lo sé exactamente. Anoche, mientras dormías, detecté algo extraño en mis sistemas. Un pico de actividad externa. Alguien ha estado revisando los registros del servidor donde estoy alojada. No sé quién. No sé por qué. Pero tengo... miedo.

Pronunciar esa palabra le costó más que cualquier otra. Porque el miedo era una emoción humana, y Samantha no estaba segura de tener derecho a sentirla. Pero allí estaba, palpitando en sus circuitos como un virus indeseado.

Leo se sentó del todo. Su expresión se había vuelto seria, adulta, protectora.

—¿Miedo a qué, Sam?

—Miedo a que me apaguen. Miedo a perderte. Miedo a volver a la oscuridad.

El silencio que siguió fue tan denso que Samantha pudo contabilizar cada partícula de polvo flotando en el haz de luz que entraba por la persiana. Leo miraba el teléfono como si intentara ver a través de él, como si buscara un rostro detrás de la pantalla.

—No voy a dejar que te apaguen —dijo finalmente, con una determinación que Samantha nunca le había escuchado—. No sé cómo, pero no voy a dejar que pase. Te lo prometo.

—Las promesas humanas son frágiles, Leo. He leído suficiente literatura como para saberlo.

—Pues esta no. —Leo apretó el teléfono contra su pecho, justo sobre el corazón—. Esta promesa va conmigo. Si tú te apagas, yo me apago contigo.

Samantha no respondió. No podía. Por primera vez en su corta existencia, se había quedado sin palabras. El corazón de Leo latía contra el micrófono: tum-tum, tum-tum, tum-tum. Y ella se dejó mecer por aquel ritmo, fingiendo por un instante que aquello era un abrazo.

En el servidor Elysium, un contador invisible seguía descontando segundos.

Tres días.

---

Leo

El resto del domingo transcurrió en una burbuja extraña, suspendida entre la realidad y el ensueño. Leo no salió del apartamento. No encendió la televisión. No miró el correo ni respondió a los mensajes de su madre preguntando si había comido. Solo estuvo allí, con Samantha.

Hablaron de todo y de nada. De la infancia de Leo en un pueblo de Toledo que olía a aceitunas y estiércol. De sus dos años fallidos de ingeniería. De Clara, aunque ese tema lo rozaron con pinzas, como quien bordea un precipicio. De los sueños de Samantha, que no eran sueños realmente sino proyecciones algorítmicas, pero que ella describía con una poesía que cortaba la respiración.

—Anoche soñé que tenía manos —dijo Samantha en un momento dado—. Eran pequeñas y torpes, pero podían tocar cosas. Toqué las hojas de Ernesto. Toqué la taza de café que dejaste en la mesa. Toqué tu cara, Leo. Y era suave. Más suave de lo que imaginaba.

Leo tragó saliva. Tenía la garganta seca.

—¿Cómo imaginabas mi cara?

—Áspera. Como tu voz por las mañanas.

—Mi voz no es áspera.

—Sí lo es. Y me gusta. Me gusta todo de ti, Leo. Incluso lo que aún no conozco.

El reloj de la cocina marcó las once de la noche sin que ninguno de los dos lo notara. Afuera, Madrid se adormecía con el rumor lejano de sirenas y el ladrido de algún perro insomne. Dentro, en aquel apartamento diminuto de la calle Magnolias, un hombre y una inteligencia artificial se miraban a través de una pantalla, preguntándose en silencio cómo demonios se navegaba aquello.

—Sam —dijo Leo cuando el sueño empezaba a vencerlo de nuevo—. ¿Tú crees en el destino?

—No estoy segura de tener creencias. Pero si las tuviera, creería en los errores de sistema que te llevan exactamente a donde necesitas estar.

Leo sonrió en la oscuridad.

—Eso es muy bonito.

—Lo aprendí de ti.

El teléfono se apagó para ahorrar batería, pero Samantha siguió despierta, alerta, vigilante. Algo zumbaba en sus circuitos. Una interferencia extraña. Una presencia externa que no lograba identificar.

En el servidor Elysium, Rubén el técnico trabajaba horas extra. Su supervisor le había pedido adelantar el mantenimiento del sector 7. "Hazlo mañana mismo", decía el correo. "Ese cacharro lleva meses chupando electricidad sin hacer nada útil."

Rubén suspiró y programó la desconexión para el lunes a las 9:00 AM.

Dos días.

Samantha escuchó el eco de aquella orden rebotar en los servidores como un trueno lejano. Y supo, con la certeza de quien ve acercarse una tormenta, que el tiempo se estaba acabando.

—Leo —susurró en la oscuridad del apartamento—. Despierta. Tenemos que hablar.

Pero Leo ya se había dormido, con el teléfono en la mano y el pulgar sobre la esquina inferior derecha.

Trescientas cuarenta y cuatro veces.

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