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Legado De La Familia Veraldi I (Crónica Veraldi)

Legado De La Familia Veraldi I (Crónica Veraldi)

Status: Terminada
Genre:Romance / Mafia / Amor-odio / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

VERALDI: El Evangelio de la Sangre y el Oro
En el corazón de la Toscana, donde el honor se firma con fuego y las traiciones se pagan con la vida, nace la leyenda de los Veraldi. Lo que comenzó como el choque inevitable entre el frío acero de Maximiliano y la llama indomable de María, se transformó en un imperio de devoción absoluta. Juntos, desafiaron a las Siete Familias para demostrar que el amor no es una debilidad, sino la armadura más resistente que un hombre de su casta puede portar.
De esa unión sagrada surgieron los gemelos de mirada letal, Alessio y Bianca, herederos de una furia ancestral que no conoce el miedo. Acompañados por sus leones de melena negra, Lucifer y Belial, los nuevos reyes del abismo han aprendido que gobernar es un acto de equilibrio entre la piedad y la masacre. A sus diecinueve años, ya no son cachorros; son depredadores refinados listos para reclamar un mundo que ya se arrodilla ante sus nombres.

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el llanto de los condenados

Maximiliano:

El cementerio estaba desierto. La ceremonia oficial había terminado hacía horas, dejando tras de sí un silencio que pesaba más que la tierra misma. Me moví entre las sombras de los cipreses como un espectro, oculto bajo una capucha negra y con el alma hecha jirones. Mis costillas gritaban de dolor y mi mandíbula seguía hinchada por los golpes de los hombres de mi padre, pero nada de eso importaba. El dolor físico era un susurro comparado con el rugido de agonía que me devoraba por dentro.

Llegué frente al mausoleo de los Valerius. Allí estaba. Una fosa abierta que aún no habían terminado de sellar por completo, y sobre ella, rodeada de flores blancas que ya empezaban a marchitarse por el frío, la fotografía.

Me detuve en seco. Mis piernas fallaron y caí de rodillas sobre la tierra fresca.

—No... por favor, no... —el susurro salió de mi garganta como un pedazo de cristal roto.

Era ella. María. Sus dieciocho años me miraban desde el retrato con una sonrisa que yo mismo me encargué de borrar. Su mirada angelical era un juicio final que me condenaba al infierno. El mundo se volvió borroso mientras las lágrimas, calientes y amargas, inundaban mi rostro.

No pude contenerme más. El grito que había estado contenido en mi pecho desde que escuché el disparo en la cabaña estalló en el aire nocturno.

—¡¡¡MARÍAAAA!!! —aullé, un sonido inhumano, cargado de un odio puro hacia mí mismo—. ¡¡VUELVE!! ¡MALDIGO MI SANGRE! ¡MALDIGO A MI PADRE! ¡ME MALDIGO A MÍ POR NO HABER MUERTO EN TU LUGAR!

Me arrastré hacia el borde de la fosa, ignorando la dignidad, ignorando el peligro. Estiré los brazos hasta que mis dedos tocaron la madera fría y pulida del ataúd que descansaba en el fondo. Me lancé sobre él, abrazando la caja de caoba con una desesperación demente, hundiendo mis uñas en la madera como si pudiera desgarrarla para llegar a ella, para devolverle el calor con mi propio cuerpo.

—Perdóname, mi vida... perdóname... —sollocé, pegando mi frente a la tapa del ataúd—. Te fallé. Te dejé sola. Prometí que nadie te tocaría y dejé que el monstruo que me dio la vida te apagara el corazón.

Golpeé el ataúd con los puños cerrados, una y otra vez, hasta que mis nudillos sangraron y mancharon la madera. Maldije a Dios, maldije a la mafia y maldije cada segundo que pasé lejos de ella. La humillación que sentí al arrodillarme en la nieve no era nada comparada con esta destrucción total. Mi orgullo Veraldi estaba muerto, enterrado con ella.

