Valeria Álvarez ha hecho de su vida una fortaleza llena de éxitos.
Arquitecta consagrada, brillante y dueña absoluta de su vida, vive bajo una única norma: nada que la ate, nada que la distraiga, nada que comprometa la libertad que tanto le costó ganar. Sus noches pueden ser intensas, pero siempre breves; su corazón, innegociablemente cerrado.
Hasta que, en una de esas noches sin nombre, un desconocido la hace perder el control que tanto presume dominar.
Un beso que incendia.
Un toque que desarma.
Una decisión impulsiva que no quiere repetir… ni olvidar.
Lo último que espera es verlo entrar a su estudio días después.
Mucho menos descubrir que es su nuevo asistente.
Impuesto. Inamovible.
E hijo de uno de sus inversores más poderosos.
Él es joven, talentoso y peligrosamente seguro de lo que quiere: a ella.
Valeria se aferra a sus límites, a su experiencia, a su distancia.
Pero cada mirada pesa, cada roce la contradice, cada discusión los acerca más de lo que deberían.
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Momentos apasionados
A partir de entonces, el estudio entero se transformó en un terreno peligroso.
Había momentos robados en los pasillos.
Miradas intensas durante las reuniones.
Mensajes que aparecían en el teléfono de Valeria en los momentos más inoportunos.
Una mañana, mientras ella presentaba un proyecto a un cliente internacional, su teléfono vibró discretamente sobre la mesa.
Solo una frase.
"No puedo dejar de pensar en anoche."
Valeria continuó hablando de estructuras y materiales como si nada.
Pero Tomás, sentado al otro lado de la mesa, la observaba con una sonrisa que nadie más parecía notar.
La situación alcanzó un nuevo nivel una noche de viernes.
Valeria había asistido a una cena de trabajo con varios inversores importantes en un restaurante elegante del centro. Había sido una velada larga, llena de conversaciones formales y copas de vino cuidadosamente servidas.
Cuando finalmente salió del restaurante, el aire fresco de la noche la hizo suspirar de alivio.
Fue entonces cuando lo vio.
Tomás estaba apoyado contra su automóvil, estacionado al otro lado de la calle.
Las manos en los bolsillos.
La mirada fija en ella.
Valeria frunció el ceño mientras se acercaba.
—¿Qué haces aquí?
—Esperándote.
—¿Desde cuándo?
Tomás miró su reloj con fingida reflexión.
—Desde que imaginé cómo te verías con ese vestido fuera de la oficina.
Valeria bajó la mirada instintivamente.
El vestido negro que llevaba era elegante, pero ceñido.
Demasiado.
—Estás loco —murmuró.
—Probablemente.
Tomás abrió la puerta del coche.
—Sube.
—Tomás…
—Sube.
Había algo en su voz.
Una mezcla de deseo y desafío que hacía imposible ignorarlo.
Valeria dudó apenas un segundo antes de entrar.
El interior del automóvil estaba oscuro y silencioso.
Tomás cerró la puerta del conductor y por un momento ninguno de los dos habló.
Luego él giró hacia ella.
—Te ves increíble esta noche.
Valeria sintió que el calor le subía por el cuello.
—Acabo de salir de una reunión con inversores, no de un desfile.
—Para mí es lo mismo.
Tomás levantó una mano y rozó su mejilla.
El gesto fue tan simple que resultó devastador.
Valeria cerró los ojos un segundo.
Cuando volvió a abrirlos, ya sabía que había perdido esa batalla.
Se inclinó hacia él.
El beso que siguió fue intenso, lleno de la tensión acumulada durante toda la semana.
Afuera, la ciudad seguía moviéndose con normalidad.
Los coches pasaban.
Las luces cambiaban.
Nadie prestaba atención al vehículo estacionado en la sombra.
Pero dentro de él, Valeria y Tomás habían dejado de fingir que aquello era solo un juego.
Era algo más.
Mucho más peligroso.
Y ninguno de los dos parecía dispuesto a detenerse.
El beso se profundizó rápidamente, las lenguas de Tomás y Valeria se entrelazaron con una urgencia que reflejaba la tensión reprimida de días enteros. Sus manos, hasta entonces contenidas, comenzaron a explorar. Tomás deslizó la suya por el cuello de su blusa, bajando hasta el escote, donde sus dedos rozaron la curva de sus pechos. Valeria jadeó contra su boca, el sonido ahogado por el beso, mientras su propio cuerpo respondía arqueándose hacia él.
