Nicolás Rivas nunca le tuvo miedo a la muerte.
Creció entre calles donde la vida vale poco y la lealtad lo es todo. Aprendió a gastar sin pensar, a reír sin culpa y a vivir como si cada noche fuera la última.
Fiestas. Mujeres. Amigos. Dinero fácil.
Pero todo cambia el día en que recibe una noticia que no puede ignorar.
Su tiempo se está acabando.
Y por primera vez… la muerte deja de ser una idea lejana.
Ahora Nicolás decide vivir como siempre dijo: sin miedo, sin arrepentimientos, sin frenos.
Pero mientras más disfruta…
más lo alcanza el pasado.
Un hermano que perdió.
Una madre que nunca dejó de esperar.
Un amor que no supo cuidar.
Y un enemigo que no ha olvidado.
Porque al final…
no todos llegan en paz al último trago.
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“La Última Fiesta (Que No Lo Fue)”
📖 CAPÍTULO 4
“La Última Fiesta (Que No Lo Fue)”
La música se escuchaba desde media cuadra.
Bajos profundos.
Risas.
Gritos.
Botellas chocando.
La casa estaba llena.
Como en los viejos tiempos.
Como si nada hubiera cambiado.
—¡Llegó el muerto! —gritó Julián apenas vio a Nicolás entrar.
Las risas no se hicieron esperar.
—¡Respete, gonorrea! —respondió Nicolás, levantando la mano en señal de saludo.
Pero por dentro…
la palabra le pegó distinto.
El muerto.
Antes era chiste.
Hoy…
no tanto.
—¿Dónde se había metido, perro? —preguntó otro, dándole un golpe en el hombro.
—Trabajando —respondió Nicolás sin pensar.
Mentira automática.
—¡Pues hoy no se trabaja! —dijo Julián—. Hoy se bebe hasta que el cuerpo aguante.
Nicolás sonrió.
—Entonces hoy me muero.
Risas.
Otra vez.
Pero él no se rió igual.
Le pusieron un vaso en la mano.
Whisky.
Fuerte.
Sin hielo.
—¡Brindis! —gritó alguien.
Todos levantaron los vasos.
—Por la vida, hp —dijo Julián.
Nicolás levantó el suyo.
Lo miró un segundo.
Por la vida…
Ironía pura.
—Por la vida —repitió.
Y bebió.
El licor bajó quemando.
Como siempre.
Pero esta vez…
su cuerpo lo sintió distinto.
Más pesado.
Más lento.
Más real.
La música subió.
Las luces cambiaban de color.
Había gente bailando en la sala, en la cocina… en todas partes.
Nicolás se movía entre ellos como pez en el agua.
Saludando.
Abrazando.
Sonriendo.
Actuando.
Una mujer se le acercó.
Bonita. Segura. Directa.
—Usted es el famoso Nicolás, ¿no?
—Depende de qué le hayan dicho —respondió él, con media sonrisa.
—Que es peligroso.
—Depende… ¿le gustan los riesgos?
Ella sonrió.
—A veces.
—Entonces sí soy yo.
Se rieron.
Se acercaron.
Todo normal.
Todo como siempre.
Pero no lo era.
Pasó una hora.
O dos.
O tres.
El tiempo dejó de importar.
Las botellas se acumulaban.
Las risas subían.
La música no paraba.
Pero el cuerpo sí.
Nicolás estaba apoyado contra la pared.
Vaso en mano.
Mirando sin ver.
El ruido… ya no era música.
Era… presión.
Un zumbido constante.
Molesto.
—¿Todo bien? —preguntó Julián, acercándose.
—Sí… fresco —respondió Nicolás.
Mentira.
Sintió algo en el pecho.
Leve.
Como un apretón.
Ignoró.
Tomó otro trago.
El aire…
empezó a faltar.
No de golpe.
Poco a poco.
Como si alguien le estuviera cerrando el pecho desde adentro.
—Voy al baño —dijo.
Sin esperar respuesta.
Caminó.
O lo intentó.
El piso se movía.
No por el alcohol.
No solo por eso.
Entró al baño.
Cerró la puerta.
Se apoyó contra el lavamanos.
Respiró fuerte.
Una vez.
Dos.
Tres.
Nada.
No mejoraba.
—No… no joda… —murmuró.
Se miró al espejo.
Sudor.
Pálido.
Los ojos… diferentes.
Asustados.
El corazón…
golpeaba irregular.
Fuerte.
Luego lento.
Luego fuerte otra vez.
—Respire… respire… —se dijo.
Pero no era tan fácil.
El dolor en el pecho aumentó.
No insoportable…
pero suficiente.
Suficiente para entender.
Esto no era resaca.
Esto no era cansancio.
Esto…
era real.
Se agachó.
Manos en las rodillas.
Tratando de recuperar el aire.
Pero el aire no volvía.
Por un segundo…
pensó que se iba a morir ahí.
En ese baño.
Solo.
Con la música sonando afuera.
Y nadie dándose cuenta.
Y eso…
le dio miedo.
De verdad.
Pasaron segundos.
O minutos.
No supo.
Pero poco a poco…
el aire volvió.
El dolor bajó.
El cuerpo respondió.
Se quedó quieto.
Respirando.
Procesando.
—Esto sí es en serio… —dijo en voz baja.
Y por primera vez…
no pudo negarlo.
Se mojó la cara.
Se miró otra vez.
Se obligó a recomponerse.
—Nadie tiene que saber… —murmuró.
Como si decirlo lo hiciera verdad.
Salió.
La fiesta seguía igual.
Nadie notó nada.
O eso parecía.
—¡Nico! —gritó Julián—. ¡Venga que esto se puso bueno!
Nicolás levantó la mano.
—Ya voy.
Caminó despacio.
Más consciente.
Más pesado.
Se sentó.
Esta vez no bailó.
No buscó a nadie.
Solo… observó.
La gente riendo.
Tomando.
Viviendo.
Como él… hace unos días.
Y de repente…
todo se sintió vacío.
—¿Qué le pasó? —preguntó Julián, sentándose al lado.
—Nada… pensativo.
—¿Pensativo usted? Grave.
Nicolás sonrió levemente.
—Sí… grave.
Le pasaron otra copa.
La miró.
Dudó.
Por primera vez…
dudó.
—¿Qué? ¿Ya no toma o qué? —dijo alguien.
Nicolás levantó la mirada.
Todos esperando.
Sonrió.
Pero esta vez…
triste.
—No… sí tomo —dijo.
Levantó el vaso.
Pero no lo bebió de inmediato.
Se quedó mirando el líquido.
Como si estuviera viendo algo más.
Y entonces…
habló.
Sin planearlo.
Sin quererlo.
—¿Saben qué es lo más gonorrea? —dijo.
El grupo se quedó en silencio.
—¿Qué? —preguntó Julián.
Pausa.
Corta.
Pero pesada.
Nicolás levantó la mirada.
Y soltó:
—Que uno cree que tiene toda la vida…
Silencio.
—…hasta que un día le dicen que no.
Nadie se rió.
Nadie respondió.
—¿Y eso? —preguntó uno.
—Nada… cosas mías.
Pero el ambiente…
ya no era el mismo.
Nicolás tomó el trago.
Esta vez sí bebió.
Pero no por gusto.
Por costumbre.
Julián lo miró.
Más serio.
—¿Todo bien, Nico?
Nicolás sostuvo la mirada.
Un segundo.
Dos.
Y luego…
mintió otra vez.
—Sí… todo bien.
Pero no lo estaba.
Y por primera vez…
alguien empezó a notarlo.
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