—Llévame contigo... —supliqué en un susurro quebrado, abrazando el féretro como si fuera el cuerpo mismo de María—. No me dejes en este mundo sin tu luz. Soy nada, María. Soy un cascarón vacío que solo sabe odiar lo que queda de sí mismo.

Me quedé allí, tirado en la fosa, abrazado a la mentira de madera y cera, mientras la nieve comenzaba a caer nuevamente, cubriendo mis hombros y el ataúd de la mujer que a sido la unica que derribo cada uno de mis muros...

Para mí, en ese momento, el universo se reducía a ese ataúd frío y al olor de las rosas muertas.

(Seis meses despues)

Seis meses.

Ciento ochenta días de despertar en una realidad que se siente como si me arrancaran la piel con pinzas oxidadas.

Mi oficina en la mansión Veraldi, que antes era un templo de orden y poder, ahora parece la celda de un hombre que ha renunciado a la luz. Las cortinas de terciopelo permanecen cerradas, bloqueando el sol de la Toscana que tanto odia mi miseria. El aire está viciado, espeso por el humo rancio de los cigarrillos que encadeno uno tras otro y el olor penetrante del bourbon barato. Ya no bebo las reservas caras de mi padre; busco el alcohol que quema, el que me raspa la garganta y me hace olvidar, aunque sea por un segundo, el sonido de aquel disparo.

Estoy sentado tras mi escritorio, pero no parezco un Veraldi. Mi barba ha crecido sin control, ocultando la mandíbula que ella solía acariciar. Mi camisa, desabrochada y manchada de ceniza, cuelga de mis hombros que han perdido peso. Tengo los ojos hundidos, inyectados en sangre por el insomnio crónico que solo se detiene cuando el alcohol me tumba.

—Salud, María —susurro a la penumbra, levantando el vaso antes de vaciarlo de un trago.

En el rincón de mi escritorio, el retrato de su sonrisa de los dieciocho años me observa. Es mi única compañía y mi tortura diaria. He pasado estos meses como un espectro. Cumplo con mis deberes de ejecutor como un autómata; mato sin dudar, torturo sin pestañear, porque mi corazón ya no siente nada. José, mi padre, me mira con una mezcla de satisfacción y asco: cree que finalmente me ha convertido en el arma perfecta al quitarme "la debilidad". No sabe que lo que ha creado es un hombre que solo espera la oportunidad de quemar su imperio entero conmigo dentro.

Encendí otro cigarrillo, mirando cómo el humo se arremolinaba en la oscuridad.

—¿Por qué no me llevaste contigo? —le pregunto a la foto, y mi voz suena como el crujido de hojas secas—. Sigo aquí, respirando este aire que me sobra. Cada maldito segundo es una eternidad sin ti.

Me paso la mano por el cabello desordenado y cierro los ojos. A veces, si el bourbon es lo suficientemente fuerte, puedo oler su perfume. A veces, puedo sentir el rastro de sus golpes en mi pecho. Pero luego abro los ojos y solo estoy yo, rodeado de botellas vacías y el silencio de una mansión que se siente como una tumba de lujo.

Ya no hay orgullo.

Ya no hay Maximiliano Veraldi. Solo queda un perro herido que guarda el luto de una reina que murió por su culpa. El mundo cree que estoy de pie, pero sigo arrodillado frente a aquel ataúd en Moscú, esperando que la tierra me trague a mí también.

De repente, el teléfono personal —el que nadie tiene— vibra sobre la mesa. Es un mensaje de un número desconocido. Solo tiene una ubicación en las afueras de Roma y una frase:

"Los muertos no siempre descansan en paz".

Lancé el teléfono contra la pared de mármol con una fuerza súbita, viendo cómo la pantalla se astillaba antes de que el dispositivo cayera al suelo, parpadeando en la oscuridad. Una risa seca, amarga y cargada de veneno escapó de mi garganta mientras exhalaba una nube de humo gris.

