Después de años de separaciones, heridas y secretos, Natalie Cardona, una valiente capitana de élite, y Dereck Stein, un estratega marcado por la guerra, se reencuentran entre el deber y el amor que nunca pudieron apagar, descubren que incluso las almas rotas pueden volver a latir...
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Hora de regresar
La noche llegó más rápido de lo habitual, con ese aire húmedo que traen las montañas cuando la lluvia está a punto de caer. Desde mi habitación podía escuchar los grillos cantando entre los cafetales, el murmullo del viento moviendo las hojas y ese silencio vivo que siempre había logrado calmarme.
Pero esta vez no funcionaba.
Nada lo hacía.
Caminé lentamente por la habitación, pasando los dedos por el borde de la cómoda, intentando ordenar mis pensamientos. Frente a la puerta, junto a la pared, estaba la maleta.
Dobla, cerrada, lista.
Cada prenda acomodada con una precisión casi obsesiva. Camisetas negras, pantalones tácticos, botas que no había usado en años… y, en el fondo, envuelta en tela oscura, una pequeña caja metálica.
La abrí una vez más.
Dentro estaban las insignias.
La del Escuadrón Alfa.
El parche de operaciones internacionales.
Y la que nunca llegué a usar oficialmente.
Capitana.
La tomé entre mis dedos.
—Cuatro años… —murmuré.
Cuatro años intentando convencerme de que esa vida había terminado.
Cuatro años fingiendo que no extrañaba el peso de un arma en la mano, la adrenalina antes de una misión, la certeza brutal de saber exactamente quién eres cuando todo se derrumba.
Cerré la caja con un suspiro.
Todo estaba listo.
Todo… menos yo.
Apagué la luz de la habitación y bajé las escaleras.
Cada paso crujía suavemente en la madera vieja de la casa. El olor a café recién hecho subía desde la cocina, mezclado con el aroma del pan caliente que mi madre siempre horneaba por las noches.
Las voces llegaron antes de que pudiera verlos.
—Te estoy diciendo que ese diseño no tiene sentido —decía mi padre.
—Papá, es arquitectura moderna —respondía Sebastián con paciencia—. No todo tiene que ser cuadrado.
—Las casas cuadradas no se caen.
—Las otras tampoco.
Me detuve en el marco de la puerta de la cocina.
Mi madre estaba de pie junto a la estufa, con el delantal puesto, revolviendo algo en una olla. Mi padre tenía unos papeles del café extendidos sobre la mesa, y Sebastián estaba inclinado sobre su libreta, dibujando líneas rápidas con un lápiz.
La escena era tan… normal.
Tan tranquila.
Por un instante sentí un nudo en la garganta.
¿De verdad iba a romper esa paz?
Respiré hondo.
—¿Podemos hablar un momento?
Los tres levantaron la mirada.
Mi madre fue la primera en notar algo.
—Natalie… —dijo frunciendo el ceño—. Tienes esa cara que ponías cuando te metías en problemas en el colegio.
Sebastián soltó una risa.
—¿Te expulsaron otra vez de algún lugar?
—Muy gracioso —le lancé una mirada.
—¿Entonces?
Apoyé la mano en la mesa.
—No es un lío —dije con una sonrisa nerviosa—. Bueno… tal vez sí lo sea un poco.
Mi padre dejó los papeles a un lado con calma.
—Siéntate, hija.
Obedecí.
Mis manos quedaron entrelazadas sobre la mesa. Podía sentir cómo me sudaban las palmas.
—Hoy recibí una llamada.
—¿De quién? —preguntó mi madre.
Tragué saliva.
—De Richard.
El nombre cayó como una piedra en el centro de la mesa.
Mi madre se quedó completamente quieta.
Mi padre levantó lentamente la mirada.
Sebastián dejó de dibujar.
—¿Richard…? —repitió mi madre en voz baja—. ¿El general Richard?
Asentí.
—Sí.
Mi padre frunció ligeramente el ceño.
—Eso no puede significar nada bueno.
—No lo sé —admití—. Pero quiere que vuelva.
El silencio que siguió fue pesado.
—¿Volver…? —susurró mi madre.
—A A.R.M.A.
La cuchara que tenía en la mano golpeó suavemente contra la olla.
—Natalie… —dijo ella casi sin aire—. Después de todo lo que pasó… ¿vas a regresar a ese lugar?
—No es así de simple.
—Para mí sí lo es —respondió ella, girándose hacia mí—. Ese lugar casi te mata.
—No me mató.
—¡Pero pudo hacerlo!
—Mamá…
Mi padre levantó una mano con calma.
—Déjala explicar.
Lo miré agradecida.
—Richard dijo que es una reintegración temporal. Solo una misión… o tal vez un par. Necesitan gente que conozca ciertas operaciones antiguas.
