"Soy psicóloga, sé exactamente por qué el amor es una ilusión neuroquímica… y aun así estoy a punto de perder una apuesta por culpa del publicista con la sonrisa más estadísticamente significativa del mundo."
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CAPÍTULO 2: El Fantasma de las Citas Pasadas
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CLARA: MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA AMIGAS DE ESCRITORAS FAMOSAS
En la vida de toda persona hay un momento en que el pasado llama a la puerta. A veces es un exnovio que quiere "cerrar heridas". A veces es una deuda pendiente con Hacienda. Y a veces, solo a veces, es tu mejor amiga enviándote una lista de todas tus citas desastrosas para "ayudarte con la documentación de tu novela".
—Valeria. ¿Qué es esto? —pregunté por teléfono, mirando el documento de Word que acababa de aterrizar en mi bandeja de entrada.
—Es tu historial amoroso. Lo he reconstruido a partir de nuestras conversaciones de WhatsApp de los últimos cinco años.
—Has hecho un Excel de mis desgracias sentimentales.
—No es un Excel. Es un archivo de Word con viñetas. Soy psicóloga, no monstruo.
Abrí el documento. Ocupaba cuatro páginas. Cuatro páginas de nombres, fechas y breves descripciones que parecían sacadas de un parte policial.
"Diego (2019): Ingeniero industrial. Tres citas. La dejó plantada en un concierto de música experimental. Clara dijo que la música ya era un mal presagio."
"Sergio (2020): Cocinero. Dos meses. Terminó porque él creía que la Tierra era plana y Clara no podía respetar sus 'convicciones astronómicas'."
"Mateo (2021): Profesor de yoga. Una semana. Descubrió que Mateo usaba su flexibilidad para evitar conversaciones incómodas. Literalmente se fue haciendo el pino."
"Leo (2022): Escritor. Cita única. Se pasó la cena hablando de su novela inacabada. Cuando Clara le preguntó de qué iba, respondió: 'Es complicado'. Nunca más se supo."
—Valeria —dije, con una calma que no sentía—. Esto es profundamente humillante.
—Es investigación literaria.
—Es un catálogo de mis fracasos.
—Los fracasos son material narrativo. Tú misma lo dijiste cuando leíste el capítulo siete de mi libro.
—Eso era tu libro. Esto es mi vida.
—Tu vida es un libro. Solo tienes que escribirlo.
Colgué. No porque estuviera enfadada, sino porque necesitaba asimilar la magnitud de lo que Valeria había hecho. Cuatro páginas. Veintitrés nombres. Once citas únicas. Cuatro relaciones que no llegaron a los tres meses. Un hombre que huía haciendo el pino.
¿De verdad quería escribir sobre esto?
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El Psicoanálisis estaba tranquilo aquella tarde. El barista, con sus tatuajes de Rorschach y su eterna camiseta negra, me sirvió un "Ello, Yo y Súper Café" sin necesidad de preguntar. Ya me conocía. Conocía a todo el mundo que orbitaba alrededor de Valeria. Éramos una constelación.
—¿Escribiendo la novela? —preguntó, señalando mi portátil abierto sobre la mesa.
—Intentándolo. ¿Cómo lo sabes?
—Aquí todo el mundo escribe. O quiere escribir. O ha escrito algo y quiere olvidarlo. Es el ambiente.
—¿Tú también?
—Tengo un poemario. "Lamentos de un barista insomne". Lo vendo por internet.
—¿Y tiene éxito?
—Me han dejado cuatro reseñas. Tres son de mi madre.
—Eso no es malo.
—Mi madre es analfabeta.
Solté una carcajada. El barista —su nombre era Leo, como descubrí después, y no, no era el mismo Leo del documento de Word, aunque por un momento temí que el universo estuviera jugando conmigo— me dedicó una sonrisa que no supe clasificar.
—¿Tú crees en el amor romántico? —le pregunté, sin saber muy bien por qué.
—Depende.
—¿De qué?
—De si el amor romántico cree en mí.
—Eso es muy enigmático para un barista.
—Lo he aprendido de los clientes. Aquí la gente habla mucho. Demasiado. Y yo escucho.
—¿Y qué has escuchado?
—Que el amor es un desastre. Pero un desastre interesante.
Me quedé mirándolo. Leo el barista. Tatuajes de Rorschach. Un poemario autoeditado. Una madre analfabeta que no podía dejarle reseñas. Y una frase que se me había clavado en el pecho como una astilla.
"El amor es un desastre. Pero un desastre interesante."
Abrí el portátil. Empecé a escribir.
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El problema de documentar tus propias catástrofes sentimentales es que, tarde o temprano, te encuentras con un nombre que no querías recordar. El mío apareció en la página tres del documento de Valeria.
"Nico (2022): Periodista. Tres meses. Relación intensa. Terminó sin explicación. Clara nunca habla de él. Pendiente de investigación."
Nico. El periodista. El que me había dejado sin explicación. El que me había enviado un mensaje de WhatsApp a las dos de la madrugada diciendo: "Necesito espacio". Y luego, nada. El vacío cósmico. El agujero negro emocional.
Tres años después, aún no sabía qué había pasado. Y Valeria tenía razón: nunca hablaba de él.
—¿En qué piensas?
La voz me sobresaltó. Levanté la vista del portátil. Leo el barista estaba frente a mí, con un café nuevo y una galleta envuelta en papel dorado.
—En nada.
—Esa expresión no es de "nada". Es de "algo que preferiría olvidar".
—¿También lees expresiones? ¿Además de escuchar conversaciones ajenas?
—Es deformación profesional. Los baristas somos psicólogos sin título.
—Valeria te demandaría por intrusismo.
—Valeria me cae bien. Me dejaría pasar.
Sonreí. Leo me devolvió la sonrisa. Y por un momento, solo un momento, el fantasma de Nico se desvaneció.
—¿Has escrito algo bueno? —preguntó, señalando el portátil.
—He escrito un desastre.
—Los desastres son interesantes.
—Eso ya lo has dicho.
—Es que es verdad.
Se fue a atender a otro cliente. Yo me quedé con mi café, mi galleta y mi pantalla llena de palabras. El capítulo uno estaba casi terminado. La protagonista —una tal Clara, qué original— acababa de aceptar el encargo de escribir una novela romántica sin creer en el amor romántico.
La historia de mi vida.
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Aquella noche, al cerrar el portátil, vi que tenía un mensaje de Valeria.
"¿Has escrito algo?"
"He escrito un capítulo. Es un desastre."
"Los desastres son el mejor comienzo. Créeme."
"Eso mismo me ha dicho el barista."
"¿Leo? Es un sabio. Y hace buen café."
"Valeria, ¿tú crees que puedo hacerlo?"
"Clara, tú eres la persona más divertida, leal y cabezota que conozco. Si alguien puede escribir una novela romántica sin creer en el amor, eres tú. Y cuando la termines, te darás cuenta de que sí crees. Solo que a tu manera. ❤️"
Apagué el móvil. Schrödinger, que seguía de visita en mi casa porque Valeria y Andrés estaban en un viaje relámpago a Madrid, se subió a mi regazo y me miró con sus ojos de esfinge.
—¿Tú qué opinas? —le pregunté.
Schrödinger ronroneó. En lenguaje felino, eso podía significar "confío en ti" o "tengo hambre" o "los humanos sois patéticos pero entretenidos".
Decidí que era la primera opción.
Y me fui a dormir con la sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, estaba escribiendo algo que merecía la pena. Aunque fuera un desastre.
Porque los desastres, como decía Leo, eran interesantes.