El espacio confinado del coche amplificaba cada roce, cada aliento entrecortado. Afuera, el bullicio de la ciudad era un murmullo distante, irrelevante. Tomás rompió el beso por un instante, sus labios hinchados y brillantes, para mirarla a los ojos.
—Valeria... no puedo esperar más —murmuró, su voz grave, cargada de esa mezcla de ternura y hambre que siempre la desarmaba.
Ella no respondió con palabras. En cambio, sus dedos se movieron hacia la camisa de él, desabrochando los botones con prisa temblorosa. La tela se abrió, revelando el pecho firme y el abdomen marcado por músculos tensos. Valeria trazó líneas con las uñas sobre su piel, sintiendo cómo él se estremecía bajo su toque. Tomás gruñó suavemente, atrayéndola más cerca hasta que ella se subió a horcajadas sobre su regazo, el volante presionando contra su espalda pero ignorado en el calor del momento.
Sus caderas se movieron instintivamente, frotándose contra la dureza creciente en los pantalones de él. Tomás soltó un gemido ronco, sus manos subiendo por sus muslos, levantando el vestido hasta exponer la piel suave y las bragas ya húmedas.
—Estás empapada —susurró contra su oído, mordisqueando el lóbulo antes de deslizar una mano entre sus piernas. Sus dedos presionaron el tejido delgado, frotando a través de la tela, haciendo que Valeria se mordiera el labio para contener un grito.
—Tomás... aquí no... alguien podría vernos —jadeó ella, aunque sus caderas ondulaban contra su mano, traicionando sus palabras.
Él sonrió, esa sonrisa confiada y desafiante que la volvía loca.
—Que miren. No importa que sepan lo que te hago.
Con un movimiento rápido, apartó las bragas a un lado y hundió dos dedos en su centro resbaladizo. Valeria se aferró a sus hombros, sus uñas clavándose en la piel mientras él los movía dentro y fuera, curvándolos para rozar ese punto sensible que la hacía temblar. El sonido húmedo de sus penetraciones llenaba el coche, mezclado con sus gemidos cada vez más altos.
No pasó mucho antes de que Tomás retirara los dedos, y se los llevara a la boca para lamerlos con deliberada lentitud.
—Sabes tan jodidamente bien —dijo, antes de desabrochar su propio pantalón. Su miembro saltó libre, Valeria lo miró con hambre.
—Hazme tuya —susurró ella, posicionándose sobre él. Tomás la ayudó, guiando su miembro hacia su entrada. Se hundió en ella de un solo empujón, llenándola por completo, estirando sus paredes internas con su grosor. Ambos jadearon al unísono, el placer intenso haciendo que Valeria cerrara los ojos y echara la cabeza hacia atrás.
Él comenzó a moverse, sus caderas elevándose para embestirla desde abajo, cada thrust era profundo y controlado al principio, pero fue ganando velocidad rápidamente. Valeria se mecía sobre él, sus pechos rebotando con cada movimiento, hasta que Tomás liberó uno de ellos de la blusa, chupando con avidez. Lo lamió, lo succionó, mordisqueándolo lo justo para enviar descargas de placer.
El coche se mecía ligeramente con sus movimientos, las ventanas empañándose por el calor de sus cuerpos. Tomás la tomaba con fuerza ahora, una mano en su cadera guiándola, la otra frotando su centro en círculos rápidos.
—Córrete para mí, arquitecta —gruñó, su voz entrecortada por el esfuerzo—. Quiero sentir cómo me aprietas.
Valeria obedeció, su orgasmo golpeándola como una ola, su centro contrayéndose alrededor de él en espasmos rítmicos. Gritó su nombre, el sonido amortiguado por el espacio cerrado, mientras ondas de éxtasis la recorrían. Tomás no se detuvo, prolongando su placer con thrusts precisos hasta que él mismo llegó al límite. Se corrió dentro de ella con un rugido bajo.
Se quedaron así, unidos y jadeantes, mientras el mundo exterior continuaba su curso indiferente. Tomás besó su cuello, suave ahora, trazando patrones con los labios.
—Esto no termina aquí —murmuró contra su piel—. Quiero más de ti. Toda la noche.
Valeria sonrió, aún temblando por las réplicas, y lo besó de nuevo. En ese coche oscuro, en medio de la ciudad que nunca dormía, habían cruzado una línea irreversible. Y ninguno de los dos quería volver atrás.