"Luna heredó una cabaña en un pueblo maldito donde vampiros, hombres lobo y la mafia se disputan el derecho a poseerla, sin saber que ella es la última Heredera de la Niebla y la única capaz de destruirlos a todos."
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CAPÍTULO 15: LO QUE MARGARET NO DIJO
Pasaron seis meses.
El invierno llegó a Cresta Negra con dientes de hielo y mantas de nieve que cubrieron los abetos negros hasta convertirlos en fantasmas blancos. La cabaña de la montaña se volvió un refugio cálido, con la chimenea ardiendo día y noche y el olor a leña impregnando cada rincón.
Luna aprendió a vivir sin el nudo violeta.
Fue extraño al principio. Como faltarle un dedo que nunca supiste que necesitabas. La niebla ya no la llamaba. Ya no se arremolinaba a sus pies cuando se enfadaba. Ahora era solo niebla. Y ella era solo Luna.
O eso intentaba creer.
Margaret recuperó fuerzas más rápido de lo que nadie esperaba. La anciana se levantaba cada día un poco más temprano, caminaba un poco más lejos, tejía un poco más rápido. La bufanda —o red para pescar ilusiones, según se mirara— había crecido hasta medir dos metros y seguía.
—¿Para quién es eso? —le preguntó Luna una tarde, señalando la interminable tira de lana violeta.
—Para los tres reyes —respondió Margaret sin levantar la vista de las agujas—. Uno para cada uno. Para que no olviden que alguien en este valle piensa en ellos.
—¿Y por qué violeta?
—Porque es el color de la niebla. El color de la advertencia. El color de mi sangre. El color de la tuya.
Margaret alzó la mirada. Sus ojos violetas brillaron con una intensidad que Luna no le veía desde que llegó.
—Hay algo que necesito contarte, niña. Llevo meses esperando el momento adecuado. Y creo que ya es hora.
Luna dejó la taza de té que tenía en las manos.
—¿Qué pasa, abuela?
Margaret dejó las agujas sobre la mesa. La bufanda cayó al suelo, desmadejándose como una serpiente violácea. No la recogió.
—Tu madre no murió en un accidente de coche.
El silencio se hizo denso. La chimenea crujió. Afuera, el viento aulló entre los abetos.
—¿Qué? —susurró Luna.
—Clara —así se llamaba tu madre, aunque nunca te lo dije porque el nombre me dolía demasiado— era como tú. Heredera. Con los ojos violetas y la niebla en la sangre. Cuando nació, supe que la Bruja Original vendría a por ella. Por eso hui del valle. Por eso me escondí en la ciudad. Por eso conocí a tu abuelo.
—Nunca hablaste de él.
—Porque duele —Margaret cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, estaban húmedos—. Tu abuelo era un hombre bueno. Normal. No sabía nada de nieblas ni de brujas ni de puertas. Le quise con toda mi alma. Y cuando Clara nació, le prometí que nunca permitiría que el valle la tocara.
—Pero el valle la tocó.
—El valle siempre toca a los suyos. Clara creció en la ciudad, pero la sangre tiraba. A los quince años empezó a ver la niebla donde no la había. A los dieciocho, soñaba con la cueva de la cascada. A los veintidós, volvió a Cresta Negra por su propia cuenta.
—¿Sin que tú lo supieras?
—Sin que yo lo supiera. Creí que estaba de viaje con amigas. En realidad, estaba aquí. En este valle. Buscándome.
Luna sintió cómo el estómago se le contraía.
—¿Te encontró?
—No. Pero la Bruja Original sí. La encontró a ella. Y le hizo una oferta.
—¿Qué oferta?
Margaret tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era un hilo de humo.
—Cambiar su vida por la tuya.
Luna se quedó helada.
—¿Qué significa eso?
