El agua no solo está subiendo… está “vivo” de alguna forma.
A veces no ataca directamente, pero se comporta de manera antinatural, como si siguiera a las personas, como si eligiera y empezará a crear consciencia.
Nadie sabe si es un fenómeno natural… o algo más, algo que se esconde en lo más profundo.
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NEREA
El camino se volvió más pesado a medida que avanzaban, no solo por el terreno, sino por todo lo que ahora sabían. La historia de Gabriel no se quedó atrás como una simple explicación, se quedó con ellos, pegada a cada paso, a cada decisión, como un recordatorio constante de que todo lo que enfrentaban había comenzado con algo tan humano como dudar en el momento equivocado.
El grupo no hablaba mucho, pero el silencio ya no era ignorancia, era procesamiento. Cada uno estaba ordenando lo que había escuchado, intentando encontrar sentido, intentando entender cómo sobrevivir a algo que no solo destruía, sino que pensaba.
Tomás y Luna caminaban un poco más adelante que antes, siempre visibles, pero en su propio ritmo. No hablaban constantemente, pero cuando lo hacían, no parecía una conversación común. Era como si completaran ideas sin necesidad de explicarlas.
—No es solo agua —dijo Tomás en voz baja.
Luna negó.
—No. El agua es donde está… pero no es todo.
Valeria los escuchó desde atrás.
—¿Entonces qué es?
Los niños se detuvieron un momento, como si la pregunta fuera más compleja de lo que parecía.
—Es como… una red —respondió Luna—. Como si todo lo que toca se conectara.
Tomás asintió.
—Y aprende de lo que conecta.
Gabriel, que caminaba delante, se detuvo al escucharlos. Giró lentamente.
—Eso es… bastante cercano.
Mateo frunció el ceño.
—¿Cercano a qué?
Gabriel los observó, especialmente a los niños, como si estuviera viendo algo que no esperaba encontrar.
—Al concepto original.
Valeria cruzó los brazos.
—Habla claro.
Gabriel respiró hondo.
—El experimento tenía un nombre.
El grupo se tensó ligeramente.
—Se llamaba NEREA.
El nombre quedó suspendido en el aire.
—¿Qué significa? —preguntó Marta.
—No es un acrónimo —respondió Gabriel—. Era más… simbólico. Representaba la idea de un sistema vivo, adaptativo, capaz de sostener vida en condiciones imposibles.
Luis negó con una media sonrisa amarga.
—Pues lo lograron… a su manera.
Gabriel no respondió, porque no había nada que contradecir.
El grupo siguió avanzando, pero algo cambió con ese nombre. Ya no era solo “el agua” o “eso”. Ahora tenía una identidad, algo que lo hacía más real… y más inquietante.
El terreno comenzó a cambiar otra vez, esta vez de forma más favorable. Encontraron un sendero menos irregular, rodeado de árboles más altos y menos expuesto. La elevación aumentaba, aunque lentamente, pero lo suficiente para dar una sensación tenue de avance real.
Fue Raúl quien vio la estructura primero.
—Allá.
Todos levantaron la vista. Entre los árboles, parcialmente cubierta por vegetación, había una cabaña, no era grande, pero estaba en pie y eso ya era suficiente.
Mateo levantó la mano, indicando cautela.
—Nadie entra sin revisar.
Se acercaron con cuidado, rodeando el lugar antes de entrar. No había señales de movimiento reciente, no había rastros claros de que alguien la estuviera usando en ese momento. La puerta estaba cerrada, pero no asegurada así que Mateo la abrió lentamente.
El interior estaba oscuro, pero intacto y seco. Eso fue lo primero que notaron. No había señales de humedad invasiva, ni marcas del agua. El lugar parecía haber quedado fuera del alcance… al menos por ahora. Entraron uno a uno. Había muebles simples, una mesa, algunas sillas, una pequeña cocina improvisada, y en una esquina, cajas.
Luis fue el primero en revisarlas.
—Hay comida.
Su voz cambió, no era euforia, pero casi.
—Enlatados… cosas secas… esto alcanza para varios días.
Valeria sintió cómo algo dentro de ella se relajaba por primera vez en mucho tiempo.
—¿Agua? —preguntó.
Marta abrió otra sección.
—Hay un tanque.
Gabriel se acercó y lo revisó.
—No está contaminada.
Esa frase fue más importante que cualquier otra. Tomás miró a Luna.
—Es normal.
Ella asintió.
—Sí.
Mateo soltó el aire lentamente.
—Entonces nos quedamos esta noche.
Nadie discutió, lo que vino después fue casi irreal, lavarse las manos sin miedo, beber sin dudar. Y luego… se ducharon
El agua caía con normalidad, fría pero limpia, sin ese peso invisible que había cambiado todo. Valeria dejó que el agua corriera por su rostro más tiempo del necesario, como si necesitara asegurarse de que era real, de que no había algo escondido en ella.
Marta hizo lo mismo.
Luis incluso dejó escapar una risa breve.
Era un momento humano, simple, pero profundamente necesario. Cuando terminaron, se reunieron en la sala principal. Encendieron una pequeña fuente de luz con lo que encontraron y comenzaron a organizar la comida. No era mucho, pero para ellos era suficiente. Comer sin apuro, sin miedo inmediato, sin mirar constantemente hacia atrás… era algo que ya no recordaban cómo se sentía.
Luna comía despacio y Tomás la observaba.
—Aquí no está.
Ella negó.
—No.
—Pero puede llegar.
—Sí.
Valeria los escuchó.
—¿Cuánto tiempo?
Los niños se miraron.
—No mucho —respondió Tomás.
Gabriel se sentó frente a ellos.
—Entonces tenemos que aprovechar.
Mateo y Rael asintieron.
—Descansamos, comemos, y mañana seguimos— dijo Mateo
Luis miró a Gabriel.
—¿Estás seguro de que ese refugio existe?
Gabriel sostuvo su mirada.
—Sí.
—¿Y que no es otra trampa?
Un silencio breve.
—No lo sé.
Esa honestidad fue incómoda, pero real. Valeria miró a los niños y luego a Mateo.
—Entonces vamos igual.
Mateo asintió.
—Sí.
Porque no tenían otra opción. La noche cayó otra vez. Pero esta vez… bajo un techo. Con comida. Y con agua que no mataba. Sin embargo… nadie olvidaba.
Porque ahora sabían que NEREA no solo avanzaba, también aprendía. Y cada paso que daban… era algo más que observar.