—¿Y tú aceptaste? —preguntó Sebastián.
—Aún no oficialmente.
—Pero quieres hacerlo —dijo mi padre.
No era una pregunta.
Era una certeza.
Bajé la mirada hacia mis manos.
—Sí.
Mi madre negó lentamente con la cabeza.
—No lo entiendo.
—Yo sí —dijo mi padre.
Ella lo miró.
—¿De verdad?
—Sí.
Se recostó en la silla, observándome con atención.
—Porque es exactamente la misma mirada que tenías cuando te fuiste la primera vez.
Sentí un nudo en el pecho.
—Papá…
—La mirada de alguien que ya tomó una decisión.
Sebastián se inclinó hacia adelante.
—Entonces… ¿vuelves a ser la famosa capitana Cardona?
—No empieces —le advertí.
—Es que suena increíble.
—No lo es.
—Vamos, Nat —sonrió—. Eras básicamente una espía internacional.
—No era una espía.
—Bueno, una soldado secreta.
—Sebastián.
—¿Qué? Es genial.
Le di un pequeño golpe en el brazo.
—Eres un idiota.
Él se rió.
Pero mi madre no estaba riendo.
Tenía los ojos brillantes.
—Yo pensé que esa parte de tu vida había terminado —susurró.
—Yo también —admití.
—Entonces ¿por qué volver?
Esa era la pregunta.
Respiré hondo.
—Porque todavía hay cosas que no cerré.
Mi padre asintió lentamente.
—¿Tiene que ver con la misión?
—Sí.
—¿Y con él?
El nombre no hizo falta.
Dereck.
Sentí que algo se tensaba dentro de mí.
—No lo sé —respondí finalmente.
Sebastián levantó una ceja.
—¿El tipo ese del que nunca hablas?
—Sebastián…
—¿Qué? Solo pregunto.
—No hablo de él porque no hay nada que decir.
—Claro —dijo con sarcasmo—. Solo te rompió el corazón y arruinó tu carrera.
—¡Sebastián!
Mi padre le lanzó una mirada.
—Suficiente.
El silencio volvió a caer.
Mi madre caminó hasta mí y tomó mis manos.
—Solo prométenos algo.
—¿Qué cosa?
—Que volverás.
Sentí un nudo en la garganta.
—Siempre lo hago.
—No —dijo ella con suavidad—. Prométemelo de verdad.
La miré a los ojos.
—Te lo prometo.
Horas más tarde, el cielo comenzaba a aclararse cuando llegamos al aeropuerto.
La neblina cubría parte de la pista y el olor a café se mezclaba con el sonido constante de los aviones.
Llevaba mi chaqueta oscura.
La misma que usé en mi último despliegue.
Sebastián empujaba mi maleta.
—No puedo creer que estés haciendo esto otra vez —dijo.
—Ni yo.
—Al menos ahora eres oficialmente peligrosa.
—Siempre lo fui.
—Cierto.
Mi madre seguía aferrada a mi brazo.
—No me gusta —murmuró.
—Lo sé.
—No me gusta nada.
—Mamá…
—No me gusta verte irte otra vez.
Me detuve y la abracé.
—Esta vez es diferente.
—¿Por qué?
—Porque ahora voy por decisión propia.
Mi padre se acercó.
—Ven aquí.
Me abrazó fuerte, de esos abrazos que dicen más que cualquier palabra.
Cuando se separó, me miró con seriedad.
—Recuerda quién eres, Natalie.
—Lo haré.
—No solo la capitana Cardona.
—También la ingeniera testaruda que discute conmigo por sistemas de riego.
Sonreí.
—Exactamente esa.
Sebastián levantó la mano.
—Si ese tal Richard te hace correr demasiado, me avisas.
—¿Para qué?
—Le mando un plano mal hecho de venganza.
Solté una carcajada.
—Eres terrible.
—Pero divertido.
Mi madre me abrazó una última vez.
—Que Dios te acompañe, mi amor.
—Siempre lo hace.
—Y que te traiga de vuelta a casa.
Sentí cómo el pecho se me apretaba.
—Siempre regreso, mamá.
Cuando anunciaron mi vuelo, respiré hondo.
Los miré a los tres.
Intenté grabar ese momento en mi memoria.
La sonrisa nerviosa de Sebastián.
La mirada firme de mi padre.
Los ojos húmedos de mi madre.
Luego tomé mi maleta.
Y caminé hacia el control de seguridad.
El aire olía a despedidas.
Pero también a comienzos.
Mientras el avión rodaba por la pista, apoyé la frente contra la ventana.
Volvía a A.R.M.A.
Volvía a ser la capitana Cardona.
Y, aunque todavía no lo sabía…
También volvía al lugar donde lo había perdido todo.
Incluyéndolo a él.