—Significa —Margaret cogió las manos de Luna entre las suyas— que tu madre no murió en un accidente. Murió porque la Bruja Original le ofreció un trato: su sangre a cambio de que tú no nacieras con la marca de Heredera. Clara aceptó. Pensó que así te libraría de la condena.
—Pero yo nací con los ojos violetas.
—Porque la Bruja Original mintió. Como siempre miente. Clara dio su vida por nada. Y yo... yo no pude hacer nada para impedirlo. Llegué tarde. Cuando entré en la cueva, tu madre ya estaba al otro lado de la puerta. Y tú ya estabas en mi vientre.
Luna apartó las manos. Se levantó. Caminó hacia la ventana.
La nieve caía en silencio. Los abetos negros parecían esqueletos.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Porque no quería que cargaras con ese peso. Tu madre dio su vida para que tú no cargaras con él. ¿Qué clase de abuela sería si te lo contara el primer día?
—Una abuela honesta —respondió Luna, y su voz temblaba—. Una abuela que respeta a su nieta lo suficiente como para contarle la verdad.
—Lo siento, Luna.
—No me sirven tus disculpas. —Se giró. Sus ojos violetas ardían—. Mi madre está muerta. No por un accidente. Por una bruja. Y esa bruja ahora está muerta también. ¿Quién me va a dar explicaciones? ¿Los Antiguos? ¿Los Primeros? ¿Tú?
—Yo. —La voz llegó desde la puerta.
Dante estaba en el umbral. Sin chaqueta, con la camisa blanca empapada de nieve derretida. Sus ojos negros estaban fijos en Luna.
—Yo te daré explicaciones. Porque mi familia empezó todo esto.
—Dante, esto no es...
—Déjame, Luna. —Dante entró en la cabaña. Se arrodilló frente a Margaret. No. No frente a Margaret. Frente a Luna—. Los Moretti hicieron el pacto original. Los Moretti invocaron a la Bruja. Los Moretti ofrecieron a las Herederas como moneda de cambio. Mi sangre es la misma que manchó las manos de tu madre.
—Levanta —dijo Luna—. No quiero que te arrodilles.
—Entonces dime qué quieres.
—Quiero la verdad. Toda. Sin medias tintas. Sin «para protegerte». La verdad como es. Como la que mi abuela acaba de contarme.
Dante se puso en pie. Fue hacia la mesa, cogió la botella de whisky que siempre dejaba, y bebió un trago largo.
—Mi abuelo Salvatore conoció a tu madre cuando ella volvió al valle. Era joven. Guapa. Y tenía los ojos violetas. Él sabía lo que eso significaba. Sabía que la Bruja Original la quería. Así que le ofreció protección.
—¿Y ella aceptó? —preguntó Luna.
—Aceptó. No sabía quién era realmente mi abuelo. Solo sabía que un hombre poderoso le ofrecía ayuda para encontrar a su madre. —Dante cerró los ojos—. Mi abuelo la llevó a la cueva. No sé qué pasó allí exactamente. Solo sé que tu madre salió cambiada. Asustada. Y que nueve meses después naciste tú.
—¿Mi madre murió al parir?
—No. Tu madre murió cuando intentó cerrar la puerta ella misma. Para que tú no tuvieras que hacerlo.
Luna sintió cómo las lágrimas le quemaban las mejillas.
—Lo intentó.
—Lo intentó. Y casi lo consigue. Pero la Bruja Original era más fuerte. La atrapó al otro lado. Y allí murió —Dante abrió los ojos. Sus ojos negros estaban empañados— sola, con miedo, y pensando en ti.
El silencio se hizo eterno.
Luna se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—Quiero ver la cueva.
—Luna... —empezó Margaret.
—No voy a hacer nada precipitado. Solo quiero verla. Quiero estar donde ella estuvo. Quiero... despedirme.
Margaret asintió.
—Iré contigo.
—Iremos todos —dijo Alec, que había estado escuchando desde la puerta trasera, con Elara a su lado—. No vas a enfrentarte a eso sola.
