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Destino Póstumo

Destino Póstumo

Status: En proceso
Genre:Yaoi / Traiciones y engaños / Omegaverse
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Marcela Salazar S.

Carlos sortea con re descubrir el amor, luego de haber sido casi desmoronando al ser repudiado por su pareja. el destino toca a su puerta nuevamente, lo dejará entrar ?

NovelToon tiene autorización de Marcela Salazar S. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

una sala fría

Miro el reloj en la pared; marca las 2.38 de la mañana, me siento cansado, hoy ha habido bastante movimiento: 4 cuerpos, 3 omegas que no superan los 20 años y un niño. Me ha hecho pensar en mis hijos que no pude lograr traer a este mundo; pero con lo podrido que está, a veces creo que es mejor que estén en el más allá y no aquí sufriendo como me pasó a mí.

Tocan el timbre. ¿Quién será a esta hora? Le digo a mi auxiliar que atienda mientras yo continúo con el último cuerpo en la plancha.

De repente escucho una voz profunda detrás de mí preguntar:

—¿Siempre trabajan hasta tan tarde?

Lo miro de soslayo.

—Los muertos no entienden de horarios. Y los vivos tampoco, al parecer —digo mientras continúo retocando lo último que faltaba del cuerpo del niño.

 

El Alfa que había entrado y se habia quedado clavado en el suelo como si hubiera recibido un tiro.

No por el olor a formol. No por la imagen de un niño muerto sobre una plancha de acero. Ha visto cosas peores en la unidad.

Se habia quedado clavado porque el mundo se le ha puesto en cámara lenta.

Su pecho se ha hinchado. Sus pupilas se habian dilatado. Y en la nuca, justo donde terminaba el cabello, habia sentido un calor recorriéndole la columna hasta los huevos.

Destinado.

La palabra le llego como un puto ladrillazo. Habia visto casos en la unidad. Compañeros que habian encontrado a sus parejas en medio de redadas, en hospitales, incluso en escenas del crimen. Siempre le pareció una mierda de cuento de hadas para endulzar la vida de los Alfas con suerte.

Y ahora estaba aquí, frente a un hombre de unos cuarenta años, con bata manchada, ojeras profundas y las manos dentro del pecho de un niño muerto.

Su destinado huele a muerte y a cloro.

Y el Alfa quiere gritar "¡mierda!" bien fuerte.

Pero no lo hace. Porque es profesional. Porque tiene que serlo. Porque este hombre, este Omega roto que ni siquiera se ha dignado a mirarlo bien, no sabe nada. Y si el Alfa se derrumba ahora, si suelta una sola palabra, ese muro de indiferencia se va a convertir en una fortaleza inexpugnable.

Así que respira hondo. Finge normalidad. Y suelta la única frase que se le ocurre:

—No me dijiste si siempre es así —pregunta, aunque en realidad no le importa la respuesta. Solo necesita escuchar su voz otra vez.

El Omega lo mira de reojo. Por fin.

—No me presentaste a tu jefe para tener que darte explicaciones.

El Alfa traga saliva. Tiene un nudo en la garganta del tamaño de un puño.

—Soy Darío —dice, aunque no ha preguntado. Aunque sabe que no debería dar su nombre así, en caliente. Pero necesita que este hombre sepa quién es. Necesita plantar una semilla. —Unidad Especial contra la Trata. Vine por el informe del Omega que trajeron esta tarde.

Miente parcialmente. El informe puede esperar hasta mañana. Pero necesitaba una excusa para entrar. Y cuando vio la luz de la funeraria encendida a las 2.38 am... algo le dijo que bajara del coche.

El Omega, sin inmutarse, sigue trabajando.

—El informe estará mañana. Ahora estoy ocupado.

—Puedo esperar —dice el Alfa. Y no es coqueteo. No es acoso. Es... necesidad. Una necesidad que no entiende del todo.

El Omega se detiene. Por un segundo, solo uno, sus hombros se tensan. Como si algo hubiera rozado su conciencia sin llegar a tocarla.

—Pues espera afuera —responde, y su voz es más fría que la plancha de acero. —El frío no les hace daño a los vivos.

El Alfa sonríe por dentro. Porque ese tono, ese muro, esa hostilidad... no son indiferencia. Son miedo. Y el miedo, en su experiencia, es el primer paso para que alguien se deje querer.

Pero no ahora. Ahora toca retirarse.

—Como usted diga —murmura, y se da la vuelta.

Antes de salir, lanza una última mirada. El Omega sigue inclinado sobre el niño, con una precisión casi quirúrgica. Sus manos, a pesar del cansancio, no tiemblan.

Es hermoso, piensa el Alfa. Y luego se odia por pensarlo en un lugar lleno de muertos.

Cierra la puerta. Exhala. Apoya la frente en el marco de madera y cierra los ojos.