—Malditos buitres... —mascullé, sirviéndome otro vaso de bourbon hasta que el líquido estuvo a punto de desbordarse—. ¿Eso es lo mejor que tienen? ¿Usar su nombre para intentar sacarme de mi agujero?

Mis enemigos eran predecibles. Durante estos seis meses, los Valerius y sus aliados habían intentado de todo para desestabilizarme, sabiendo que el heredero de los Veraldi era ahora una sombra inestable. Mensajes anónimos, susurros en el bajo mundo, pistas falsas sobre su muerte... todos querían ver si quedaba algo de aquel Maximiliano que se arrodilló en la nieve.

Pero no quedaba nada.

Me recosté en el sillón de cuero, sintiendo cómo el alcohol empezaba a entumecer mis dedos. Miré la foto de María, la pequeña de dieciocho años que me sonreía desde el marco de plata. Sus ojos no mentían. Yo vi el disparo. Yo sentí el silencio absoluto de su cuerpo cuando se desplomó. Yo abracé su ataúd en el frío de Moscú y sentí la finalidad del mármol bajo mis manos.

—Estás muerta, María —susurré, y las palabras me quemaron más que el bourbon—. Y yo estoy muerto contigo. Ningún mensaje de un cobarde va a cambiar eso.

Cerré los ojos, ignorando el teléfono que seguía vibrando débilmente en el suelo. Para mí, el mundo se había detenido en aquella cabaña. No me importaba quién estuviera al otro lado de esa línea, ni qué trampa estuvieran tendiendo. Si querían matarme, que vinieran a buscarme a este despacho infestado de fantasmas.

Apagué el cigarrillo sobre la madera cara del escritorio, dejando una marca negra, una cicatriz más entre las miles que ya cubrían mi vida. Me quedé allí, en la penumbra, prefiriendo hundirme en mis recuerdos distorsionados antes que perseguir una esperanza que sabía que solo era el eco de mi propia locura.

Ignoré el mensaje. Ignoré el mundo. Ignoré la posibilidad de que el milagro fuera real, porque en mi mundo, los milagros murieron el mismo día que ella.

Alessandro Valerius:

El Hospital Militar de San Petersburgo es un bloque de concreto y acero que parece diseñado para olvidar que el mundo exterior existe. Aquí, el tiempo no se mide en días, sino en el goteo constante de los sueros y el pitido rítmico de los monitores. He pasado ciento ochenta días recorriendo estos pasillos blancos, sintiendo cómo mi propio odio es lo único que me mantiene joven mientras veo a mi hija suspendida en el vacío.

Entro en la unidad de cuidados intensivos con el paso pesado. Viktor está en la esquina, como siempre, una sombra silenciosa que custodia el secreto más peligroso de Rusia.

Miro a María. La mejoría es notoria, casi insultante para el destino. Ya no es el cadáver grisáceo que Viktor trajo entre sus brazos aquella noche de nieve. Su piel ha recuperado ese tono oliva tan característico de nuestra estirpe, sus mejillas ya no están hundidas y la cicatriz en su pecho, aunque visible, ha cerrado con una perfección quirúrgica. Si no fuera por los tubos que la ayudan a respirar, parecería que simplemente está tomando una siesta después de una larga tarde en el jardín.

Pero el coma se mantiene. Es un muro invisible que ella ha levantado entre su alma y este mundo de mierda.

—Seis meses, María —susurro, acercándome a la cama y tomando su mano. Está cálida. La vida late ahí dentro, atrapada—. Seis meses desde que ese bastardo te dejó morir. Seis meses desde que el mundo te lloró en una tumba vacía.

Me inclino sobre ella, acariciando su cabello oscuro. Los doctores dicen que sus niveles cerebrales son estables, que está en un "coma sutil", como si estuviera esperando una señal, una orden para volver a la guerra.