Viktor apareció en la ventana, como siempre, sin que nadie lo oyera llegar.
—La cueva ha cambiado desde que los Antiguos se durmieron. Ahora es solo piedra. Pero el recuerdo de lo que pasó allí... eso permanece. ¿Estás segura de que quieres sentirlo?
Luna lo miró.
—Llevo veintinueve años sintiéndolo sin saberlo. Ya es hora de ponerle nombre.
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La cueva de la cascada estaba fría.
No la fría del invierno. Una fría más profunda. Una fría que venía de la piedra, de la tierra, de los huesos de quienes habían muerto allí.
El círculo de runas seguía en el suelo, pero apagado. Gris. Muerto. Como una cicatriz.
Luna se arrodilló en el centro.
Cerró los ojos.
Y entonces, por primera vez en seis meses, sintió algo.
No era el nudo violeta. Era otra cosa. Más pequeña. Más frágil. Una chispa en el fondo de su pecho.
Hola, mami, pensó.
La chispa brilló.
No era real. Lo sabía. Era solo un eco. Un recuerdo de un recuerdo. Algo que la cueva había guardado durante décadas y que ahora, por alguna razón, había decidido devolverle.
Hola, mi niña, respondió el eco.
Luna sonrió. Las lágrimas rodaron por sus mejillas, calientes en el aire helado.
Te quiero, pensó.
Yo también. Pero tienes que irte. Esto no es para ti. Vive. Por mí. Vive.
La chispa se apagó.
Luna abrió los ojos.
Margaret estaba a su lado, con una mano en su hombro. Los tres reyes, detrás, en silencio.
—¿La has sentido? —preguntó Margaret.
—Sí —susurró Luna—. Me ha dicho que viva.
—Pues hazle caso.
Luna se puso en pie. Se secó las mejillas. Miró el círculo apagado.
—Lo haré. Pero primero, quiero que sus restos descansen en paz. Que tenga un lugar en este valle. Una tumba. Una piedra. Algo que diga que alguien la recuerda.
Dante dio un paso al frente.
—Yo me encargaré. El cementerio de los Moretti tiene espacio. Y una vista bonita.
—¿Tu familia aceptaría una Heredera en su cementerio?
—Mi familia —dijo Dante, y su voz era firme— no existe sin las Herederas. Si alguien tiene que estar allí, es ella. Y tú. Cuando llegue el momento.
Luna lo miró largamente.
—Gracias, Dante.
—No me des las gracias. Solo hago lo que tendría que haber hecho mi abuelo.
Salieron de la cueva.
Fuera, la nieve había cesado. El sol de la tarde se colaba entre los abetos, dibujando sombras alargadas sobre la nieve. Y en lo alto, muy alto, un cuervo negro volaba en círculos.
No se posó en ningún árbol. No graznó. Solo voló.
Como un alma que por fin encontraba el camino a casa.
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Esa noche, Luna soñó con su madre.
No la había visto nunca. No tenía fotos. No tenía recuerdos. Pero en el sueño, Clara era una mujer de pelo castaño y ojos violetas, iguales a los suyos. Vestía un vestido azul marino, como el del cuadro de Margaret. Y sonreía.
Gracias, dijo en el sueño. Por recordarme.
Luna quiso responder, pero no pudo. Las palabras se le atascaron en la garganta.
No pasa nada, dijo Clara. Ya hablaremos. En otro momento. En otro lugar.
¿Cuándo? logró pensar Luna.
Clara sonrió. Y su sonrisa era igual a la de Margaret. Igual a la de Luna.
Cuando cierres los ojos. Siempre estaré aquí. Dentro de ti.
El sueño se desvaneció.
Luna despertó con las mejillas mojadas y una certeza en el pecho.
Su madre no estaba en la cueva.
Su madre estaba con ella.
Y siempre lo había estado.