—Mierda —susurra solo para sí, tan bajo que ni el auxiliar lo escucha.

Adentro, el Omega sigue trabajando. Sin saber que el destino acaba de tocar a su puerta.

Y que no piensa irse tan fácilmente.

Una hora después, he terminado. Me dirijo a la recepción donde le he dicho a Gabriel, mi auxiliar, que le llevaría una taza de café a Darío y dónde debía esperarme.

Pero no. Este hombre, en lugar de esperar, está husmeando por los ataúdes y tocando todo.

—¿Qué haces? ¿Acaso eres un niño que no puede quedarse quieto mientras espera?

Tomo asiento porque mis piernas no me dan más, y por Dios que también quiero una taza de café.

Ahora dime, ¿qué era lo que necesitaba, señor...? Se me olvidó tu nombre — que no pudo esperar a un horario razonable.

El tipo, Darío, se gira con una media sonrisa que me dan ganas de limpiarle con un trapo de formol. Tiene las manos en los bolsillos del chaleco táctico, todo de negro, con el escudo de la policía en el pecho. Como si fuera un superhéroe de serie mala.

—Estaba admirando el acabado —dice, señalando un ataúd de caoba que lleva tres semanas sin venderse. —Están bien hechos.

—No los hago yo. Solo me encargo de los que van dentro.

Eso le borra la sonrisa. Bueno. Al menos algo sirvió.

Darío se acerca a la recepción y se apoya en el mostrador, justo enfrente de mí. Queda demasiado cerca. Su olor —cedro y pimienta, hay algo más que no logro identificar— me llega otra vez. Muevo la cabeza como si fuera a estornudar, pero no estornudo.

—Gabriel —llamo a mi auxiliar, que está en la trastienda haciendo Dios sabe qué—. ¿Ese café?

—¡Ahora va! —grita el muchacho.

Silencio.

Darío me mira. Yo finjo que reviso unos papeles que ya revisé tres veces.

—Se me olvidó decirte —suelta de repente, con una naturalidad que me parece falsa—. Soy Darío. Darío Fuentes.

—No pregunté.

—Lo sé. Pero me gusta que la gente sepa con quién habla.

—Pues yo no —respondo, levantando la vista por primera vez para clavarle los ojos. —Y no me interesa.

Miento. Maldita sea.

Gabriel aparece con dos tazas humeantes. Las deja en el mostrador y se retira rápido, como si oliera el peligro. O quizás solo es mi cara. Suele espantar a la gente cuando estoy de mal humor.

Darío toma su café sin preguntar si es para él. Lo sorbe fuerte, como si tuviera prisa por quemarse la lengua.

—El informe —dice al fin, dejando la taza sobre la madera. —Del Omega que trajeron ayer. Una chica, morena, unos 19 años. La encontraron en un contenedor cerca del mercado.

Lo miro. Por supuesto que sé de quién habla. La embalsamé yo mismo hace no mucho . Llegó con marcas de golpes en las costillas y los brazos atados con alambre.

—El informe está en mi oficina —digo, señalando un pasillo oscuro a la izquierda. —Tendrás que esperar otro poco.

—No tengo prisa.

—Pues yo sí. Quiero cerrar e irme a dormir.

Darío asiente, pero no se mueve. Sigue ahí, con las dos manos alrededor de la taza, como si el café fuera lo único que lo ancla a este plano terrenal.

—¿Siempre eres así de agradable? —pregunta, y su tono no es sarcástico. Es... curioso. Como si realmente quisiera saber.

—Solo con los policías que aparecen a las 3 de la mañana a tocar los ataúdes.

Suelta una risa corta. Una sola. "Ha". Pero me alegra más de lo que debería.

Mierda.

—Voy por el informe —digo, levantándome con esfuerzo. Las piernas me duelen, la espalda me mata y tengo los ojos secos de tanto cansancio. —Quédate ahí. No toques nada.

—Sí, señor —dice Darío, y esa vez la sonrisa se le queda pegada en la cara.

Camino hacia la oficina rezando para que no me siga. Rezando para que el cansancio me haga olvidar su nombre.

Pero no funciona.

Ninguna de las dos cosas.

¿Qué demonios pasa conmigo? ¿Por qué ese hombre está generando tanto en mí?

Estoy muy viejo para andar poniéndome nervioso como un adolescente.

Carlos, me digo a mí mismo mientras me golpeo la cara con las manos. Tranquilo. Respira. Es solo un policía entrometido de madrugada. Nada más.

Tomo los documentos y me dirijo de nuevo a la recepción.

Ahí está. Este hombre de menos de 30, alto de unos 1.88, piel morena color caramelo, cabello negro corto, y unos ojos verdes impactantes que parecen esmeraldas colombianas.

Desvío mi mirada rápidamente, mientras tomo asiento nuevamente.

Esmeraldas colombianas. ¿En serio, Carlos? ¿En serio te pusiste a pensar en esmeraldas? Estás peor de lo que creía.