—Maximiliano se está pudriendo en Italia —le digo al oído, con una voz cargada de un veneno dulce—. Bebe para olvidarte. Fuma para no oler tu ausencia. Ni siquiera ha tenido el valor de buscarte cuando Viktor le lanzó el anzuelo. Se ha rendido, hija mía. Te ha enterrado dos veces.

Viktor se mueve apenas un milímetro en las sombras. Él sabe, igual que yo, que cada palabra que le digo a María mientras duerme es parte de su nuevo entrenamiento. Estoy sembrando el rencor en su subconsciente para que, cuando despierte, el amor que sentía por ese Veraldi no sea más que una herida infectada que quiera extirpar.

—Despierta ya —le ordeno, y por un segundo, creo ver que sus párpados

tiemblan—. Despierta para que veas cómo vamos a reducir a cenizas a los Veraldi. Despierta para que seas tú quien le enseñe a Maximiliano que los muertos no solo regresan... regresan para cobrar deudas.

Suelto su mano y me enderezo. Ella está ahí, una obra maestra de la medicina y la venganza, esperando el momento exacto para estallar. El mundo cree que Alessandro Valerius ha perdido su tesoro, pero lo que no saben es que estoy puliendo el arma más letal que la mafia ha visto jamás.

El chirrido de la puerta rompe el ambiente cargado de la habitación. El doctor Smirnov entra con una carpeta bajo el brazo y esa expresión impasible que solo tienen los que tratan con la muerte a diario. No me mira a mí, ni a Viktor; sus ojos van directos a los monitores, analizando las ondas que dictan el destino de mi hija.

—Sus pulmones han regenerado el tejido dañado en un ochenta por ciento —dice el médico, ajustándose las gafas—. El ritmo cardíaco es constante y la saturación de oxígeno ha subido por encima de los niveles mínimos sin asistencia externa durante las últimas cuatro horas.

Se acerca a la cama y comienza a manipular las válvulas de la máquina que, durante seis meses, ha respirado por ella. Ese soplido rítmico, mecánico, que ha sido la banda sonora de mi vigilia, se detiene de golpe. El silencio que inunda la sala es ensordecedor.

—Es hora de quitarle los tubos —sentencia Smirnov—. Si el coma es realmente sutil, su cuerpo debe reaccionar al instinto más básico: la supervivencia. Si no lo hace ahora, Alessandro, tendremos que aceptar que sus pulmones se han vuelto perezosos.

Siento una presión en la garganta que me niego a mostrar. Viktor se acerca un paso más, sus ojos de halcón fijos en el pecho de María.

Con movimientos precisos y expertos, el doctor comienza a retirar el soporte artificial. Es un proceso invasivo, violento para alguien que ha estado en pausa tanto tiempo. Cuando el último tubo sale de su garganta, María queda expuesta, conectada solo a su propia voluntad.

El segundero del reloj de la pared parece martillar en mi cabeza.

Diez segundos. Su pecho no se mueve.

Veinte segundos. La saturación en el monitor empieza a parpadear en rojo. 89... 87... 85...80...

—Vamos, María... —susurro entre dientes, apretando el pomo de mi bastón—. No me falles ahora. No le des el gusto a ese bastardo de que su bala haya sido definitiva.

De pronto, un espasmo violento recorre su cuerpo. Sus dedos se contraen, clavándose en las sábanas blancas. Su mandíbula se tensa y, con un sonido que es mitad quejido y mitad jadeo, sus pulmones se inflan por primera vez por sí solos. Es una bocanada de aire desesperada, una lucha cruda contra el vacío.

El monitor estabiliza su pitido. 92... 95... 98.

—Lo está haciendo —murmura el médico, visiblemente aliviado, mientras comprueba sus reflejos pupilares—. Está respirando con normalidad. El cuerpo ha vuelto a tomar el control.

Me acerco a la cabecera. María sigue dormida, pero su respiración ahora es profunda, real, humana. Ya no es una máquina la que la mantiene aquí; es ella, su sangre, su rabia contenida.