Le extiendo los documentos.

—Ya tiene sus informes —digo, con la voz más plana que puedo—. Ya se puede largar para que yo pueda dormir al fin.

Mientras, pongo de nuevo mi muy estudiada cara de póker. La que usé durante años con clientes difíciles, con familiares histéricos, con policías que creen que saben más de muertos que yo.

—Adiós —señalo la puerta a la derecha—. La puerta está allí.

Darío toma los informes con una lentitud que me saca de quicio. Sus dedos rozan los míos por un segundo. Un segundo eterno. Sus manos son grandes, morenas, llenas de pequeñas cicatrices que cuentan historias que no quiero imaginar.

—Gracias por el café —dice, y su voz tiene un tono tan suave que casi parece sincero. Casi.

—No fue invitación.

—Lo sé. Por eso lo agradezco.

Me mira. Esa mirada verde, jodidamente intensa, como si pudiera ver a través de mi bata manchada y mi cara de culo y llegar directo a los huesos.

No parpadeo. No voy a darle ese gusto.

—Espero no verlo de nuevo en la madrugada —suelto, antes de que se me escape algo peor—. Odio las visitas inesperadas.

Darío sonríe. Media sonrisa. La suficiente para que se le marque un hoyuelo en la mejilla izquierda. Un hoyuelo. Como si no fuera ya bastante peligroso.

—Nos veremos, señor... —hace una pausa, esperando.

No pico.

—Bueno —se encoge de hombros, guarda los informes en una carpeta que saca de no sé dónde—. Nos veremos, entonces.

Se da la vuelta y camina hacia la puerta. Sus botas suenan en el cemento. Cada paso es un latido que no pedí.

—Gabriel —lo llamo, sin mirar a Darío—, cierra la puerta después de que el señor salga y apaga el letrero, por favor.

La puerta se abre. Entra un poco de aire frío de la calle. Luego se cierra.

Click.

Gabriel corre el cerrojo.

—¿Jefe? —pregunta el muchacho, con esa voz de adolescente que aún no sabe qué hacer con su vida—. ¿Está bien? Se le ve raro.

—Estoy cansado —miento—. Vete a casa, Gabriel. Yo cierro.

—¿Seguro?

—Seguro.

Gabriel duda un segundo, pero al final asiente, coge su mochila y sale por la puerta trasera. Me quedo solo.

Solo con el silencio. Solo con el olor a formol. Solo con la imagen de unos ojos verdes que no deberían haberse quedado grabados en mi memoria.

Apoyo la frente en el mostrador de madera. Está frío. Como todo en este lugar.

—Mierda —susurro, imitándolo sin querer.

Y entonces me odio. Por imitarlo. Por pensar en él. Por haber notado su altura, su piel, sus putos ojos de esmeralda.

Estoy muy viejo para esto, pienso mientras apago las luces una por una.

Pero la imagen no se apaga con ellas.

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Maru Sevilla
Espero que tengan una buena vida pronto 🥰
Maru Sevilla
Que buenos personajes 🥰🥰🥰🥰
Maru19 Sevilla
Bravo!!!! Así se hace, arriba el Omega!!!👏👏👏👏
Maru19 Sevilla
Hay no!!!!😭
Maru19 Sevilla
Que terror 😱
Maru19 Sevilla
Madres!!! de dónde salió este loco?
la potaxia 63
🥰🥰🥰
Maru19 Sevilla
Me quedo con el Jesús en la boca!!!!! Por favor que lo encuentren rápido 😭
Maru19 Sevilla
Que giro de la historia /Panic/
Maru19 Sevilla
Que mala noticia, de tu percance😭😭😭 cuídate mucho autora, lo primero siempre serás tú, gracias por tu información, esperaré tu pronta recuperación 🥰🥰🥰🥰 Mejórate pronto ❤️❤️❤️❤️
Maru19 Sevilla
Muy bonita novela , ojalá ya atrapen al maldito Esteban/Left Bah!/
Maru19 Sevilla
Pero Gabriel no cerró la puerta /Facepalm/
Maru Sevilla
Bravo por Gabriel 👏👏👏👏
Maru Sevilla
Que bueno!!! ya era hora una mano amiga
Maru Sevilla
Que buena historia!!! Más capítulos autora por favor 👏👏👏👏
Maru Sevilla
Maldito enfermo!! Que ganas de horcarlo
Maru Sevilla
Que mala suerte que ahí estuviera el maldito 😭
Maru Sevilla
Que bueno que Carlos se defiende, porque no hay quien lo ayude 😭
Maru19 Sevilla
La abuela actuó por egoísmo, por no quedarse sola, mensa era más fácil castrarlo y matarlo
Maru19 Sevilla
Yo mataba a Esteban, muriendo El se corta el vínculo y lo desangraria
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