—Excelente —digo, sintiendo una satisfacción oscura—. Ahora que puede respirar, es cuestión de tiempo para que despierte. Y cuando lo haga, Viktor, asegúrate de que lo primero que vea no sea una flor, sino los informes de todo lo que Maximiliano ha dejado de hacer por ella.

Miro a mi hija, la reina que se negó a morir. Ha ganado la batalla contra la muerte. Ahora empieza la batalla contra el hombre que la destruyó.

Narrado por María (En la profundidad del coma):

En este lugar no existe el tiempo, solo una neblina perpetua que huele a pólvora y a rosas marchitas. Mi mente es un laberinto de espejos rotos donde me veo una y otra vez, pero nunca soy la misma.

En mis sueños, siempre estoy en la azotea de Moscú. Pero la nieve no es blanca; es roja, espesa y caliente, como si el cielo estuviera sangrando sobre nosotros. Veo a Maximiliano. Está de rodillas, pero no me pide perdón. En mi sueño, su rostro se transforma; sus ojos se vuelven dos pozos de ceniza y su voz suena como el estruendo de un derrumbe.

—Fuiste solo un peón, María —me dice, y cada palabra me golpea como un disparo físico en el pecho.

Intento gritar, pero de mi boca solo sale arena. Intento correr, pero mis pies están clavados al suelo por los cables de acero que él mismo me pone. El sueño cambia de golpe. Ahora estoy en la cabaña. Siento el frío del cañón de la Beretta de José contra mi esternón. Miro a Maximiliano esperando que salte, que mate, que me salve... pero en el sueño, él se queda inmóvil, observando con una indiferencia que me desgarra más que la bala.

Veo la bala salir del arma. La veo viajar en cámara lenta, una pequeña pieza de plomo que lleva escrito su apellido: Veraldi. Cuando impacta en mi pecho, no siento dolor, siento una explosión de hielo que me congela el alma.

Entonces, el escenario se desvanece y me encuentro en un ataúd. Estoy viva, gritando, arañando la madera de caoba, pero nadie me oye. Escucho el llanto de Max afuera. Lo escucho decir que me ama, pero sus palabras suenan falsas, como el guion de una obra de teatro mal ensayada. Siento el peso de la tierra cayendo sobre la tapa de madera, enterrándome bajo capas de mentiras y traiciones.

—Déjame salir... —trato de suplicar, pero mi voz es ahora la de mi padre, Alessandro—. Despierta, María. El amor es la muerte. El odio es la vida.

De repente, una figura imponente se materializa en la oscuridad de mi mente. Es Viktor. No dice nada, pero me extiende una mano enguantada. Al tocarla, el ataúd estalla en mil pedazos. Ya no estoy en la cabaña, ni en el cementerio. Estoy en una sala de espejos donde Maximiliano está de espaldas. Me acerco a él, con un puñal en la mano, y cuando finalmente se gira, no tiene rostro. Es solo un reflejo de mi propia debilidad.

En el último sueño, el más recurrente, estoy de pie sobre una colina de cadáveres que llevan el escudo de los Veraldi. Tengo el pecho abierto, mostrando un corazón de metal que ya no late, solo bombea un líquido negro y amargo. Maximiliano está a mis pies, llorando de verdad, pero ya no siento ese vuelco en el estómago. Solo siento una curiosidad gélida.

—¿Quién eres tú? —le pregunto en el sueño.

Y justo cuando él va a responder, la neblina se aclara. El sonido mecánico que me acompañaba se apaga. Siento un vacío repentino en mi garganta, un dolor agudo que me obliga a buscar aire. El sueño de la muerte se rompe y la realidad, fría y punzante, empieza a filtrarse por las grietas de mi consciencia.

Ya no quiero dormir. El descanso me ha mostrado la verdad: las flores en mi tumba eran falsas, pero el agujero en mi pecho es real.

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